20 septiembre, 2005

Del encuentro con Pérez del Olmo y otras cosas que acaescieron

uiso el destino que llegara al susodicho del puente manteniéndome erguido, que no muy cuerdo y casi inconsciente, mas siendo mi sobrino don Fernando reconocido doctor en Madrid, puso inmediato remedio a mi inminente desmayo mientras me sostenía nuestro acompañante e no veía más que gente en derredor mirando la color de mi cara y el temblar de mis piernas. Mas todo pasó por ventura, que habiendo cosas que parecen durar un siglo pasan luego en un segundo.

E al otro lado del puente veíanse las altas rocas con las casas colgando en éstas sobre el abismo y se abría un pasaje bajo ellas que daba a una bella encrucijada de estrechas callejuelas; unas hacia arriba y otras hacia abajo. E las casas que del otro lado parecían tener gran altura como torres, levantaban una planta.

Tomando la cuesta que llaman Calle del Obispo e con grande esfuerzo en subilla, llegamos a la Plaza Mayor donde se encuentran la catedral y el ayuntamiento, que sobre grandes arcos se sustenta, e hay también algunas tabernas y en una de ellas entramos los tres. Nos esperaba allí un hombre alto y fuerte, de pelo cano, mentón prominente y pobladas cejas. De gesto grave, era este hombre amable a primera vista, mas no tanto a la segunda, e fuimos presentados e le cambió el semblante al conocerme, pues colijo que supo la razón que allí me llevaba e viose acorralado u ofendido e mirábame con malos ojos desde entonces. Tomamos una copa del licor al que llaman resoli mientras don Fernando ponía sobre el mostrador un libro que, según decía, contenía ciertas pruebas llamadas de adeene que confirmaban la pertenencia ilícita de ciertos bienes que a mi familia pertenecían; e pidióle al punto le entregase los documentos que obraban en su poder mientras don Marcos le rodeaba hasta ponerse a sus espaldas.

Sonrió amistosamente el señor del Olmo y, llamando al tabernero, rogóle nos sirviera otra copa de resoli mientras ponía sobre la tabla un atico un tanto abultado que le entregara su acompañante, mas al punto de ser servidos, dio un gran golpe sobre el madero, cambió el gesto y la mirada y gritó a don Fernando: “¡Tomad esto! ¡Sin vergüenza!”. E parecióme que las dos últimas palabras sonaron como una sola e así debió parecerles a don Fernando y a don Marcos, pues sacaron el pecho. Y con grande asombro vi que del Olmo se llevaba la mano sobre su camisa y bajo el sobaco, mas antes de acabar tal movimiento, tenía mi sobrino en su mano una arma pequeña que a la sazón llevara oculta. E viendo tales movimientos inhóspitos, eché mano de mi blanca e hícela aparecer sibilando bajo el cuello del vil hombre y por encima de su nuez, que bastante resaltaba, e grité entre miradas confusas: “No vengo sólo a llevarme lo que es mío, sino a traer lo que merecéis. ¡Entregad al punto cuanto os es ajeno o será vuestra cabeza la ajena a vuestro cuerpo y aquí mesmo!” Algunos de los presentes en la taberna salieron a pares por las puertas, mas otros reían, tal vez, por ver como era desarmado un villano que no merecía vivir en semejante ciudad. E fue tan grande el espanto, que en poco restamos solos y el tabernero asomaba algo su brillante calva por debajo de una mesa.

En Cuenca y a dieciséis de septiembre del año de dos mil e cinco.

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