speraba en el compás, haciendo círculos, la vuelta de mi sobrino e su abogado, que a sus aposentos subieron en busca de los papeles que debiera firmar yo mesmo en el ayuntamiento, cuando fuéme avisado que estaba el coche en la puerta esperando; e siendo de natural curioso, asoméme por ver cómo eran coche y cochero e asombréme de ver la tormenta que caía, pues era el agua de la lluvia tan intensa que no veíase al fondo la ciudad e pareciera que tras las lindes de la plaza acabábase el mundo. E llegaron presto los otros pues escaso tiempo había para los trámites e fuimos a subir al coche, que por ser de tan bajos asientos, diría yo que a él bajamos.
Nos acompañó la lluvia en todo el viaje e dello me dio mucho gusto por no verse del paisaje a un metro e ir el cochero a paso lento, mas llegados que fuimos a la parte más baja de la ciudad, tomó el coche una larguísima calle que subía serpenteando entre las casas hasta la parte alta, e pasando bajo los arcos del consistorio, nos apeamos a salvo del aguacero.
Entramos en tan fastuosa casa consistorial al punto e mostrónos un lacayo el camino por unas escaleras que nos llevaron a una sala con grandes ventanales, dando los cuales a la misma Plaza Mayor mas no teniendo delante vista alguna, sino como un velo gris de agua. E sentados ya a una mesa grande, leyéronse algunos de los pliegos en voz alta y sin descansos, e siendo que se me pidió conformidad con lo allí escrito y no habiendo oído ni una coma, pedí se repitiese su lectura con respiros, e fue así que hubimos de esperar otro tanto, pues no era adecuado estampar una firma bajo un texto sin espacios e vacío de contenido o con compromisos no deseados; y estando en ello, oí sonar el carillón hasta tres veces. Mas a la segunda lectura tampoco hube aclarado lo que allí se decía e fue don Marcos en su amabilidad, mas con impaciencia, a explicarme los pormenores. “Hemos de ser meticulosos – dijo – mas no hasta tal punto, pues no es menester haber entendimiento completo para avenirse, que aún siendo éstos escritos antigüos son de lenguaje de leyes e difíciles de razonar; mas si es voluntad de vuesa merced que os aclare lo ahí obscuro, a ello estoy dispuesto y en vos confío su confianza en vuestro sobrino, que no ha de engañarle, en lo que a mi razón llega. Pues no dicen estos legajos otra cosa que debe vuesa merced adir una herencia que le corresponde desde hace siglos e que no ha podido ser así por no obrar estos papeles en vuestro poder hasta ahora. Mas no siendo costumbre habitual aceptar una herencia algunos siglos más tarde, ha de servir este documento como fe de vida, e vive Dios, que de no ser porque delante os tengo y harto pesado sois, pues anoche hube de cargar con vuestro cuerpo, juraría yo sobre la Biblia que no fuese posible que aquí mesmo estuvierais sino criando malvas como es de natural”.
E sonáronme aquellas palabra tanto muy bien como muy mal, pues al llamarme pesado daba fe de mi corpulencia, mas veíase su premura por ver mi firma estampada; e pensando en algún gato que hubiese allí encerrado e siendo poco amigo de felinos y roedores, roguéle aclarase algo que sobre un título de nobleza se mencionaba; e fueron estas sus razones: “He de decir verdad, que sois agudo, pues de títulos y de nobleza se hace mención, de forma, que al aceptar la parte que os corresponde, obtenéis el marquesado que es vuestro mas también ratificáis el de vuestro sobrino, que aún siendo tomado ya por marqués, ha menester de vuestra firma para cobrar las rentas que en ello le pertenecen.”
Siendo así, pues, e habiéndome servido ambos de gran ayuda, aunque no desinteresada por lo visto hasta el momento, decidí estampar mi rúbrica en beneficio de ambos, los presentes y don Juan, a quien todo esto debo.
En Cuenca y a diecisiete de septiembre del año de dos mil e cinco.
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