09 septiembre, 2005

De la amistad y del buen alimento

ino don Juan a visitarme a mis aposentos por preocuparle mis pocos paseos, que tan absorto andaba yo entre aquellos papeles que apenas hablábamos e apenas salía y siendo Ronda ciudad de no quedarse en casa por haber mucho y muy bello que ver, propúsome salir al medio día porque me diese el aire fresco de la Serranía y un poco de sol, que es salud. Y en acabando de ordenar lo que entre manos tenía y cerrando la ventana por evitar que viniese el viento y deshiciera lo ya hecho, bajé a la sala a buscarle e diome a beber una copa de exquisito vino de la tierra antes de comenzar nuestro paseo.

Corrían los vientos de poniente y frescos, evitando así que los efluvios del Tajo atravesasen la ciudad, y olía el aire a campo fresco, pues ya se acaba el verano más caluroso y tiempla, aunque el sol sigue siendo fuerte. E así dimos un pequeño rodeo por ver otras calles mientras charlábamos hasta volver a la de Armiñán para encaminarnos hacia el Puente Nuevo y pasar al otro lado, donde dijo me guardaba una sorpresa. Y sí que lo era, pues al pasar la Plaza de España y antes de llegar a la Plaza de Toros, se detuvo ante la puerta de una casa de comidas que por nombre tiene Restaurante Flores, por pertenecer a la familia de este apellido y ser sitio este el de más solera y antigüedad y tradición y como no hay otro en Ronda. Y llevóme allí por su amistad con los hermanos y dueños del comedor, que fuese antes taberna de las que aquí llaman tascas, regentada antes por su padre, don Jesús Flores, e que fue casa fundada en 1919 y es llamada “El Decano de Ronda”. Y son estos amigos don Rafael y don Manuel Flores y Domínguez los que llevan ahora la tal empresa y otras muchas cosas por estar ya su padre jubilado. Y cruzando el umbral al fresco interior, salieron ambos a recibirnos con grande regocijo e cumplimiento.

Habéis de saber, mis amigos, – díjoles don Juan con entusiasmo – que es aqueste el capitán del que os hablé, que aún siendo mi sobrino no es hijo de mi hermano y aparentando los treintaitantos os saca siglos a vosotros e a mí mesmo y estando como huésped en mi casa está en la suya y yo en la de él, y que siendo capitán no pertenece a ejército alguno de los de ahora e no siendo abogado ha de resolverme unos pleitos... E no os digo más, que algunas veces he de contenerme en el hablar así, pues me pasa como ahora, que ni yo mesmo me entiendo”.

Mas no sabía don Juan que ya estuve yo en aquesta casa antaño a beber unos vinos e que fice grande amistad con don Jesús e regaléle la pluma que entonces llevara en la toquilla. Y está la casa que es maravilla de ver, pues conserva los originales plintos de cerámica que hasta la cabeza llegan y estancada en el tiempo parece pero ajustada a los de ahora, y estando en el mismo centro de la ciudad, no ha de haber forastero que por ella no pase a dar buena cuenta de sus ricas recetas. Mas siendo don Juan de buen yantar – que no de gula – e habiéndome malacostumbrado a tales menesteres, restauramos allí nuestros cuerpos, nuestra vista, nuestro gusto y hasta nuestro espíritu.

Estuvieron los hermanos, a los que don Juan llama Rafa y Manué, atendiéndonos a la mesa y era el primero dellos el que más amistad le tenía y ofrecióme sus platos especiales de tal guisa, que no supe elegir de entre ellos, pues no era de razón comer de todo, que todo parece allí sabroso e ajustado al lugar. Aconsejóme rabo de toro, cordero a la rondeña, conejo en salsa, trucha a la serrana y migas caseras entre otros platos, mas pensando en tener buen provecho, quedéme con uno solo de ellos, el rabo de toro, mas pensé en volver a cumplir con el resto en otros días.

Acabado el refectorio y ahítos mas sin hastío, tuvimos una corta charla de sobremesa e dióme don Juan detalles de que este su amigo Rafa es del grupo de los llamados Pasos Largos por ser buen conocedor de la sierra y sus rincones y que dedícanse éstos a dar largos paseos por hacer ejercicio e admirar la belleza destos sitios. Y teniendo tiempo de sobra para atender también a su familia, escribe rimas en sus ratos libres por ser de tradición arraigada a los Carnavales, e tiene premios por sus coplillas, y es amante de nuestra Semana Santa y a hombros saca a la calle a las santas imágenes de su hermandad.

Pensé yo entonces que este hombre debe estirar las horas del día o los días del mes para tanta empresa pues a mí, sólo ordenando papeles, apenas me resta tiempo para cumplir las necesidades del cuerpo y del alma. Mas la larga vida me ha enseñado que no es durmiendo como se hacen las grandes cosas y que si no se hacen éstas, no ha de llegar uno a lado alguno ni por ningún sendero de atajo ni ha de perdurar su obra. Mas aún existe gente del saber hacer; cosa que me produce gran admiración. “Aunque sean para mí todas las almas iguales – concluyó don Juan – no lo son todos los mortales, pues los hay que en teniendo se quejan y menesterosos que con poco se conforman; y mi razón me dice que el que no tiene y protesta quiere llegar a la cima sin dar un paso e no es así y San Pablo nos dio aviso: Quien no trabaje, no coma. Mas todo camino se recorre mejor con buena compaña y es la amistad como la pequeña llama de una candela, que si se sopla suave, se aviva y si se sopla fuerte, se apaga”.

Terminando estos consejos y tras grandes cumplidos, nos dirigimos a la salida y, sobre un anaquel pequeño que a la derecha se encuentra, veíase con un poco de dificultad, puesta como adorno, una pluma de un sombrero.

En Ronda y a nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.

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