eme dedicado desde la llegada a Madrid a la lectura minuciosa de algunos de los documentos devueltos por Pérez del Olmo pues, como bien pareció a don Fernando mi sobrino, más valdría restar en casa discretamente que no ir dando el cante por toda la ciudad, que no era de razón atraer hasta este domicilio a los follones ni ser la comidilla de pícaros que pudiere venderse para nuestra traición. Mas muy larga paréceme ya la espera e no soy capitán de andarse por retaguardias sino de hacerlo por el frente.
Viendo a don Marcos en la casa sentado a una mesa y poniendo orden, y reflejándose su desesperación en lo revuelto de sus pelos, acerquéme a él por ver si pudiera serle de utilidad, mas no parecióme adecuada su respuesta ni su mirada. “He de suponer – dijo con gesto grave – que no ha sido vuesa merced quien hase puesto a ordenar estos papeles, pues si el tiempo los había revuelto, alguien acabó la faena y es ahora bien dificultoso encontrar y atar los cabos. Por ventura, tenemos tiempo suficiente para indagar en ellos, e no es menester ahora haber premura en reordenar estos fideos, pues siendo de otra forma, asiría por el cuello al inútil que en ellos puso sus manos aunque lo hiciere de buena fe”. E siendo así que vime en el apuro de ser el artífice de tal desorden, vine a decille que hubiera yo puesto mi mano entrellos de saber que alguno quisiere tocallos e que los hube a buen recaudo desde que me los entregara don Juan; e así lo hube manifestado, dí la vuelta e fuíme a ver la multitud de libros que en los estantes de la sala cubrían una pared entera.
No eran estos libros muy grandes ni muy pesados y en su interior no encontré páginas escritas, sino un a modo de disco de oro brillante e con reflejos de los colores del iris, e acercóse don Marcos a decirme que no eran aquellos libros de lectura, sino aquesto que llaman deuvedés – ¿o deuvedéres? – e sonóme el nombre a cosa mágica de Deo vides o ver a Dios, mas no es aqueso, pues poniendo el disco en el interior de un cofrecillo de plata encendióse una gran ventana luminosa, e vive Dios que era maravilla de ver por ella tales cosas allí contenidas e de tantos continentes; y en ello resté en cómodo asiento todo el día hasta bien entrada la noche.
En Madrid y a veinte y ocho de septiembre del año de dos mil e cinco.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario