abiendo llegado ya el primero día de octubre, que sábado ha sido, y quedando uno más para hacer el viaje, pensó don Fernando que acaso sería menester mostrarme cómo hacer uso del mágico artificio que es el teléfono al que llaman móvil.
Habría de ser este pequeño estuche con teclas de números y letras, una de las artes que usásemos como arma para desarmar al vil enemigo, pues no era otro el plan, según entendí, que al recibir llamada al que yo mesmo llevase en mi faldriquera, acudiese presto a cierta casa presentándome en ella por sorpresa; e no habría yo de hacer más que aqueso. Dióme liciones de su uso, que aún pareciendo dificultoso, es bien sencillo, e como prueba de recibir en él su llamada, se entró en sala aparte de la casa y cerró la puerta; e quedé yo esperando por ver si sonaba aquella musiquilla. Mas, al poco, sentí como ratón andando por mi cintura e di un salto, mas no era otra cosa que el mismísimo móvil que, contra lo por mí pensado, se movía como alimaña en la bolsa; y eché a ver cómo era bien cierto que era aquesto un móvil, pues movíase. Llegóse de nuevo a mí don Fernando riéndose, mas no con burla, sino con güasa, que hubo quitado la musiquilla y puesto este movimiento, pues habría de ser necesario que yo hubiera noticia de su aviso e no lo hubieran los que por mi lado pasaran. Y era maravilla de ver, cómo puesto éste sobre la mesa y dando al botón que le avisaba, movíase en redondo y solo por encima del cristal de tapa.
Repetimos esta prueba hasta veinte y seis veces, a lo que pude contar, e unas de ellas acudía a verle, como habría de ser, e otras llevábalo a la oreja por oír sus consejos e manifestar mis dudas. E mostróme también una tecla, que pulsada una vez, le daba aviso al suyo; y otra que avisaba al de don Marcos.
Así pasaron aquellos estudios e resté solo en la casa por la tarde dedicado a la lectura, y en ello estaba, cuando se movió el móvil, mas estando solo no supe qué hacer, pues bien podría ser aviso de mi sobrino o mal aviso del enemigo. Hube gran duda de acercarlo a mi oreja e oír, mas pensé que acaso fuera aviso importante e, asiéndolo con fuerzas como al puño de mi espada, llevélo a la cara: ¿Si?
Fue grande mi sorpresa, pues preguntado si era yo el capitán e habiéndolo afirmado con gravedad, oí decir a un hombre que era el forense; el médico que a la sazón húbome hecho ayer las pruebas. E tras pasar la sorpresa que causóme, aclaró que me daba aviso al teléfono con permiso de mi sobrino don Fernando, que oí a éste hablar con su conformidad al punto, e dijo luego que no había más interés que el haber unas pláticas conmigo e que sería de gran contento si pudiere hablarme una pieza de tiempo. Y en ello hube conformidad también.
En Madrid y a uno de octubre del año de dos mil e cinco.
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