20 septiembre, 2005

Del viaje vertiginoso a Cuenca

entí al despertar e abrir los ojos cómo la cabeza parecíame flotar en el aire e incorporándome a un lado de la cama no me daba vueltas sobre los hombros sino que era la habitación la que se movía. Y no eran estos vértigos como los que anudan las tripas y las suben a la garganta por estar en lugar de altura, sino como estos otros que llegan por la mañana cuando se fue uno de la mano del vino por la noche. E siéndome imposible estar sobre los pies y erecto, caí de espaldas a la cama y parecióme la lámpara botafumeiro. De esta guisa hube de esperar a que llamasen a la puerta e pareciéronme los golpes como los dados a un tambor, mas no era otro el tambor que mi propia cabeza.

No hube de esperar luego mucho tiempo a que apareciese don Juan e se acercase con sigilo e mirase quedo mis ojos; e mientras me trajeron un caldo que hubo pedido a la servidumbre, refirióme algunas novedades que no hube de poner en pie hasta que puse mi cuerpo desta forma.

Llegole aviso de Madrid, del mismísimo señor don Fernando de Vázquez y González Cabeza de Vaca, marqués de Serrano e sobrino mío, que tenía a la sazón importantes y buenas nuevas que me ayudaran más tarde a resolver los entuertos que tenían mi cabeza rota - por ser tal rompecabezas -. E ofrecíame mi sobrino estancia en la Villa y Corte por aportar ciertos datos e acompañarme en la visita a Cuenca, mas era la segunda parte del mensaje menos buena y menos nueva por tener que llegar cuanto antes al estar Pérez del Olmo pronto a partir hacia León. E fue pasando el vértigo, mas no del todo, e de esta guisa hube de emprender viaje a Sevilla con premura, e hube de perder el conocimiento – pues no recuerdo aquel tránsito - por no haber aprendido a conocer los remedios que para los mareos hay.

E llegados a Sevilla, ayudáronme a dar los pasos para entrar en la llamada Estación de Santa Justa donde habría de partir en esa tortura que vuela cual ave hasta Madrid. E sumados unos vértigos tras otros llegué volando al encuentro con mi sobrino.

Descansando ya en asiento inmóvil, dióme don Fernando los pormenores e pareciéronme muy importantes, pues sin apenas esfuerzo, podría recuperar lo que a don Juan pertenecía por un lado e a mí mesmo por el otro. E fizo me sirvieran buen almuerzo castellano, que hacía tiempo que no lo cataba; e repúseme con las alubias, el chorizo, el tocino, el pan y un poco de vino. Mas tras un corto descanso, partimos hacia Cuenca en coche con un tal señor don Marcos de Ruiz e Pareja e volvieron los vértigos con la velocidad; y dicen algunos que tocino y velocidad no han mucho que ver entrellos.

Caía la tarde cuando puse los pies en el suelo firme frente a la puerta principal del Convento de San Pablo, ahora parador de hospedaje e otrora convento de los Paúles, que se encuentra al otro lado de la ciudad e separado desta por la que llaman la Hoz del Huécar. Y es maravilla de ver el parecido de las casas colgadas sobre las altas piedras con aquellas que se asoman al Tajo de Ronda e cómo la luz de la tarde cae tras de ellas y se dibuja en el cielo una sombra obscura, esbelta e majestuosa como no se ve en ningún otro lugar.

Aligerados de equipaje en el parador, partimos hacia la ciudad casi al anochecer; mas esta vez lo hicimos andando, cosa en la que hube primeramente mucho gusto y luego no tanto, pues para llegar al otro lado del tajo del Huécar, vime al punto en la boca de un estrecho puente de hierro al que llaman Puente de San Pablo y que tiene el suelo de tablas sueltas e cruza por los aires a ciento y cuarenta y cuatro pies sobre el río e con el paso se mece e las piernas tiemblan e llega el vértigo de las alturas e se atan las tripas al cuello durante los cien metros que por él se cruzan. E hube de pasarlo entrambos, don Fernando y don Marcos, por no ver hacia los lados.

Mas no acaba aquí esta aventura, pues ya a mitad del recorrido, por los aires, vínome a la cabeza que si había que cruzar el puente a un lado, sería menester luego descruzarlo.

En Cuenca y a dieciseis de septiembre del año de dos mil e cinco

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