o eran aún las ocho hoy de mañana cuando vino don Fernando a sacarme de mis sueños, que bien placenteros eran pues veíame en ellos en Sevilla, y dióme noticia de que estos villanos habíanle comunicado que los documentos entregados eran falsos e que bien podríamos quemarlos y aprovechar el tiempo en otros menesteres, no habiendo posible acuerdo en devolver nuestra hacienda por no parecerles de razón que pudiese yo estar vivo. Y aún medio en sueños, parecióme oírle referir con grande disgusto y entre dientes. “Videamus ergo si sermones illius veri sunt”. (*)
cuidado e púsose a examinarlo. Mas viendo y diciendo que no pareciera copia falsa sino documento auténtico, salió otra vez por la puerta a buscar otras artes que para estos menesteres tiene, volviendo en poco con otro estuche envuelto como en una bragueta. Y colocando esta arte sobre el papel, iluminóse ésta en color de violeta e fue pasando aquella luz por todo pliego e miraba con atención y exclamó al cabo: “O son éstos tontos o hemos de parecérselo nosotros, que no han otra intención, según parece, que la de dejarnos sin la pruebas que nos son de más utilidad; pues es este contrato tan real como lo soy yo mesmo; y en confundirnos se empeñan”. E diciendo esto, quedóse mirándome quedo e con asombro, e vine a darme cuenta de que al salir de la cama no me hube puesto los calzones. Mas al ver sus intenciones de hacer comentarios de mi pazca indumentaria, salí al punto corriendo hacia el dormitorio; e a lo lejos oí sus risas y empezó este don Marcos a serme de disgusto por hacerme mofa, que de no ser porque don Juan pidiérame confianza en él, tomáralo yo por mala pécora. Mas pensando al punto que es abogado, no había por qué ser extraño tal comportamiento.


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