n este día jueves, antes del postrero de septiembre, hicíeronse ya algunos preparativos que para el viaje a León serían menester, e nos acompañó para tal empresa la mujer de don Marcos, que es también grande amiga de nuestro familiar y en ayudarnos ofrecióse al punto con uno de los mancebos que para ella trabaja. Y es esta señora, doña Isabel, mujer de grandes conocimientos en tejidos, corte y ropas modernas e tiene su taller en cuartel cercano al nuestro. Vinieron pues con algunos bultos de ropa que a mi talla se ajustasen por ser de esta guisa como debiera hacer yo el viaje, que no eran mis ropas, a su entender, las más apropiadas para no ser distinguido entre hombre alguno; mas siendo yo de mío no muy dado a cambiar de indumentaria, puse peros al asunto, que no neguéme.
mano e le hice señas de parar. E fue entonces don Fernando quien hubo de intervenir. “Capitán – dijo en gesto amable -, que no habéis de dejar de serlo por llevar el cabello al corte moderno por algún tiempo o cambiar de ropas unos días, sino que conseguido lo propuesto, aún más capitán seréis y marqués por añadidura tal como os corresponde; e bien vale hacer lo que no es de nuestro agrado unos días que seguir desagradado el resto. Y en lo que a mi razón alcanza, larga vida os ha de quedar a lo visto y habréis de disfrutar délla como bien os es merecido tras tan larga espera. Dejad pues a los que destos menesteres saben más que vos y yo juntos que hagan lo que fuere menester mas no penséis questas modas no se ajustan a su talle, sino que, en pasando todo, ha de volver a creceros el pelo y el mostacho tal cual lo usáis; e vuestras ropas quedarán a buen recaudo; y doy fe déllo”.
E siendo así, pues don Fernando lo aseguraba y razonaba, miréme al espejo e acepté tal reto, pues hasta para estos menesteres no hay hombre que a alcanzarme llegue.
En Madrid y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.


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