uéronse doña Isabel y su mancebo e partí yo a darme un baño dejando a mi sobrino a la espera en el salón, que habría de ser él, y no otros, quien mostráseme la forma de poner aquellas prendas y a tales menesteres me ayudare. Y acabado el aseo, llaméle al punto y se entró en mi pieza e púsose a explicarme cómo debería vestirme con tales prendas.
No había muho que aprender de cómo poner cierta ropa que debajo se lleva y no son más que unos calzoncillos y unas cortas medias llamadas calcetines, e púsome luego la camisa corta e mostróme como abotonarla y era maravilla de sentir la suavidad de aquellas telas que pareciesen suaves sedas traídas de las indias. E luego aprendí a ponerme estos calzones de agora, a los que llaman pantalones por ser de gran parecido a los que usase Pantaleón otrora, e que son también de tela suave y fresca y que quedan por encima de la camisa ajustados a ella con un ceñidor al que llaman cinturón o correa – cual talabarde – que tiene una hebilla pequeña y es ésta de oro y no de alquimia u oropel. Y es el tal cinturón de piel fina curtida y jugosa y de color negro teñida y a uno de sus lados lleva una a modo de faldriquera que por fuera queda y no por dentro del pantalón, pues tiene éste a ambos lados unos bolsillos donde llevar pañuelo e dineros; y no es esta bolsita sino para llevar el estuche del móvil por habello bien a mano, mas paréceme a mí que no queda de esta guisa a buen recaudo. Mostróme luego como ceñir los puños de la camisa con sendas piezas de oro a las que llaman gemelos, tal vez por ser dos iguales para hoy, y llevan éstos unos brillantes escudos; e déstos había varios pares,
cada uno para un día y para una camisa. E fue lo más dificultoso de poner el lazo que ajusta el cuello e que es llamado corbata, que no pareciéndome muy necesario, hubiése preferido dejar aparte. Mas es ésta, prenda de distinción e no es bien visto llevar abierto el cuello de la camisa y sin tal lazo; y estas y otras razones dióme don Fernando. E quedaban por poner los calzados, que eran zapatos cortos de suave piel – cada uno para su pie – e tan jugosos eran, que aun siendo nuevos, recién puestos parecían zapatos viejos; y se ceñían éstos con unos cordoncillos alazados sobre el empeine.
Antes de ponerme la prenda que aún quedaba, quise darme repaso en la cabeza, pues parecióme andar descabellado, e también fui advertido de que es de esta guisa como habría de llevarlos. Y finalizado tal ritual y tal lición, ayudóme mi sobrino a poner la chaqueta, que no es otra cosa sino una a modo de pelliza o zamarra que la vestimenta completa. Y finalmente, púsome uno de estos relojes que llaman de pulsera e que también es dorado y de muy poco peso. E mirándome de nuevo en el espejo, parecióme ver a otro hombre como los que se ven agora y no al capitán que soy, mas tanto placióme llevar estas prendas, que luego no quería quitarlas ni para venir a la cama.
En Madrid y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.
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