26 septiembre, 2005

De la visita a una casa e las señas que allí nos dieron

artimos antes de caer la noche por las otras callejas que a las espaldas de las casas colgadas quedan; mas no sé bien si son éstas las espaldas, pues siendo más altas y más grandes por el lado que al tajo da, han su entrada por aqueste lado. E viendo como mi calzado pesaba cada vez más e bien dificultoso se me hacía el andar, eché de ver que el aserrín por los suelos esparcido íbase viniendo conmigo pegado a las suelas, e pensé que de haber necesidad de correr por adelantarse un día la suelta de las vaquillas, no fuérame posible dar paso tras otro.

Desta forma, busqué alguna varilla que por allí hubiere para dejar los restos de madera donde deberían estar, e fue así, que salió una señora del portal más cercano, e viéndome en tales menesteres, acercóse hasta nosotros e ofreció su casa para mejor solucionar aquel entuerto. Era aquesta casa asaz curiosa, pues había un tramo de escaleras que a la planta alta llevaban e otro que hacia abajo, como a un sótano, mas preguntada la mujer por ello, ofrecióse a mostrarnos algo aún más curioso. ¡E vive Dios que lo era! pues, si hacia arriba no había más de veinte escalones, hacia abajo eran hasta seis veces, llegando hasta el ciento y veinte. E queriendo en su amabilidad mostrarnos la bella vista que desde sus balconadas podía observarse hacia el río Huécar, vine yo a decir que más me apeteciera sentarme una pieza en un catrecillo; e así lo hice por no volver a sentir los vértigos, que prefería llevarme un buen recuerdo de la ciudad que no hube conocido en tiempos e de la casa, que ver paisajes con las tripas retorcidas donde hubiese balcones.

Subimos otra vez esas seis plantas e abrió la señora la puerta que a la calle daba y apresuréme a pisar el aserrín por saber que colgando de las piedras no estaba; mas restaron ellos otro rato hablando, partiendo más tarde la señora hacia la parte alta e nosotros hacia la baja, e díjome don Marcos dándome como un espaldarazo: “Dígame vuesa merced cómo es bien cierto que el mundo no es más grande que un pañuelo, pues es esta señora cuidadora desta casa, que no su dueña, y no es su vecino un extraño, sino el caballero que ha por huésped en su casa al mismísimo Pérez del Olmo e nos ha dado señas de cómo hallarle en León, pues no ha de estar éste en aquella ciudad hasta pasada una semana. E siendo así, no habremos priesa por llegar, e podremos en Madrid tramitar algunas otras cosas antes del nuevo encuentro. Estáis de suerte, pues; la ventura viaja con vuesa merced, pues ha poco que ha llegado y en poco hemos de partir y, terminados los asuntos de papeles, seréis de vuelta a Ronda con todos ellos y alguna otra cosa que habrá menester llevar”.

Dando la vuelta a una retorcida esquina, pararon un coche que por ella venía y en él fuimos de vuelta al parador subiendo antes una parte y bajando luego, para tomar el camino del viejo convento, donde cenaríamos y dormiríamos hasta salir de viaje a Madrid por la mañana.

En Cuenca y a dieciocho de septiembre del año de dos mil e cinco.

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