24 septiembre, 2005

De una conversación con don Juan desde la Plaza de Ronda

ando un paseo vespertino este mismo sábado por las antigüas calles de Cuenca, dimos, tras recorrer varias calles, a la plaza que llaman de Ronda, donde encuéntrase a la sazón una tienda de nombre Romero e un museo de estas modernas artes que a mi razón no alcanzan; e pocas más casas en ella hay, pues son las otras dos lindes fronteras sendos miradores hacia la Hoz del Huécar, dejando ver pasar por debajo, e muy cerca, alguna otra calle, mas no asomándose a precipicio alguno y dejando ver a lo lejos aún más casas de estas que llaman colgadas.

Dejando pasar algo de tiempo embelesados en vistas y paseos antes de partir hacia León y en busca del vil Pérez del Olmo, a quien aun no di pago a su comportamiento, hube la sensación de escuchar de nuevo otro a modo de carillón, mas no lo era, sino que tratábase de una de estas músicas estridentes que hacen estos pequeños estuches con números a los que llaman móviles o teléfonos, aunque poco echo en ver, que siendo móviles, se muevan por sí solos, sino que úsanlos las gentes para hablar con los que están lejanos, e llevándose el susodicho estuche a la oreja y hablando al viento, más paréceme ver a hombres e mujeres con gran dolor de la oreja e sujetándosela como cercenada por la espada de Pedro e quejándose a voces, que haciendo esto no mucho tiempo atrás, fuesen tomados por locos e internados en sanatorios. Mas hube ve de ver lo útil que resultar pueden en algunos casos, pues fue don Fernando quien usólo, e mostróse como hablando con grande personaje mientras miraba el nombre de la tal plaza e sonreía e veíase gustoso e me miraba luego. Y después de algunas pláticas con el viento, hizo ademán de que yo lo usase; mas di, con recelo y con asombro, paso atrás. E insistiéndome en ello, díjome que era el lejano don Juan, que hablar conmigo e con urgencia quería. E dióme instrucciones de cómo hacello.

Tembláronme las manos e las piernas al pegar el estuche a la mi oreja e oír con claridad de día la voz de su Ilustrísima, e apenas supe hacer manifestación ninguna e casi todas se las oía a él como si por medio de cerradura me hablase, pues tal parecióme el tono de su voz. E preguntóme primero por el viaje e por los acontecimientos sucedidos, de tal forma, que no hube de responder cosa alguna e no tenían mis respuestas más que dos letras, como sí y no. E siendo así que notóme un tanto asustado e como ijadeando, hízome advertencia de que tan sólo oyese la su voz e que no había menester ni fuere conveniente que yo hablase, sino que le oyese; e aquesto hice.

Sepa vuesa merced, señor capitán e querido sobrino, que habéis buena compaña e que no son don Fernando y el que os hace el tercio sino gentilhombres de confianza en los cuales podéis e debéis haber fe ciega, pues partió déllos la idea de recuperar lo que ya pareciera perdido e cómo hacello, e han nuevas artes para tal empresa, que ni vos ni yo conocemos e que no yerran, e siendo désta manera, nos han de ser de grande utilidad aunque de aquesto saquen su propia partida. Haced por tanto las cosas que os aconsejen sin temor alguno, pues a fe, que en poco todo será consumado”. E despidióse con bellas palabras e hícele reverencias, mas sin acertar a abrir la boca. Pidióme después entregase el móvil a mi sobrino, e aquesto hice e otras parlas tuvieron hasta que lo guardó en su bolsillo.

E con esta confianza que me hubo dado, sentíme con el amparo lejano de don Juan, que de no ser porque su voz, su acento andaluz e su risa me eran inconfundibles, hubiese desconfiado de haber hablado cierta e mismamente con él.

En Cuenca y a dieciocho de septiembre del año de dos mil e cinco.

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