bandonada la casa consistorial por el tercio e habiendo amainado la tormenta, propuse dar un paseo bajando por las calles por las que hubimos subido en coche, mas sería menester andar con cuidado, pues de la lluvia caída, veíanse estas calles como ríos más que como paso de carruajes, e siendo el acerado tan estrecho, anduvimos uno tras otro quedando yo entre medio.Al doblar la primera esquina que a pocos metros se halla, topamos con un sacerdote que subiendo la cuesta venía calado en agua y en sudores y eché de ver cómo llevaba sotana hasta los suelos, como fuese en otros tiempos, e cómo ésta arrastraba por el peso del mucho barro que por los bajos llevaba adherido. E viendo mi sobrino el marqués mi sorpresa e cómo me apeaba al carril anegado por dejarle paso franco, quísome manifestar éste una curiosa historia que los conquenses aún refieran.
“Aconteció una vez – dijo don Fernando comenzando en risas – que en esta ciudad vino a dar con sus huesos un cura provinciano e joven e de buen ver, mas siendo otrora de familia acomodada e mujeriego e aun habiendo examinado para ejercer al servicio de Dios, parecían no habérsele olvidado los usos de los seglares en cuanto al celibato se entiende, pues es débil la carne y fuerte el pecado del mismo nombre. E tanto guardó sus votos como sus intenciones al pueblo, pues vino a conocer a una buena moza los cuyos atributos eran bien visibles e bien apetecibles de catar e con ella emparejose a escondidas. Mas siendo Dios el Justo, a veces lo tomamos por injusto por ser acaso nuestra ventura justo la que no deseamos; e pienso yo que cada uno vendimia las uvas que siembra y ha de ser palo que sostenga su propia vela. E fue así como un día viose el tal cura en situación tan embarazosa como la de su amante, pues dejóla preñada, e quiso ésta salvar sus virtudes a costa de las del cura; mas viendo venir éste su futuro tan incierto e no apeteciéndole en medida alguna conocer su escándalo de boca en boca, decidió escribir carta completa, tal vez al obispo y al juez, confesando su pecado, e acabar pronto su vida. Y es en esto, y no sólo en la figura de las piedras e las casas, donde han Ronda y Cuenca asaz parecido, pues son sus gentes muy dadas a cercenar sus vidas arrojándose desde las alturas. Encaminose pues el cura al puente de San pablo e a la parte más alta déste, que sobre el Huécar pasa; dejó la carta en lugar visible de la insegura barandilla de hierro e sin otros pensamientos, arrojóse desde lo alto a la corriente. Mas no acompañáronle ni la suerte ni la muerte, pues al comenzar la tan larga caída, llenóse su sotana de aire, e de esta guisa cayó con lentitud hasta las copas de los árboles que el río flanquean, e llegando a ellas e siendo parado aún más por las ramas e las hojas, tocó en el suelo partiéndose un brazo e quedando de moratones lleno e con grandes dolores en todo el cuerpo. E así fue cómo viose vivo tras el vuelo e cómo muerto si era encontrada la carta; e con el brazo roto e los intensos dolores, hubo de subir por los riscos a toda priesa por llegar al puente antes que cualquier curioso que la carta abriese. Mas tampoco hubo fortuna en ello; e imaginar puede vuesa merced los acontecimientos que siguieron e son éstos los que aún circulan por las calles.”
En Cuenca y a diecisiete de septiembre del año de dos mil e cinco.


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