an sido estos todos días pasados de solaz, pues quiso don Juan mostrar al abogado las excelencias desta ciudad, que son muchas y grandes, y a estos paseos heles acompañado de buena gana, que volver a un sitio ya conocido es algo gustoso en Ronda. Esta mañana volvióse a tomar el tema que nos llevaba, pues poco quedaba ya por aclarar, aunque todo era de importancia, antes de que nos volviésemos a Madrid y a León para ver cumplido todo lo trazado.
Sentados estábamos a la mesa y a punto de comenzar las pláticas, cuando vino Cristina a preparar ciertos utensilios en el aparador, quedando de espaldas a nosotros. Quiso don Marcos, antes de empezar, humedecer sus tragaderas y díjole a Cristina sin dar importancia al asunto, que trajese algo de agua (pues es costumbre de mucho beber mientras hablan abogados y políticos). E comenzó a preguntar algunas dudas sobre lo que hube hablado de mis recuerdos, mas viendo que Cristina no iba a por el agua pedida, comentó:
“¿Acaso es esta mujer sorda o ha de recibir órdenes especiales de Su Ilustrísima para que sean cumplidas?”.
Rióse don Juan al oír tales palabras y sin dar respuesta a esta pregunta, tomó una pesada silla por el brazo y la hizo caer al suelo con grande estruendo. Al sonido del golpe, volvióse Cristina asustada y dijo entonces don Juan en tono suave:
“Traed agua para el licenciado, que a lo visto, debe estar pensando en gastar mucha saliva y no nos gustaría verle ahogarse en palabras; y ya que traéis agua para él aprovechad el viaje y traed también vino y algún bocado para los otros contertulios, que a base de agua no saben poner las palabras fluidas”.
Y sorprendió a don Marcos la extraña manera de dar órdenes a la servidumbre y pensó y manifestó que teniéndolo que hacer a golpe de mobiliario, sería costoso el mantenimiento de la casa.
“Ignora vuesa merced – aclaró don Juan – que Cristina es sorda; mas no ha de pensar que se la llama siempre a golpe de silla o de lámpara. Tomad por tanto la precaución de que os mire siempre y cuando queráis hablarle y que os escuche, pues lee los labios. Y no es esto de tirar la silla una chanza, sino un desahogo propio que abre sus oídos y los de mis huéspedes. Con esto estáis avisado de cómo haceros oír y de no tener cuidado de que se oiga cosa alguna que no queráis”.
Aclarado esto y servida la jarra de agua y la de vino con sus viandas, parecióme que más le apeteciera a don Marcos entonces unirse a los parciales de Baco que a los de Neptuno y así hubo de verlo Su Ilustrísima, que comentó:
“Vino y agua no hacen buena mezcla en la bodega, mas sí que lo hacen en el altar y en la mesa. Ni a base de vino hemos de calmar nuestra sed, ni a base de agua es de razón acompañar la sobremesa. Sea pues el agua para mojar el gaznate y el vino para enjugar los nuevos conocimientos”.
Y así fue cómo puso sobre el tapete una caja ancha, mas de poca profundidad, y abriéndola, volvióla hacia nosotros para que viésemos su interior. Y en ella se hallaba un documento manuscrito conservado bajo un cristal; y los trazos y la color del rubrum del acápite y la firma eran de los usados otrora y me era conocida aquella escritura.
“Es esta – dijo don Juan – carta manuscrita a la que no di importancia, mas sé agora que la tiene, pues se habla en ella de ese tal Atlacaitl. Es letra de doña Jimena, según entiendo, que explica cómo su hijo no ha parecido alguno con su padre, sino por un lunar que tiene oculto en la entrepierna”.
Oyendo esto, excusóse don Marcos, cerró el libro que tenía ante él y subió con priesa las escaleras.