alió el tabernero de su escondite con intenciones de llamar a la guardia, mas convenciole don Marcos mostrándole un documento que llevaba en una a modo de cartera de piel, de tal forma, que hízole reverencias e nos invitó a las copas tomadas y a otras más; pues era este tal don Marcos de Ruiz un gran abogado y evitó así otros escándalos. Y salieron antes Pérez del Olmo y su acompañante en silencio y con pasos largos e fue de nuevo llenándose la taberna e más tarde, en poco tiempo, salimos a la plaza.Olvidóseme esta vez la mala miga que hago con los destilados y hubiese jurado que no era la tal plaza la que tan inclinada estaba, sino yo mesmo e roguéle a don Marcos con un gesto llevase el pesado bulto de papeles. Mas por no seguir dando problemas a mis amables acompañantes, aspiré hondo aire puro y comencé a caminar decidido para tomar el camino de vuelta. E iba andando con gran dificultad hacia la parte baja de la plaza, pues preparando las fiestas de San Mateo que el domingo se celebran, echaban unos hombres aserrín por todas las calles preparándolas así para soltar por ellas unas vaquillas; y muchas de las callejuelas estaban atrancadas con grandes maderos y así tuvimos que volver a
E cuando advertí que llegábamos al pasaje que bajo las casas cruza hacia el puente de San Pablo y ví al fondo parte del abismo ya casi en penumbra, púsoseme el ombligo en la espalda y di con los tobillos en las piedras del suelo y voló el sombrero con una ráfaga de viento inexistente; y poco a poco fui oyendo las campanas de un carillón desvanecerse en la lejanía y nublóseme la vista, e al abrir los ojos en la cama estaba. E siendo según el reloj la hora de la cena y estando necesitado de alimento, me incorporé decidido a prepararme para bajar al claustro, mas no recordé que la cama del parador estaba cubierta por dosel y era alta a la vieja usanza y, al estar casi a oscuras, fue difícil la empresa de bajarme della, mas estuve pronto en el patio esperando la entrada al refectorio y acompañado por mi sobrino y don Marcos.
“Sois valiente caballero – espetó don Fernando -, y de no ser por su espada, no estaríamos aquí a estas horas y a punto de yantar”. Agradecí el cumplido repetidas veces y, al cabo, acercóse un sirviente que parecióme importante y haciéndome reverencia me preguntó si me encontraba mejor; e también agradecí el cumplido y finalmente comentó: “Merced a que traía su espada toledana y a su buena compaña que supo usarla, salieron corriendo los follones que por el puente vinieron acechando cuando le traían; e fueron apresados por la guardia, e impidió Dios que cayeseis vos sin sentido al vacío durante la lucha. Mas ha de saber vuesa merced, que estando en esta casa, está a buen recaudo”.
Y no queriendo saber ni pensar ni ver las miradas ni conocer lo que hubo sucedido sobre el puente a la vuelta, pasamos a tomar la cena.


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