29 septiembre, 2005

De las modas de las que habría de hacer uso

n este día jueves, antes del postrero de septiembre, hicíeronse ya algunos preparativos que para el viaje a León serían menester, e nos acompañó para tal empresa la mujer de don Marcos, que es también grande amiga de nuestro familiar y en ayudarnos ofrecióse al punto con uno de los mancebos que para ella trabaja. Y es esta señora, doña Isabel, mujer de grandes conocimientos en tejidos, corte y ropas modernas e tiene su taller en cuartel cercano al nuestro. Vinieron pues con algunos bultos de ropa que a mi talla se ajustasen por ser de esta guisa como debiera hacer yo el viaje, que no eran mis ropas, a su entender, las más apropiadas para no ser distinguido entre hombre alguno; mas siendo yo de mío no muy dado a cambiar de indumentaria, puse peros al asunto, que no neguéme.

Sacaron allí las prendas e hiciéronme desnudar, y en ello no puse reparos pues no soy hombre de esconder lo que con buenos ojos se puede ver de mí; que desto no me falta. E fue el mancebo a tomarme medidas de pies a cabeza diciendo en alta voz cada detalle de mi cuerpo e doña Isabel tomaba nota déllo, y terminadas las medidas, hubieron acuerdo sobre las prendas que mejor se me ajustaban. Pusieron sobre unos asientos algunas déllas, e viendo sus formas y sus colores, dejó de parecerme tan buena idea andar con disfraces, mas tampoco hice manifestación de aqueso si ello sirviere para llevar a buen fin la ya tan grande y larga empresa, que una vez terminado todo, habría de volver a ser, como era, el mesmo de siempre. Mas preparando ya las nuevas ropas, oíles hablar algo sobre el corte de mi pelo y ciertos afeites, y ello complacióme, que había menester de algunos dellos. E fue así cómo pidióseme me sentase en una silla frente a un espejo y púsome el mancebo un paño en derredor de mi cuello y cubriendo el cuerpo desnudo e comenzó la tarea, mas viendo yo que cortaba por donde no parecióme gustoso, levanté mi mano e le hice señas de parar. E fue entonces don Fernando quien hubo de intervenir. “Capitán – dijo en gesto amable -, que no habéis de dejar de serlo por llevar el cabello al corte moderno por algún tiempo o cambiar de ropas unos días, sino que conseguido lo propuesto, aún más capitán seréis y marqués por añadidura tal como os corresponde; e bien vale hacer lo que no es de nuestro agrado unos días que seguir desagradado el resto. Y en lo que a mi razón alcanza, larga vida os ha de quedar a lo visto y habréis de disfrutar délla como bien os es merecido tras tan larga espera. Dejad pues a los que destos menesteres saben más que vos y yo juntos que hagan lo que fuere menester mas no penséis questas modas no se ajustan a su talle, sino que, en pasando todo, ha de volver a creceros el pelo y el mostacho tal cual lo usáis; e vuestras ropas quedarán a buen recaudo; y doy fe déllo”.

E siendo así, pues don Fernando lo aseguraba y razonaba, miréme al espejo e acepté tal reto, pues hasta para estos menesteres no hay hombre que a alcanzarme llegue.

En Madrid y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.


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