legada que fue la mañana del viernes, e a primeras horas del día, encontréme en la sala esperando a don Fernando, pues habríamos de partir hacia el lugar donde díjome ejercía por obtener allí algunas otras pruebas que de mayor importancia serían para andar los últimos pasos desta empresa.
Salimos en el coche por las calles de Madrid, que déllos estaban como plagadas, hasta llegar a unos jardines que llaman de Gregorio Marañón, e fue allí donde dejamos el coche e otra pieza anduvimos. Y, en pocos pasos, eché a ver que con las nuevas ropas y los nuevos zapatos era fácil el andar e cómo las gentes pasaban a mi lado como si verdaderamente fuese persona vulgar entre ellos. E fue así que nos llegamos a un grande edificio e con muchas gentes dentro dél e algunas llevaban largas camisas blancas e otras verdes e otras estaban sentadas en algunas salas y pasillos; e pregunté sobre aquello a mi sobrino e dijo éste:
“¿Sabe vuesa merced que soy médico y en esta empresa de curar a enfermos ando desde hace ya algunos años? Pues ignora, acaso, que es aquesto un hospital y es aquí donde mi profesión ejerzo e no son éstos de las camisas blancas sino otros colegas médicos e ayudantes que desta forma han de ir vestidos, no por ser distinguidos del resto sino por llevar uniforme que es obligado en estos menesteres. E tendiendo en este hospital todo lo necesario, y aún más, para saber qué adolora a unos o entristece a otros o lo que les va en salud, hemos de hacer pruebas legales que atestigüen cómo es verdad que estáis vivo”. Mas al oír yo estas razones y no habiendo parado en todos los días de mi larga vida en hospital alguno, echéme a temblar, pues es de todos dicho e de todos sabido que no son éstos los médicos personas que jueguen con su salud mas sí que a veces lo hacen con la de los demás, e por no ser que en buena compaña veíame, hubiera salido corriendo y a escondidas de tal lugar.
Entramos en una sala donde hube de conocer a otros todos tres colegas de mi sobrino, que a la sazón habían distintas especialidades e los cuales irían a hacerme reconocimiento y poner sus firmas en ciertos certificados legales. Y en el poco tiempo que se entró don Fernando por una pequeña puerta a otra sala, quedáronse éstos mirándome con gran asombro e un tanto de duda y entre ellos hablaron con palabrería que no conozco e que debe ser sólo de conocimiento de ciencias. Llegóse a lo poco don Fernando con la tal camisa puesta e llamóla bata e tenía en su pecho escrito su nombre y en un pequeño retrato veíase su cara e así venía con él otro hombre joven, mas éste vestido de verde y con extraño sombrero como los del moro, mas del mismo color. E invitóme este amable mozo a pasar a una sala muy pequeña, como vestidor, para que allí dejase toda la ropa e pusiéseme otra prenda, a modo destas batas, mas que atrás se ceñía con unos cordones. Y al cabo, cuando aún estaba yo quitándome lo poco que me quedaba de ropa puesta e iba a ponerme aquesta bata, entró el mozo a ayudarme, e viendo que había dejado mi colgante con la cruz al cuello, advirtióme de la necesidad que habría de no llevar nada de lo mío puesto, sino mi solo cuerpo tal como al mundo vine; e no habiéndome desprendido un solo día de mi vida recordada desta cruz, neguéme en rotundo. E fue así que vino don Fernando a darme razones otra vez. “Habéis de pensar sin duda que es la medicina agora como lo era en otros tiempos; e no es así, pues han cambiado las cosas en gran medida y en pocos años y es esta ciencia de la Medicina la que decimos no agresiva e ningún daño habréis de notar en estas pruebas; ninguno. Mas si dejáis ese colgante al cuello, a fe que podréis ser dañado, e muy gravemente, pues hemos de usar una técnica a la que llamamos resonancia magnética, que buen pudiera llevarse con gran fuerza vuestro crucifijo e cercenaros el cuello; e mirad que soy verdadero”. E sonóme esto a artes de brujerías, pues no había conocido ciencia que llevárase los crucifijos y fuíme pegando a la pared, e tras la puerta, desnudo e quedo e pálido.”Mas no ha de llevárselo – apuntó – por ser un santo crucifijo, sino por ser éste y su cadena de metal, que así son estos artificios”.
Trujo don Fernando una pequeña pieza en sus manos y acercóla entonces de mi pecho a tres cuartas e advirtióme que no era aquella arma de matar sino de dar vida e que bien debiera estar tranquilo y no asustado, que no se iba sino a certificar que estando vivo, deberían nuestras haciendas sernos devueltas. E avisado que estuve de ver obrar alguna fuerza desconocida, hizo un pequeño movimiento con aquella arma de vida, e ¡vive Dios!, que si no fuera por la memoria que tengo de los consejos que dióme don Juan y que es éste arzobispo y que a su cuello lleva siempre una grande cruz colgada de cadena y que a misa diaria asiste, hubiera yo pensado que veía artes de brujos, que no ciencias de medicina, por ver cómo se alzaba mi colgante cruz del pecho en el aire e tiraba con grande fuerza de mi cuello hacia esta arma, ¡e sin tocalla!; e de no ser por aquestos reconfortantes pensamientos que hube en la fe de Dios, a fe que corriendo hubiere salido del hospital en cueros.
En Madrid y a treinta de septiembre del año de dos mil e cinco.
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