31 octubre, 2005

De la presencia del Maligno

ajamos de espacio por la Calle del Pozo Amargo e subían por ella los coches, habiendo cuidado de no ser arrollados por alguno déstos e llegando luego a dos casas que no recordaba yo fueren de mi hacienda; e habló el abogado con un hombre viejo que en ella vivía, mostrándole las escrituras de ser mías, mas sin decir que debiere abandonarla, sino pidiendo nos dejase en ella entrar por vella. Mas mirábanos aquel hombre con malos ojos como diablo e no quise en esto entrar por no tener pendencia, tal como fuéme aconsejado. Y así que vimos cuán maltrechas estaban, tomó desto buena nota don Marcos e dio a don Constantino razón de hacer lo que había menester y con esto bajamos otra pieza en paseos hasta llegarnos al Puente de Alcántara donde habría de llegarse el coche que nos volviera al parador. Y está agora este puente de forma tal que no parecióme el mismo, e manifestó el cochero que así parecía por tanto ser abatido y vuelto a construir.

Llegando pues la hora del crepúsculo a temprana hora, nos retiramos a la habitación hasta llegada la hora de la cena e refiróme don Marcos lo siguiente:

Sabréis vos mejor que yo, capitán, cómo son estos toledanos, pues hame parecido acaso que don Constantino y el huésped de la casa visitada no son en verdad hospitalarios; y este huésped nos miraba con ojos amenazantes e hube temores de que terciárais; e parecióme por momentos ver en su rostro al mismísimo diablo”.

Eché de ver cuán asustado estaba por aquello e dióme la risa:

Dicen las malas lenguas de Toledo, querido amigo, que es ésta ciudad posesa y que de una forma u otra habita en ella el mismísimo Diablo. Y dícese con ello que siempre fue habitada por brujas y hechiceros, aún siendo ciudad de más religiosos que habitantes. Así os sorprenda tal vez saber que en ciudad tan religiosa hubo siempre como a escondidas un cierto culto al Maligno, pues cómo si no explicáis que exista en ella un Callejón del Diablo e otro del Infierno, más la Torre de los diablos que otrora aquí se encontrase en el Cerro del Bú. E dícese que la Travesía del Diablo lleva este nombre por ser allí ultrajados aquellos acusados por el Santo Oficio, pues a quien cayere el sanbenito, Dios le tuviere en misericordia, que perecía en pública vergüenza y era quemado en el brasero toledano y sus ropas colgadas a la vista de todos en la parroquia del desdichado. Y está bien glosada toda esta historia en documentos de la Santa Inquisición; de casas encantadas y sótanos y cuevas con duendes, brujas y hechiceros. E viendo que el cuello se os pone como gárgola, apartemos este tema para otros días y otros lugares, pues es mañana día de Todos los Santos y luego Noche de difuntos e no quisiera yo veros en una noche toledana”.

En Toledo y a treinta y uno de octubre del años de dos mil e cinco.

Del nascimiento de la Infanta Leonor y del viaje a Toledo

ue la primera noticia que hube esta mañana, pues dio a luz doña Letizia a la que habrá de ser la heredera de la Corona, doña Leonor, y dispúseme con premura a enviar a Su Alteza don Felipe y su esposa mi enhorabuena, pues de su alegre esperanza me habló en nuestro encuentro. Pedí luego a don Fernando avisara desto a don Juan, pues había yo en mi casa de Sevilla una curiosa pintura que habría de ser el presente que recibiere. Es éste retrato de doña Leonor de Austria, hermana del Emperador don Carlos, y es copia exacta e rara del pintado por Van Cleve en Flandes e que obra en poder de la llamada Fundación Lázaro Galdiano, e puso el desconocido pintor de la copia a la Infanta mirando al lado contrario, cual si se viere en un espejo. Desta forma, lo escrito en la carta que obra en sus manos no es de fácil lectura; y habiéndose deteriorado el texto del original, puede leerse éste con claridad mirando la pintura copiada a través de espejo.

Así fue dicho de su padre, Felipe el Hermoso, por ser éste de grande admiración entonces:

"...no quedaba zapatero en la corte que
no escriba para ofrecerse a Don Felipe".

Dióme don Juan seguridad de ser entregado en breve tiempo y, en esto estaba, cuando se llegó don Marcos advirtiendo de la necesidad de partir al punto hacia Toledo.

Fue el viaje corto merced al coche que nos llevara e nos llegamos a las once al parador de Toledo, sito en el Cerro del Emperador, y frente a la hermosa ciudad, al otro lado del Tajo. E fuimos aquí recebidos por el primer sirviente del huésped que nos dio la bienvenida e nos acompañó a la estancia que habríamos de compartir e cuyos ventanales dejan ver un maravilloso paisaje.

Estando a cierta distancia de la ciudad, tomamos luego de nuevo el coche e fuimos llevados a la parte más alta désta, donde se encuentra la catedral; y por ser las calles antiguas tan estrechas y estos coches de tanto ancho, veíanse las paredes arrancadas en las esquinas por el paso de los modernos carruajes. E nos vimos allí con don Constantino del Pozo, con quien habríamos de compartir almuerzo e que sería quien nos guiase en las visitas que habríamos menester hacer.

No vi las calles muy cambiadas, pues consérvase todo de forma parecida a como lo hube conocido en tiempos; e no es esta ciudad como Madrid, sino que no se hallan en ellas mezcladas las casas antigüas con las modernas.

30 octubre, 2005

Domingo: De los preparativos para el nuevo viaje

uso don Marcos sobre la mesa del bufete unos documentos que sacó del bargueño que al lado se encuentra e dióme razones de todo lo aprestado para el viaje y la estancia en las ciudades que habríamos de visitar. E mostréle mi preocupación por haber de hacer tales viajes sin mi espada, pues en los hechos anteriormente con las ropas de uso moderno, no me hallaba sin ir tocado e sin ir armado. Y, entre otras razones, dióme estas:

Tengo aquí, ya en mi poder, todo documento necesario para el hospedaje, las visitas y los encuentros que habrá menester, mas antes de que partamos, mañana de mañana, he de visitar al Secretario de Su Majestad, el rey don Juan Carlos, que ha de hacerme entrega de un valioso salvoconducto que os da licencia de llevar vuestras armas; a saber, espada y daga o puñal. Desto mismo hase informado a toda la guardia del reino, que usando estos teléfonos de agora, estarán a vuestro cuidado y servicio donde quiera que vayáis, aunque ni siquiera habréis de notar su presencia ni temer de ser sabida vuestra vida íntima. No habed pues cuidado alguno de ser agredido de cualquiera forma, pues a salvo estaremos e bien vigilados, y por completar lo seguro del viaje, iremos en coche nuevo y con cochero que es de la guardia también; e irá éste armado con pistolete. Mas, si se me permite, debo aconsejaros no usar vuestra arma en caso alguno, de no ser que viéredes correr peligro vuestra vida”.

E así se manifestó e así apunté:

Sea lo que decís, que en vos confío de pleno, y sea tenida en cuenta vuestra advertencia, pues no es mi intención sino cumplir las leyes tal como son escritas agora, y al pie de la letra, mas nadie ose poner en peligro la vida de entrambos un solo segundo, pues haré uso de lo que se me permite según la merced de Su Majestad; e voto a tal, que he de hacerlo por vos y por vuestra vida tanto como por mí mesmo”.

E con esto hablado, nos retiramos a la cámara por estar bien descansados para el viaje.

En Madrid y a treinta de octubre del año de dos mil e cinco.

Domingo: De la conferencia con don Juan

olvimos a la casa dando un corto paseo y estaban las calles de Madrid más tranquilas de tráfego de coches e más silenciosa e corría un viento fresco del norte que parecióme traería lluvia o nieves. Nos entramos luego en la casa e nos recibió don Fernando invitándonos al desayuno que habría de ser servido al poco en la pequeña mesa redonda de la ventana; y refirió don Marcos durante la colación mi deseo de haber algunas pláticas con don Juan, mas usaron tales palabras que no entendí nada de lo dicho.

Pasamos luego a la sala e tomamos asiento cómodo frente al mueble donde se abría la gran ventana luminosa (que dijéronme debía llamar monitor o pantalla) e fue avisado don Juan usando el móvil e pensé sería de mucho gusto oír otra vez la su voz, mas dijeron una hora luego para hablar.

Encendió don Fernando lo llamado monitor e allí se vieron dibujos e sonaron chirimías por toda la habitación como se oyen desde deuvedé. E todas estas máquinas no entiendo e propúseme entenderlas, que en esto del gusto por artilugios he gran parecido como lo dicho del Emperador don Carlos.

Sonó al poco la musiquilla del móvil de don Fernando e apuntó este al monitor con pequeña arma de igual forma de estuche como móvil e que llamó mando, e ¡bien que mandaba! pues al instante aparecióse ante mí sentado don Juan e llamóme sobrino e dióse luego en grandes risas por ver mi espanto.

¡Ay, sobrino y querido capitán! ¿Quién os dijere que alguna vez hablaríais con alguien en la distancia e mirándole a los ojos? Cosas increíbles como estas habréis de ver, mas serán al cabo para vos cosa de uso acostumbrado. No vaciléis. Buenos días nos dé Dios a todos, don Fernando y don Marcos, que a lo que veo, tratáis a este gentilhombre a cuerpo de rey, cual se merece, e bien gallardos se os ve a entrambos… Y vos, decidme, capitán; ¿acaso no queríais comentar conmigo alguna cosa?”

Seguí suspenso hasta que puso don Marcos su mano en mi hombro como dándome aliento: “¡Hablad, que os ve y escucha!”

Vacilé otro poco, tal como pensó Su Ilustrísima me pasaría, e vine luego a decir balbuciendo: “¿Do estáis, que tan bien os veo como si aquí mesmo estuviéredes?”

Y con esto, saliéronse mis acompañantes del salón por dejarme a solas con el obispo e hubimos conversación larga, pues al poco acostumbréme a tenello como enfrente e fuimos hablando de forma tal, que parecióme estar con él en Ronda.

E fuéme dicho luego que tenía esto por nombre conferencia; y a don Marcos di órdenes de poner una conferencia destas en cada casa e de darme liciones de su uso.

En Madrid y a treinta de octubre del año de dos mil e cinco.

Domingo: Del despertar

brí los ojos antes de ser llamado en la mañana, pues oíanse al otro lado de la puerta los repetidos cuartos del reloj que en el pasillo cercano se halla e pensé que algún criado estuviese acaso moviendo las manecillas hacia atrás por ajustar la hora a la nueva que hoy tenemos; dejaba sonar cada melodía antes de atrasar cada cuarto hasta que se oyeron dar las siete.


Y a esto estaba atento mientras recordaba a Su Ilustrísima, don Juan, que debería ya a estas horas estar preparándose para asistir a la misa de domingo en la Iglesia de Santa María de Ronda, e sentí grandes deseos de tener con él algunas palabras e pedir algunos consejos, pues tanto cambio de vida ponían algunas de mis ideas confusas; y estas ideas quisiera se me aclararen.

Con esto, sonaron tres golpes suaves a la puerta que comparte mi dormitorio con el de don Marcos, e oíle decir en voz clara y alta:

Dominus tecum.

Et cum espiritu tuo, respondí al punto.

Sursum corda, prosiguió.

Habemus ad Dominum.

Gratias agamus Domino Deo nostro.

Dignum et iustum est, concluí. Venite.

Entróse entonces de espacio hasta mi cama e manifestó su intención de acompañarme a la misa de domingo, si ello fuere mi deseo, e no habiendo agora costumbre de asistir a misa diaria, pensé que debería dar gracias por ver cómo las cosas venían. Inclinóse luego sobre mí dándome los buenos días y besó mi frente, e retirándose un momento, trujo él mismo el jugo de naranja que siempre hube de tomar por costumbre.

Estando ya preparados, salimos caminando hasta la Parroquia de San Francisco de Borja, la iglesia de los jesuitas que hállase cercana a la casa, en la calle de Serrano. E manifesté entonces mi deseo, tal vez por aviso al móvil, de hablar con don Juan hoy mesmo. E desta manera fueme dicho que al volver de la misa habría de hablar con él ¡y verle!; e no comprendí estas razones.

Del cambio de hora y del reloj como presente

ubimos reunión tras la cena antes de retirarnos al descanso, que por haber agora la costumbre de atrasar los relojes una hora en la noche por mejor aprovechar el día, sería el descanso una hora más largo. E desto hablábamos cuando dijo don Marcos con prudencia:

No es mi intención ser indiscreto e si no lo creéis conveniente os ruego me lo hagáis saber y no deis razones a mi curiosidad, pues no habéis hecho comentario alguno sobre el regalo que os hizo Su Alteza cuando vino a visitaros e pienso ha de ser un presente importante y no baladí. Así os pido, si ello fuere posible, me refirierais algo sobre tal regalo”.

Siendo don Marcos persona en la que ya había depositado toda mi confianza e pensando no habría de tener secreto alguno con él, díle estas luengas razones:

No ha sido la informal visita del Príncipe solamente para mostrar el grande interés de la Casa Real al conocer mi existencia, sino que hame demostrado con palabras y con gestos conocer bien mi historia; ¿E qué mejor forma de probar esto sino trayendo una muestra? Ni sois indiscreto ni he de ocultaros lo que en otro momento llegaríais a saber por otros cauces, pues es este reloj de torre antigüo el que demuestra sus conocimientos sobre mi familia. Acaso no sabe vuesa merced de la grande afición que había el Emperador don Carlos por máquinas, artilugios y relojes e que la Casa Real posée grande colección de ellos e muchos podéis ver en Aranjuez e otros están a buen recaudo. Por causa de ir a visitar el Reino de Andalucía, determinó don Carlos hacer su casamiento en Sevilla el 11 de marzo de 1.526, tras esperar la dispensa pontificia de Su Santidad por ser Isabel su prima carnal; y llegó esta dispensa el 11 de noviembre de 1.525. Y hubo mucho tiempo para preparar tal casamiento e se hizo éste por poderes por estar doña Isabel ausente e hubieron de repetirse luego. Fue entregada la Emperatriz en Badajoz el 7 de febrero e hubo de hacer largo viaje hasta Sevilla con nutrido cortejo y se efectuó el recibimiento en la Puerta de la Macarena. Y así lo escribió Ortiz de Zúñiga:”

« Salieron pues, los señores del Senado y regimiento de Sevilla a recibir a Su Magestad la Emperatriz, muy rica y lucidamente vestidos, con el señor asistente don Juan de Ribera y el ilustrísimo duque de Arcos, alcalde mayor de Sevilla. Salieron asimismo los muy reverendos señores del cabildo de la iglesia de Sevilla, y los egregios colegiales del insigne colegio de Santa María de Jesús; los caballeros y escribanos públicos, ciudadanos y mercaderes naturales y entrangeros, muy costosos y galanes, a mula y a caballo».

Hubo así grande comitiva hasta el Alcázar donde quedó alojada. Ocho días más tarde llegó el Emperador e oficióse misa solemne en la cámara de doña Isabel por el obispo de Toledo, aún siendo Sábado de Pasión. E hubo recepción una vez consumado el matrimonio, e regaló mi madre, doña Jimena, el reloj que hame traído Su Alteza don Felipe”.

Y oyendo mi historia, turbóse don Marcos; e por completar la explicación dada, truje al bufete el reloj en su caja. E leyó éste la inscripción en él grabada. E no salía de su asombro cuando retrasamos todos los relojes una hora.

Cuenta con humor el bufón imperial Francesillo de Zúñiga: «Y dende a pocos días la Cesárea Majestad vino a la dicha cibdad, y no menos fue recibido. Y esa noche que el Emperador llegó, se desposó; y antes que amaneciese, se veló; y dende a dos horas estuvo desvelado; y ansí se hicieron muchas fiestas y alegrías»

En Madrid y a treinta de octubre del año de dos mil e cinco.

29 octubre, 2005

De la visita a las casas de Madrid

stán las tres casas que en Madrid poseo muy cambiadas por el tiempo; dos de las cuales son humildes, mas confortables; y es una de ellas en la que he habitado en mis viajes; y otra tercera era galpón y ha sido trocado en casa de vecinos y es habitado por tres familias y habría de ser vuelto a su estado, pues hanse quitado della numerosas cosas importantes. Y de reponer todo esto di orden.

Manifesté a don Marcos mi sorpresa por ver cómo ha cambiado la ciudad con los tiempos y entre las modernas casas que en ella se ven se conservan las otras antigüas y es maravilla de ver cómo sobre algunas no parece haber pasado el tiempo; y es esta ciudad siempre cambiante desde que trasladó Felipe II la Corte aquí desde Toledo en 1.563. Y viendo el licenciado mi interés y mi emoción por visitar de nuevo tales lugares, preguntó acaso con curiosidad:

Sabéis ahora cuál es una gran parte de vuestra hacienda en España, y aunque parte de ésta está aquí mesmo, habrá que administralla toda. ¿Mudaréis entonces vuestro domicilio aquí o lo haréis tal vez a otra ciudad?”.

Entre todas las ciudades que visitemos – le dije – habré de pasar el resto de mis días, si es que Dios tiene alguna fecha establecida para mi fin; mas si lo que queréis saber es si tengo algún afeto especial por alguna dellas, sabed que prefiriere vivir en Sevilla más tiempo que en las otras ciudades, que siendo todas singulares y de mi gusto, tengo allí más cosas que quisiere tener cerca; y si es esto motivo que os preocupe por haber de dejar familia y casa, os rogaría me lo hiciéseis saber para encontrar un remedio”.

No es aquesto que decís – contestó -, pues allí donde vayáis he de ir con vos y aún si estando lejos me necesitarais para cualquier menester, podremos hacer uso del teléfono y de otros artificios que han de sernos de grande utilidad. E no debéis temer por mi familia o por mi casa, pues he tomado la decisión de separarme de mi esposa, por ser este matrimonio donde no hay amor”.

Fueron estas palabras graves y profundas para mí, pues no heme acostumbrado aún a estos nuevos usos donde disuélvese como azucarillo sacramento que no acaba sino con la muerte; mas, pensé, acaso hubiere muerto el amor que entre ellos había.

Al llegar a la casa y bajar del coche, quise hacer observación a don Marcos de cómo iban pasando aquellos vértigos que hubiere al principio al viajar en estos coches tan veloces; acaso estos últimos tiempos de tráfego continuo estaban obrando maravillas en mi cabeza, que cada vez sentía más asentada sobre los hombros.

Bien me parece que así sea, capitán – comentó don Marcos –, pues habrá que viajar también en algún navío; y no precisamente destos que van flotando sobre las aguas del mar”.

E no quise imaginar unas otras cosas nuevas.

En Madrid y a veinte y nueve del año de dos mil e cinco.

28 octubre, 2005

Del anillo misterioso

cercóse Alberto a mí con prudencia estando sentado a la mesa que junto a la ventana se halla y, haciendo grande reverencia, dijo en voz baja:

“¿Acaso vuesa merced no ha echado a faltar el anillo que habría de llevar al dedo?”.

Y estas palabras no entendí con claridad y sin ocultar mi asombro, le dije dudoso:

A fe que no sé qué decís, pues el anillo guardado está, según creo recordar; mas aún así os agradezco la advertencia”.

Sin otras palabras, retiróse al punto Alberto por el pasillo del servicio por el que ya traían los preparativos para la cena; y en poco más, se llegaron el licenciado y mi sobrino hasta mí y me anunciaron la visita que se haría por la mañana a las tres casas que en Madrid tengo.

Sentáronse ambos a la mesa por esperar que la cena fuera servida e manifestó don Marcos la necesidad que habría de visitar también algunas otras casas de mi hacienda por ver su estado y, si fuere menester, reparar alguna cosa en ellas. Y son estas casas las de Toledo, Plasencia, Jarandilla de la Vera, Béjar, Salamanca, Benavente y León, que en los listados aparecen y las cuales todas no he visitado.

Excusóse don Fernando e retiróse luego volviendo al poco y, estando otra vez en estas pláticas, se llegó el criado a servirnos vino en cuanto se preparaba la mesa y repasó luego las sillas y no apartaba don Fernando dél la vista y le dijo al cabo:

“¿Habéis visto acaso un anillo que echa a faltar el capitán?”

No tal, señor – contestó Alberto tan sorprendido como yo -, y sobre ello he preguntado al marqués al ver que no lo lleva puesto y hame dicho que lo tiene guardado.”

“A buen recaudo, sin duda – prosiguió don Fernando -, que ni yo mesmo lo he visto hasta ahora; mas visteis vos acaso alguno en su mesa y os pareció dél. Mas ni él ni yo somos desmemoriados, pues nadie ha olvidado anillo alguno en sitio alguno, sino que yo mesmo puse un alto sello, con un escudo y una piedra negra que os era desconocido, sobre la mesa del escritorio del capitán; y ya no está. Acaso lo hayáis mudado de sitio, o de dueño, al ver que de nadie era.”

Mudó la color de Alberto y quedé yo suspenso y me pidió entonces disculpas don Fernando por haber entrado en mis aposentos sin mi permiso a poner tal señuelo e ordenó al punto a Alberto devolviese lo hurtado, recogiese sus cosas y saliese de aquella casa sin tomar otras medidas. E fuese el talaverano e fue servida la cena.

En Madrid y a veinte y ocho de octubre del año de dos mil e cinco.

De la confianza depositada en otros

lamó un criado a mi estancia a la siete de la mañana, e pasó a descorrer las cortinas e trujo un vaso de dulce jugo de naranjas tal como pedí se hiciera y, estando ya en los postreros días del mes de octubre, era noche cerrada y aún tardó en romper el alba. Comenzó entonces a sonar por las paredes el Cancionero de Palacio, que tan gustosos recuerdos me traía, e fue esta una idea de don Fernando para que hubiese buen despertar. Y a poco que comenzaron aquellos sones, vino de nuevo el criado, que habría de preparar cada cosa necesaria para el día; e se llama éste Alberto y fue nascido en Talavera e desta ciudad me refirió alguna historia.

Preparado ya al despuntar el día para visitar al notario, apareció don Marcos con premura e traía su equipaje e pensé que habríamos de partir pronto a Toledo, mas dióme razones que no entendí, pues viviendo cerca desta casa, se vino con todo lo necesario para quedarse en ella hasta el lunes. E tomó los aposentos que junto a los míos se hallan y que tienen entrambos paso al mismo bufete.

Antes de entrarnos en la cochera, advirtióme de la conveniencia que habría en dejar la espada en la casa, pues no parecióle acertado llevarla por ser así ordenado en las leyes modernas; y, como valido que habría de ser en toda empresa, oí atento sus consejos.

Fueron la lectura y la firma del documento rápidas como es costumbre, tardando más lo segundo que lo primero, pues hasta veinte veces hube de poner mi rúbrica en cada copia. E luego desto nos llegamos a otros dos lugares en los que hube también de darle poderes; e así pasó la mañana.

Hubimos larga reunión vespertina en la que dijéronse muchas e interesantes cosas sobre el nuevo viaje que habríamos de emprender y no era empresa fácil; por éste y otros motivos, roguéle hiciere lo que fuere menester sin dar demasiadas razones, pues a entender muchas dellas no alcanzo y mi confianza en él deposité a todo efeto.

Dentro de tres horas, se llegó don Fernando y pasamos a la sala principal donde hubimos otras pláticas y dijo mi sobrino con grande respeto:

Permitidme un consejo, que aun siendo más joven, menos culto y menos ilustre que vos, con grande diferencia, creo tener mejores conocimientos deste mundo de agora, que es por un lado mejor y por el otro peor que cualesquiera de los que hayáis vivido. Y no es otro el consejo sino que andéis con buen ojo puesto siempre en los cuales os rodearen, mas no así en don Marcos en quien podéis y habréis de haber fe ciega y confianza de que hará tal cual penséis o deseéis; y si deste modo no fuera un solo segundo de los que a vuestro lado esté, hágame vos a mí responsable de sus yerros; tal es la confianza que deposito en él. Mas no habéis de creer aquello que os dijeren otros, sino después de consultarlo, pues es tanta la maldad que en algunos anida, tanta la envidia que crece en muchos corazones, tanta la insidia, que bien pudiere alguno osar haceros daño por cuatro cuartos, que sigue siendo el dinero caballero poderoso aunque le hayan mudado el nombre varias veces. Decida vuesa merced tomar en cuenta lo cual os digo, o no tomarlo, pues no es otra mi intención que seros de un ayuda en el camino que emprendéis”.

Dicho esto, y viendo verdadero tal consejo y ofrecimiento de don Fernando, puse mis manos sobre las suyas e dije a ambos:

No hay ni más pícaros ni menos ahora que en todos los años que he vivido; no son estos tampoco ni más malvados ni menos que aquellos; mas en una cosa superáis mis conocimientos, pues colijo que estos pícaros de ahora usan artes que desconozco; y no es sino aquesto a lo que temo, que cosas increíbles he visto hacer e decir por haber beneficio aún a costa de otras vidas, de tal modo, que si las refiriere no se me creyere; no habéis de tener cuidado en mi confianza en don Marcos y en vos, que ya la habéis, y plena, mas recordad que ya en la Biblia se usaron tales artes por un plato de lentejas”.

En Madrid y a veinte y ocho de octubre del año de dos mil e cinco.

27 octubre, 2005

De una visita inesperada

i orden esta misma tarde de hacer a don Marcos mi valido, pues a la vista ya de las posesiones que habría de administrar, pensé sería menester no andar dando demasiadas vueltas a la cabeza. Aceptado el cargo por éste, se decidió hacer visita de cumplimiento ante notario el día siguiente, viernes, antes de partir a Toledo.

Mostróse don Fernando con grande contento e advirtióme de la necesidad que habría de estar aquella misma tarde en la casa por esperarse visita importante. Dio algunas órdenes a los criados y se preparó la Sala Azul para una recepción, mas no quise yo ser indiscreto haciendo preguntas, sino esperar razones. E no sé si hice bien o hice mal, pues confirmóse la visita sólo una hora antes de producirse y dijo don Fernando así:

Permítaseme anunciarle a vuesa merced el honor de recibir en mi propia casa a quien debería ser visitado en la suya, pues hase enterado ya el rey don Juan Carlos de vuestra existencia y está deseoso de conoceros…”

Interrumpí al punto lo que decía, pues no era de razón para mí recibir en casa ajena a persona alguna de la Casa Real, que tales privilegios no hube en mi larga vida, e pregunté el nombre de la persona que vendría a verme.

No temáis – dijo luego -. Un privilegio para mí es sin duda alguna que recibáis a alguien en mi galpón; más aún si es hombre como el que viene a visitaros. No son ahora las cosas del protocolo como lo fueren otrora y el conocimiento de la existencia de persona como vos ha despertado la admiración de toda la Casa Real, mas habrá audiencia con Su Majestad en su momento y en su lugar. Sin embargo, en forma privada y fuera de protocolo, recibiréis dentro de una hora a Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y heredero de la Corona, don Felipe, que ha pedido se excuse la presencia de su esposa por estar ésta encinta”.

Y tras oír tales nuevas, quedé suspenso y me miró todo aquese tiempo don Fernando quedo, pues pensó acaso que turbóme el tal anuncio; mas luego de pensar un rato, acepté aqueste honor como lo hiciere en otros tiempos, mas hice advertencia de que no se tomaran retratos de tal encuentro y así me fue asegurado. Con esto, y preparado ya todo, pasamos a la Sala Azul, pues en ella debería estar yo antes de la llegada del Príncipe, e fueme advertido que vendría éste también sin otro acompañamiento que la guardia.

Llegado el momento y a la hora exacta, se anunció la entrada de Su Alteza y se abrió la puerta y púseme en pie solemnemente para tal encuentro. Quedé pasmado entonces al verle, pues en contra de lo que esperaba, fue él mesmo el que me hizo grande reverencia e no dejó me descubriese ante él y me entregó una pequeña caja de madera labrada y me preguntaba cosas y, abriendo la caja, me mostró un antiguo reloj como presente. Sentados luego, hubimos unas luengas pláticas y parecióme mostrar más interés del que esperaba por mi persona.

Terminada la recepción de tan poca formalidad pero de tan grande honor, decidí retirarme a mis aposentos, pues la llegada de tan real emisario habría de ser transcrita en este diario al momento. Y de esto también daré más señas.

En Madrid y a veinte y siete de octubre del año de dos mil e cinco.

De la vuelta de un capitán

o he andado muy sobrado en tiempo para escribir cada día lo acontecido, mas no he de dejar tampoco en el tintero lo que sobre papel debería ya estar; y es así que ha pasado ya una semana y no he escrito línea tras de otra.

Nos llegamos don Marcos y yo a Madrid y quedé de nuevo hospedado en casa de don Fernando, mi sobrino, que al verme hubo gran contento e dióme fuertes abrazos e preguntó muchas cosas que quería saber. Y tuvimos visita de algunas gentes e se celebró una comida importante con invitados. Y dedícase don Fernando como médico casi todo el día y don Marcos en sus asuntos que son muchos y complicados, que aunque a esta España mermada llaman tierra de libertades, a mi razón no alcanza que algunas de ellas sean poco tenidas en cuenta por políticos y gente que dícese a sí misma cultivada, pues hay quien escribe y hace dibujos en monumentos, en importantes fachadas de palacios, en las puertas y hasta en el mismísimo suelo.

Quedéme en la casa por la mañana y sentí olor a vinagre dulce, a especias y otros aderezos y acerquéme a la cocina por ver quién andaba en tales guisos; y era una mujer joven de nombre Margarita que tenía el rostro cual una flor, como su nombre, y el cabello dorado y cantaba con voz suave como de ángel mientras preparaba las viandas; y al verme sonrió y me dio los buenos días y me llamó capitán. Tuve con ella unas parlas mas guardando las distancias tal como aconsejárame don Fernando e sirvióme luego el desayuno en una mesa que cerca de una ventana se halla, e observé cómo llovía. Se obscureció al punto la casa y encendió Margarita las luces de la sala. Terminado el desayuno, fui a buscar mis ropas, pues quería asegurarme de que todo allí se encontraba guardado, y viendo el traje que había llevado siempre, mudé mis ropas modernas por éstas decidido a seguir mis costumbres.

Tomé uno de aquellos discos que llaman deuvedés y abrí la pequeña tapa donde se colocan éstos y luego, cerrándola con primor, encendióse la gran ventana luminosa y sentéme ante ella viendo y oyendo cosas tales que no advertí la presencia de Margarita que me miraba con ojos de espanto:

A fe – dijo – que no he visto en toda mi vida tales ropas ni tan gallardo hombre y no es mi costumbre decir estas cosas; mire vuesa merced que soy verdadera y perdone mi atrevimiento, pues no se ven capitanes todos los días paseando por las calles ni sentados en salón de casa alguna”.

Agradecí tales palabras mientras se entraba en mi dormitorio para hacer sus tareas y seguí mirando unas historias que se contaban sobre las conquistas y parecióme volver en el tiempo.

Se acercaba el medio día cuando llegaron juntos don Marcos y don Fernando y púseme en pié por saludarlos, mas al verme vestido otra vez de tal guisa, manifestó don Fernando las siguientes palabras:

Cúbrase vuesa merced, pues no hay Grande en la nobleza obligado a descubrirse bajo techo, por muy noble que éste sea”.

Tomé pues mi sombrero y cubríme; y fuéme dicho que habría almuerzo luego y do habría que viajar y a quién habría que visitar en algunas ciudades de Castilla. Quise escribir algunas de las cosas que se me dijeron y me entré en mi estancia, y sobre la cama, encontré mi espada que puso allí Margarita; y acerquéme a tomarla con fuerza y así volví a sentirme ser el capitán que nunca hube dejado de ser. Con esto, comenzaba una otra parte de mi vida que he de narrar con detalle.

En Madrid y a veinte y siete de octubre del año de dos mil e cinco.

20 octubre, 2005

Del descubrimiento de mi lengua paterna

stuvieron don Marcos y don Juan buscando fechas y nombre hasta la noche e fuéme avisado que tenían cosas nuevas que manifestar e preguntar; e no siendo yo de por mí de huir de interrogatorios y queriendo hacer claro también lo para mí obscuro, ofrecíme al punto a tales parlas en la mañana de este día, pues ya jueves, no había sino dos días que restar en Ronda. Tenía don Marcos ya preparado el viaje a Madrid, mas pensó sería de grande oportuno fuese con él por visitar algunos archivos en cuyos pergaminos pudiese tal vez descubrir lo aún encubierto. Y sentados ya como de costumbre a la mesa, me dijo:

Sea que acaso recordáis mal o mal escrita está la carta que vuestra madre escribiere, pues buscado por todos los medios habidos el nombre de Atlacaitl, no así aparece, sino como Atlacatl. Y claro está como luz de día que vuestro nombre no es sino forma castellana de decillo, que siendo nombre éste de dificultosa pronunciación, más suena a Alacaída que a otra cosa alguna. Si quisiéredes vos abundar en los recuerdos, pusiera yo mesmo lo que en la historia faltase. ¿Qué decís?”

Viendo yo que don Marcos entraba por el camino derecho, y siendo mi intención aclarar tales cosas, dije a ambos que estaba dispuesto a decir mis recuerdos, mas siendo éstos largos de narrar y confusos a veces, prefería dejar tales conversaciones para próximos días, una vez que volviésemos de Madrid; y oyendo mis excusas, dijo don Marcos estas palabras:

Bix a belex

Y a ello contesté:

Maloob

Estaba don Juan tan confuso como yo mesmo, pues oyendo las palabras primeras pronuncié las otras y ningunas déstas conocía él. E dijo luego el abogado:

A fe que sois hijo de pipil ilustre, pues no muchos hombres en esta tierra conocen estas palabras, sino aquellos que eran habitantes de las tierras que conquistaran sus antepasados y no es otro el nombre de vuestro padre sino el de un Gran Señor de Cuzcatlán y significa su nombre marino en lengua náhuatl”.

Queriendo entonces otra vez parar aquellas pláticas, por parecerme recordar muchas e interesantes cosas, hasta que pasaran los viajes, dije a don Marcos con burla:

Acaso vuesa merced piense que he de hablar de marinos y navíos ahora, siendo como son los vértigos mi mal. Sabiendo como ya sabéis algunas cosas que pudiéranse comentar, mas siendo esta historia larga, dejárala yo para después de las biodraminas”.

Y entre risas nuestras y confusión de don Juan, dijo don Marcos:

Yum botic

E respondí sin otros pensamientos:

Yum botic. Koox tun

Mas por no dejar a Su Ilustrísima con la incertidumbre de la espera por saber qué era aquello hablado, razonóle don Marcos que no eran esas palabras sino de la lengua de mi padre y que désto habría de saber todo. Y tal como les propuse en lengua náhuatl, nos fuimos a dar un paseo por la bella ciudad.

En Ronda y a veinte de octubre del año de dos mil e cinco.

19 octubre, 2005

De la tierra de la Fuente Fría

erminadas las liturgias de obligación, tomamos desayuno en la misma casa y pasamos al salón. No parecióme don Juan muy impaciente por haber conocimiento de lo que quedaba de la historia y callado veíase a don Marcos, no sé si por habido poco sueño o por advertir que a poco o ningún sitio nos llevara ya esta historia. Tomando pues la palabra, pensé en sacarles de la duda que aún tenían.

Fue en 1.501 cuando empezó la repoblación cristiana de la Serranía de Villaluenga de acuerdo con documento emanado de la casa señorial con las condiciones de doña Beatriz Pacheco, viuda de Rodrigo Ponce de León y duquesa de Arcos. Quedaron en abandono las fortalezas de Cardela y Aznalmara y desaparecida la villa de Archite y estableció la duquesa notables facilidades fiscales a los nuevos moradores y ordenó que ninguno pudiere “comprar más de tres aranzadas de viñas y tres caballerías de tierras de las que se dan en el repartimiento, por que los ricos no compren lo de pobres, salvo que estén las haciendas repartidas por todos”. Tuvo mi madre por herencia las tierras más altas de la Ribera del río Gaidovar; fértiles y de mucho agua y mucha siembra y mucho ganado. En ellas hubo una gran casa con bellas vistas y mucho verde, pues cerca de allí encontrábase un pequeño piélago cuyos lados no tenían un metro; de fondo de un pie entre cuyas rocas manaba agua abundante y helada en verano; y estaba cubierto éste por un grande árbol de moras y caían las más maduras y sabrosas al agua y se tomaban muy frescas. Allí tenía el río Gaidovar su nacimiento y tanta agua llevaba, que a una legua se encontraban molinos de grano y aceite que el moro construyera. Y detrás de la casa, más arriba, entre los riscos, manaba otra fuente pequeña de agua helada y que decían tenía propiedades para curar ciertos males. Y era esta agua tan fría, que no podían dejarse las manos dentro mucho tiempo, pues del helor dolían. Y fue llamada la Fuente Fría y así se llamó aquel lugar y no ha muchos años que oí de ella hablar a los grazalemeños mayores como de la Fuenfría; mas ya está seca. Y no es ahora aquel sitio sino el llamado Aldea de Gaidovar y así como ya no existen las otras villas, no existe ya tal lugar. Mantuvo mi madre aquella fuente cerrada con reja, mas desapareció ésta con los años y quedó la fuente como pública, siendo que hace sesenta años iba la gente al lugar por tomar aquellas aguas; e la cancela de hierro fue a otro sitio llevada”.

Al oír don Juan tal historia, cerró el libro que hubiere entre las manos y dijo:

Tiempo es entonces de saber el resto de la historia; la parte que vos no sabéis desto y que pudiere seros de interés. No tal para don Marcos, que ya ha cumplido, y bien lo ha hecho, con el cometido que encargósele. Tomemos ahora vino que de aguas ya estamos saciados”.

En Ronda y a diez y nueve de octubre del años de dos mil e cinco.

18 octubre, 2005

De la carta y de cómo se turbó don Marcos

uise primero ver la carta que escribiese mi madre con fecha de veinte y ocho de junio del año de mil e quinientos catorce, mas era muy dificultosa su lectura por haber el papel mucho roto y estar la tinta de poco color. Escribía mi madre a doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos y viuda de don Rodrigo Ponce de León, tercero conde de Arcos, marqués de Zahara, duque de Cádiz y señor de las Siete Villas de la Serranía de Villaluenga; a saber, Archite, Aznalmara, Benaocaz, Cardela, Grazalema, Ubrique y Villaluenga; y comunicaba en ella mi nacimiento y cómo no había en mí parecido con mi padre por ser yo de piel blanca, ojos claros y cabellos dorados y que sólo había parecido con él en el lunar que tengo en parte oculta. Y algunos otros documentos como este se hallan en el Archivo de la Nobleza de Toledo. Mas no sabía don Juan que desta señal daban cuenta los médicos que me hicieren las pruebas y que constaba esto en la fe de vida; e no se hacía en ella mención del marquesado de Fuentefría. Sólo este dato faltaba y yo lo tenía en la memoria.

Con esto, subí a los aposentos por ver qué cosa hacía don Marcos y hallélo sentado a mi mesa y buscando algo entre los papeles.

No puede negarse – dijo – lo que dan por cierto los papeles ni los médicos; no puede negarse lo que ha visto uno mismo con sus ojos; no puede negarse que es vuesa merced el verdadero y duradero Capitán Alacaída; mas ¿cómo puede asegurarse que todo esto es cierto?

No tuve palabras para explicar mi existencia y de ésta sólo dan fe los hechos y no pueden razonarse tales; desta forma no tuve palabras que manifestar a un abogado que no cree sino en lo que razonarse puede; un Tomás al que habría que decirle “no seas incrédulo”.

Con esto, decidí dejar para el día siguiente los últimos datos que querían conocerse.

En Ronda a diez y ocho de octubre del años de dos mil e cinco.

De cómo comenzó la segunda reunión

an sido estos todos días pasados de solaz, pues quiso don Juan mostrar al abogado las excelencias desta ciudad, que son muchas y grandes, y a estos paseos heles acompañado de buena gana, que volver a un sitio ya conocido es algo gustoso en Ronda.

Esta mañana volvióse a tomar el tema que nos llevaba, pues poco quedaba ya por aclarar, aunque todo era de importancia, antes de que nos volviésemos a Madrid y a León para ver cumplido todo lo trazado.

Sentados estábamos a la mesa y a punto de comenzar las pláticas, cuando vino Cristina a preparar ciertos utensilios en el aparador, quedando de espaldas a nosotros. Quiso don Marcos, antes de empezar, humedecer sus tragaderas y díjole a Cristina sin dar importancia al asunto, que trajese algo de agua (pues es costumbre de mucho beber mientras hablan abogados y políticos). E comenzó a preguntar algunas dudas sobre lo que hube hablado de mis recuerdos, mas viendo que Cristina no iba a por el agua pedida, comentó:

“¿Acaso es esta mujer sorda o ha de recibir órdenes especiales de Su Ilustrísima para que sean cumplidas?”.

Rióse don Juan al oír tales palabras y sin dar respuesta a esta pregunta, tomó una pesada silla por el brazo y la hizo caer al suelo con grande estruendo. Al sonido del golpe, volvióse Cristina asustada y dijo entonces don Juan en tono suave:

Traed agua para el licenciado, que a lo visto, debe estar pensando en gastar mucha saliva y no nos gustaría verle ahogarse en palabras; y ya que traéis agua para él aprovechad el viaje y traed también vino y algún bocado para los otros contertulios, que a base de agua no saben poner las palabras fluidas”.

Y sorprendió a don Marcos la extraña manera de dar órdenes a la servidumbre y pensó y manifestó que teniéndolo que hacer a golpe de mobiliario, sería costoso el mantenimiento de la casa.

Ignora vuesa merced – aclaró don Juan – que Cristina es sorda; mas no ha de pensar que se la llama siempre a golpe de silla o de lámpara. Tomad por tanto la precaución de que os mire siempre y cuando queráis hablarle y que os escuche, pues lee los labios. Y no es esto de tirar la silla una chanza, sino un desahogo propio que abre sus oídos y los de mis huéspedes. Con esto estáis avisado de cómo haceros oír y de no tener cuidado de que se oiga cosa alguna que no queráis”.

Aclarado esto y servida la jarra de agua y la de vino con sus viandas, parecióme que más le apeteciera a don Marcos entonces unirse a los parciales de Baco que a los de Neptuno y así hubo de verlo Su Ilustrísima, que comentó:

Vino y agua no hacen buena mezcla en la bodega, mas sí que lo hacen en el altar y en la mesa. Ni a base de vino hemos de calmar nuestra sed, ni a base de agua es de razón acompañar la sobremesa. Sea pues el agua para mojar el gaznate y el vino para enjugar los nuevos conocimientos”.

Y así fue cómo puso sobre el tapete una caja ancha, mas de poca profundidad, y abriéndola, volvióla hacia nosotros para que viésemos su interior. Y en ella se hallaba un documento manuscrito conservado bajo un cristal; y los trazos y la color del rubrum del acápite y la firma eran de los usados otrora y me era conocida aquella escritura.

Es esta – dijo don Juan – carta manuscrita a la que no di importancia, mas sé agora que la tiene, pues se habla en ella de ese tal Atlacaitl. Es letra de doña Jimena, según entiendo, que explica cómo su hijo no ha parecido alguno con su padre, sino por un lunar que tiene oculto en la entrepierna”.

Oyendo esto, excusóse don Marcos, cerró el libro que tenía ante él y subió con priesa las escaleras.

12 octubre, 2005

De la Fiesta Nacional

os dio don Juan excusa de asistir a la misa de hoy, pues siendo la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, no es fiesta de guardar aún siendo de holganza por celebrarse también la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad, que es fecha memorable. Y como pasara la noche en pláticas con don Marcos y hubimos dormido poco, tarde nos levantamos.

Fuése Su Ilustrísima a celebrar la misa de la fiesta y no volvió hasta el medio día. Y desayunamos don Marcos y yo en la Taberna del Corregidor un poco tarde, e comentáronse algunas cosas sobre lo contado ayer, que no era todo, e recordé al abogado algunos puntos:

Tened en cuenta, querido licenciado, que lo que os he narrado no es cosa que haya de usarse en modo alguno públicamente, sino como esclarecimiento de vuestras dudas. Sólo don Juan y vos sabéis esto y desta casa de Ronda nunca debiere salir. Resuelto está el caso de la herencia y poco resta por hacer para que cada cosa sea en su sitio”.

Sois verdadero – dijo – y creedme si os digo que vuestra historia no es mancilla para vuestro nombre, sino que viene a afirmar aún más el valor y la grandeza que tenéis; pues no he conocido hombre de tantas virtudes; mas os aconsejaría yo que tratéis de aprehender también los conocimientos actuales que os pudieran ser de gran provecho”.

Desto me hago cargo – respondí – y en ello estoy, que no son tan difíciles estos conocimientos ni el manejo destas nuevas armas y artilugios. Mas a fe que sabéis, y no de ahora, que como todo hombre fuerte tengo yo mi talón de Aquiles, que no es otro sino mi padecimiento de vértigos a las alturas, que aún estando armado, me desarma”.

Rióse al punto don Marcos por lo dicho e prometióme solemnemente no hablar siquiera de ello con don Fernando; mas también éste sabía de mi debilidad.

En Ronda y a doce de octubre del año de dos mil e cinco.

11 octubre, 2005

De la segunda jornada y de la historia que yo recordaba (y 2)

entados en el salón de la casa, alrededor de la mesa, no hice esperar mi historia.

Excusen vuesas mercedes si en cosa alguna no doy mucho detalle, pues comienzan mis recuerdos a edad muy temprana e son difusos; e unas otras cosas sé porque me fueron narradas. Mas si hubiérais alguna cuestión en algún momento, no dudéis en interrumpirme. Y vos, don Marcos, tomad buena nota de todo cuanto diga para dar fe dello.

Era mi madre de Jerez de la Frontera, doña Jimena Núñez Cabeza de Vaca, marquesa de Fuentefría y hermana del conquistador y tío mío, don Álvar, y era a la sazón hasta dos años menor que su hermano y fue nacida en el año de 1.492. Y siendo Jerez tierra de paso y cercana a Sant Lúcar de Barrameda, conoció allí a sus diez y ocho años al capitán don Gil González Dávila, caballero de Santiago, cuando partía éste, en 1.511, hacia las Indias, donde habría de conquistar la tierra de Nicaragua. E deste hombre quedó encinta mas no tuvo otras noticias dél sino por carta tardía de don Francisco López de Gómara. En tal situación, y queriendo acaso ocultar su embarazo, mudóse a esta casa y aquí vivió hasta nacer mi hermano don Pedro. Volvióse a Jerez luego teniendo mi hermano hasta edad de catorce meses y conoció allí a otro hombre, al cual no recuerdo bien, y al que llamaba a menudo Atlacaitl; y me dijo muchas veces que era hombre de las Indias y de grande sabiduría y fuerza, como venido de otro mundo. E fue bautizado e casóse con él e hubieron otro hijo, servidor de Dios y vuesas mercedes, que fue nascido en la otra casa que está en la villa de Grazalema. E allí fuimos bautizados ambos, e tuvimos por nombre Alacaída y González Cabeza de Vaca. Excusaos de preguntar mi nombre primero”.

Hubo entonces un gran silencio y entrambos me miraron como si quisieren saber más. Y continué.

Quisieron matar a Atlacaitl en Jerez y tuvo éste que esconderse en lugar que desconozco; y de ello hubo mi tío don Álvar gran disgusto. E otras cosas extrañas acontecieron e déstas no tengo claros recuerdos. Partióse luego don Álvar como tesorero en la armada con cinco navíos e seiscientos hombres desde el puerto de Sant Lúcar para conquistar e gobernar la Florida. Era el día 17 de junio del año de 1.527 teniendo yo por entonces hasta edad de trece años e quince don Pedro, mi hermano. Dióse por desaparecido a don Álvar durante algún tiempo e vivimos aquellos años en Grazalema y en Ronda.

A la edad de diez y ocho años, me partí a Toledo, luego a Madrid e luego a Flandes en tercio de la Infantería Española, mas no a la guerra, sino como guarnición, pues no hubo grandes batallas hasta 1.557. Mas en el año de 1.537 volví a ver a mi madre y a mi hermano, al regresar don Álvar y ser nombrado Adelantado Gobernador del Virreinato del Río de la Plata. Con él estuve en Sevilla algún tiempo e hicimos algunos viajes e mostróme cosas que aprendió de los indios.

Volví a Flandes en 1.539, e un año después, recibí carta con aviso de la muerte de mi hermano e volví a Sevilla donde se encontraba mi madre, mas nadie me dijo dónde fue enterrado. Y en Sevilla estuve con mi tío don Álvar hasta que partióse de nuevo al frente de una importante expedición un año después; e fueme dicho que tuvo encuentro con Atlacaitl. Fue entonces cuando tomó mi madre segundas nupcias con don Lope de Lobo y Balboa, de cuyo hermano, don Carlos, es hoy descendiente directo Su Ilustrísima.

Murió mi madre, prematuramente y en extrañas circunstancias, en 1.544, cuando volvió arrestado a España don Álvar por oponerse a la barbarie contra los indios; e fue desterrado a África siendo perdonado por el rey Felipe II en 1.556, que lo volvió a Sevilla como Presidente del Tribunal Supremo. E tuve dél buenas nuevas de Atlacaitl”.

Y diciendo esto, no pude seguir narrando e pedí que hubiese descanso hasta el otro día. Y tomó don Juan mis manos y me dio su bendición y dijo don Marcos que tomaríamos descanso un día e que tal vez fuese menester comunicar todo esto a don Fernando, mas roguéle esperase por saber aún otra parte más desta historia.

En Ronda y a once de octubre del año de dos mil e cinco.

De la segunda jornada y de la historia que yo recordaba (1)

onaron los golpes a la puerta siendo la hora de comenzar el día y también pude oírlos en la otra puerta del cuarto cercano, mas no hubo palabras de llamada. Recordando entonces lo ocurrido la noche anterior, volví mi cabeza y vi los ojos de don Marcos abiertos y mirándome con leve sonrisa:

No os preocupéis – dijo en voz baja -, ya estoy despierto, aunque cansado, pues después del primer sueño desperté y poco más he dormido, que no duerme uno todos los días junto a un hombre que es como un libro andante. Mas como bien dijisteis, ni tres días han tenido que pasar para acostumbrarme a estos usos y no es mi deseo ahora el volver a Madrid, sino conoceros y saber todo eso que tenéis en vuestra mente y no queréis decir. Iremos a misa e cumpliremos con todo aquello que sea aquí de cumplir”.

Fue tanta mi sorpresa por aquellas palabras, que parecióme no conocer a aquel don Marcos distante, severo, acedo y hasta cruel que creí conocer en Cuenca.

Decidí entonces convencerle de que podía quedarse en mi cama sin la obligación de asistir a misa y que ya daría yo mis excusas a don Juan por ello. Y así se lo manifesté y así me quedó grandemente agradecido y me pidió contase lo que supiere por no andar dando más vueltas a un asunto que se sabía ya resuelto.

Salí con don Juan de la casa en día poco apacible hacia la Iglesia Mayor y a la misa matutina, y terminada ésta, fuimos a tomar el desayuno a la taberna y habló don Juan curiosas palabras:

Es toda esta nueva documentación inútil si no decís lo que sabéis. ¿Acaso no os dais cuenta de lo que está sucediendo a vuestro alrededor cada día? Debéis narrar todo aquello que mantenéis oculto, pues no es ahora de razón perder más tiempo en lo que ya será pronto recuperado. Firmará Pérez del Olmo lo que sea menester y esto obligará a Vargas a devolver lo que nos pertenece; mas ¿a qué negar lo que ahora es evidente? Son los caminos de Dios tan claros, que no los vemos; los tenemos delante en pleno día y no somos capaces de dar un paso”.

Y estas razones no alcanzaba a entender, mas pensé, sin dudarlo ya, que en esta misma mañana habría de contar lo que estaba en mi memoria desde que hube uso de razón.

10 octubre, 2005

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (y 5)

ue la comida copiosa e de gran gusto para todos, que no hay mesa que aguante el peso que tales manjares tienen ni mantel de sobremesa que se mancille con estas salsas. Y tras la comida hubimos largas pláticas y olvidó don Marcos su cansancio e su disgusto por el mucho viajar y el poco dormir, y entrambos hiciéronme muchas preguntas y a todas ellas di razón, e vine a ver cómo estaban más interesados en mi persona que en descubrir y recuperar lo usurpado.

Llovía cuando salimos del restaurante y fuimos con paso ligero hasta la casa, que aunque no es luengo el camino es todo él descubierto; e llegados a la casa empapados en agua, hubimos de cambiar las ropas antes de sentarnos en el salón. Siguió entonces la lectura de aquellos papeles y no se veía en ellos trazo alguno sobre la procedencia del marquesado de Fuentefría, y sabiendo yo acaso la respuesta, tampoco quise adelantarme. E así fue que llegó la hora de la cena sin haber dado paso importante.

Retirados luego a mi cuarto, estuvimos don Marcos y yo ordenando aún más datos, pero el cansancio era tanto, que nos pusimos sobre el colchón a buscarlos y leyendo estaba un interesante escrito, cuando advertí que el abogado quedóse dormido boca abajo teniendo sus manos sobre algunos legajos. Y observé su cara mientras dormía y se asomaba en ella una felicidad que antes no tenía, pues un hombre que no ha trato sino con aquellos que andan en pleitos y con gentes de pocos escrúpulos, ha de tener sin remedio el humor agrio. Y retirando todo lo que sobre el colchón se encontraba, echéme a dormir agotado junto a él.

En Ronda y a diez de octubre del año de dos mil e cinco.

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (4)

legado el medio día y no habiendo tomado más que una copa de vino, algo de chacina y mucho papel desde el desayuno, fue don Juan quien dio muestras de un cierto cansancio y manifestó la necesidad de hacer un receso, dar un paseo por algunas calles de la ciudad por que la conociese don Marcos y pasar luego el Puente Nuevo hacia el restaurante.

Quedóse admirado don Marcos de la grande belleza destas calles, pues son sus casas señoriales como galpones y palacios, con el escudo en cima de la puerta de piedra y enjalbegadas con cal que deslumbra del resol – que no son como aquellas de Castilla que pintadas están en colores o dejan ver el muro de piedra – y las grandes ventanas con rejas de hierro, o cierres que hasta el suelo llegan, y las estrechas calles y las plazas pequeñas y los entrañables rincones, que recuerdan acaso alguna serenata bajo un balcón. Quise ver en su rostro una sonrisa que no hube visto antes, pues siendo abogado es lógico en él ver el gesto severo, y miraba mientras hablábamos a las rejas y balcones que se observan de las casas a lo alto hasta que nos llegamos al final de la calle de Armiñán donde se abre la vista al puente y al impresionante Tajo.

Esto, vive Dios – dijo al verlo -, no podía imaginarlo; pues son esas casas de ahí enfrente como las que se ven en Cuenca y es este tajo en la tierra profundo y estrecho y es el puente señero como no he visto otro y la brisa fresca de poniente trae aromas a heno desde la era y queda el pecho henchido de emociones”.

Con esta vena poética que salió al abogado, se adelantó de nosotros con priesa por asomarse al primer balcón del puente. Y de tal forma hubo cambiado su humor, que le mudó el rostro. Trabajo nos costó que adelante siguiera por ver aún otras cosas; tal era el embeleso que mostraba. Cruzando luego la Plaza de España, pasamos a la calle de la Virgen de la Paz hasta el restaurante y entró primero don Juan.

“¡Rafa! ¡Manué! – dijo con gran contento – Aquí os traigo a un castellano de nombre don Marcos que nunca ha venido a Ronda, mas que sí conoce, y muy bien, la bella ciudad de Cuenca. Y ahora que conoce algo deste parecido con aquella ciudad, está en sazón de probar nuestra comida, que no digo yo, y Dios me libre, que no sea bueno el morteruelo conquense, sino que tenemos nosotros acaso pasión por lo que conocemos, e siendo así, ha de llevarse una buena parte de esta pasión, como la que por Cuenca tiene”.

Salieron los hermanos Flores al punto a saludar a don Juan y se arremetieron luego conmigo a mostrar sus parabienes:

Pase señor don Marcos a esta su casa, pues habremos de mostrársela con gusto y con gusto también cataréis nuestros exquisitos platos”.

E parecióme que aquestos hermanos no hubiéronme conocido vestido de esta guisa e hube de aclarar con respeto que no era yo el tal don Marcos, sino aquel otro hombre que con nosotros se llegaba y yo era el capitán sobrino de Su Ilustrísima. E oyendo éstos mi voz, no daban crédito a sus ojos al verme con tales ropas modernas, mas repitieron con igual entusiasmo la bienvenida al verdadero don Marcos, que de no dejar la sonrisa desde lo visto antes, pasó a quedársela por el resto del día.

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (3)

ompió don Juan el silencio:

No es baladí el asunto a tratar. Bien podrían vuesas mercedes pensar que hay nuevos datos, e que pudiéranse haber enviado éstos por correo; mas no es así, pues es imprescindible la presencia de ambos; la vuestra, capitán, por contar lo recordado y la vuestra, don Marcos, por tomar buena nota de lo dicho y lo leído”.

Buscó en una pequeña arca y continuó:

He recibido, hace tan solo unos días, ciertos papeles que pidiera en su momento al cura que lleva la parroquia de Fuentefría, que encuéntrase en el Concejo de Candás, en la comarca de Gijón, mas no hay datos que me hagan pensar relación alguna del marquesado con este término. Y en Soria he encontrado también alguna cosa sobre este nombre, cerca de Abejar y del llamado Cañón del Río Lobos; mas tampoco concuerdan todos estos datos. Y cerca de aquí y en dirección a Antequera, se encuentra la Sierra de la Chimenea y el Torcal, donde está el cortijo de Fuentefría; más no hallo relación tampoco entre apellidos y título. Y estos son los documentos compilados por si vuesas mercedes quisiéredes hojearlos, y ojearlos, por encontrar tal vez en ellos lo que a mí se me escapa”.

No quise entonces hablar de lo que de mi infancia recordaba – como don Juan no dijo todo lo que sabía - hasta encontrar en este otro montón de papeles algún dato que hiciérame ver que mis ideas pudieren estar equivocadas. Y vi cómo con gran interés don Marcos se ponía a lectura, que aunque bien pudiera ser gran desperdicio del tiempo, pudiera acaso contradecir lo que tenía en mi memoria.

En estas lecturas y en algunas pláticas, pasó toda la mañana.

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (2)

uatro personas habíamos en la iglesia por asistir a la misa una señora muy vieja que sentóse al otro lado y un tanto apartada de nosotros. Y estando en el templo más callados que en misa, parecióme ver a don Marcos hacer intención de hablarme, mas hícele gesto con disimulo por que siguiese en silencio; e veía yo de reojo cómo se le iba la cabeza hacia adelante cuando estábamos sentados. Siendo misa sin homilía – aunque los sermones de Su Ilustrísima son gustosos de oír – en poco tiempo salíamos a la calle donde seguía la suave lluvia y pensé por unos momentos que había olvidado mi sombrero; tan acostumbrado estaba a ir cubierto. Entretúvose don Juan con sus saludos a la mujer al salir de la sacristía y aprovechó don Marcos el momento para hacerme comentario:

En verdad, en verdad os digo, que he de presentar mis excusas de venir los próximos días a Su Ilustrísima con vuestra ayuda, pues no soy hombre vivo hasta tomado el café de la mañana”.

Y sabiendo yo que aquesto mismo húbome pasado en mi primera jornada en Ronda y que luego del desayuno habría resurrección segura e gustosa, asentí, mas no dije palabra alguna. Salió don Juan al cabo y nos llegamos de espacio hasta la Taberna del Corregidor. Acabado el desayuno, era don Marcos otro hombre, no sólo por haber llenado su estómago, sino por el placer que hubo en degustar tales tostadas y tales mantecas serranas. “Ahora sí – dijo -, ahora me siento dispuesto a hablar de lo que sea menester”.

Y como la mañana habría de ser bien larga en discusiones y pensaba dar a don Marcos otra sorpresa más, propuse aparte a don Juan tomar almuerzo a en el Restaurante Flores corriendo aquesto de mi cuenta.

En poco tiempo, estábamos sentados en la sala principal de la casa, a la mesa grande y con mucho papel por delante, pues había nuevas e importantes cosas que aclarar.

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (1)

í de mañana la llamada de la servidumbre: “Buenos días nos dé Dios”. Y sonaron a la puerta varios golpes e así también los oí sonar a la puerta de la estancia de don Marcos. Mas no hubo otro sonido pasado un rato e fuéme dificultoso despegar los ojos en tal silencio y con tal cansancio. Pasado algún tiempo más, volví a oír otra llamada más fuerte: “¡Levantemos el corazón!”. Y un tanto a lo lejos, le siguió una respuesta con gran enojo: “¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! ¡Dejadnos dormir, por caridad!”.

Llamó don Marcos a mi puerta e hícele entrar, y en voz baja, manifestó: “A fe, capitán, que me haya parecido oír una llamada ¡y a estas horas! ¿Acaso es costumbre aquí no dejar dormir a los huéspedes o es que ya no recuerdan que venimos de largo viaje?”

Dióme tal risa su sorpresa, que me incorporé en la cama y, con el mismo tono de voz, le contesté: “Vuesa merced ignora que hombre que se levanta temprano y se acuesta temprano, es hombre sano; y en esta casa se cuida de la salud del cuerpo y de la del alma, que por ello vive en ella persona dedicada toda su vida al servicio de Dios e son estas sus costumbres tanto como sus obligaciones, e mientras aquí estéis hospedado habréis de cumplir tales normas; dispongámonos pues de buena gana a asistir a la misa de ocho”.

¿A misa de ocho decís? – replicó con voz más fuerte - ¿Y ha de ser así todos los días?”.

Así ha de ser – contesté con paciencia y un tanto de burla -; a misa de ocho, y en ayunas; mas luego daremos buena cuenta de unas tostadas, que en eso del yantar aquí no se escatima. Aprestaos, no os hagáis esperar”.

E volvióse relatando y de mala gana y nos vimos luego para bajar las escaleras hasta la sala principal donde nos esperaba don Juan: “Buenos días tengan vusesas mercedes – dijo al recibirnos -. Hemos de salir en seguida pues poco tiempo tenemos ahora para otros cumplidos, que más tarde tendremos todo el tiempo necesario y más; porque hay muchas y sustanciosas cosas de que hablar. ¡Partamos!”. Y se adelantó un tanto a nosotros que caminábamos como en sueños y bajo una fina lluvia y mirando al suelo.

Por ventura – dijo don Marcos – no he de estar aquí más de cinco días, mas necesitaré otros tantos en Madrid para recuperar el sueño”.

Por ventura – respondíle – en tres días estaréis habituado, que no es todo aquí como os parece; e luego no desearéis partir”.

Y en llegando a la plaza, nos entramos en la Iglesia de Santa María.