29 septiembre, 2005

De cuán gustosas son las ropas modernas

uéronse doña Isabel y su mancebo e partí yo a darme un baño dejando a mi sobrino a la espera en el salón, que habría de ser él, y no otros, quien mostráseme la forma de poner aquellas prendas y a tales menesteres me ayudare. Y acabado el aseo, llaméle al punto y se entró en mi pieza e púsose a explicarme cómo debería vestirme con tales prendas.

No había muho que aprender de cómo poner cierta ropa que debajo se lleva y no son más que unos calzoncillos y unas cortas medias llamadas calcetines, e púsome luego la camisa corta e mostróme como abotonarla y era maravilla de sentir la suavidad de aquellas telas que pareciesen suaves sedas traídas de las indias. E luego aprendí a ponerme estos calzones de agora, a los que llaman pantalones por ser de gran parecido a los que usase Pantaleón otrora, e que son también de tela suave y fresca y que quedan por encima de la camisa ajustados a ella con un ceñidor al que llaman cinturón o correa – cual talabarde – que tiene una hebilla pequeña y es ésta de oro y no de alquimia u oropel. Y es el tal cinturón de piel fina curtida y jugosa y de color negro teñida y a uno de sus lados lleva una a modo de faldriquera que por fuera queda y no por dentro del pantalón, pues tiene éste a ambos lados unos bolsillos donde llevar pañuelo e dineros; y no es esta bolsita sino para llevar el estuche del móvil por habello bien a mano, mas paréceme a mí que no queda de esta guisa a buen recaudo. Mostróme luego como ceñir los puños de la camisa con sendas piezas de oro a las que llaman gemelos, tal vez por ser dos iguales para hoy, y llevan éstos unos brillantes escudos; e déstos había varios pares, cada uno para un día y para una camisa. E fue lo más dificultoso de poner el lazo que ajusta el cuello e que es llamado corbata, que no pareciéndome muy necesario, hubiése preferido dejar aparte. Mas es ésta, prenda de distinción e no es bien visto llevar abierto el cuello de la camisa y sin tal lazo; y estas y otras razones dióme don Fernando. E quedaban por poner los calzados, que eran zapatos cortos de suave piel – cada uno para su pie – e tan jugosos eran, que aun siendo nuevos, recién puestos parecían zapatos viejos; y se ceñían éstos con unos cordoncillos alazados sobre el empeine.

Antes de ponerme la prenda que aún quedaba, quise darme repaso en la cabeza, pues parecióme andar descabellado, e también fui advertido de que es de esta guisa como habría de llevarlos. Y finalizado tal ritual y tal lición, ayudóme mi sobrino a poner la chaqueta, que no es otra cosa sino una a modo de pelliza o zamarra que la vestimenta completa. Y finalmente, púsome uno de estos relojes que llaman de pulsera e que también es dorado y de muy poco peso. E mirándome de nuevo en el espejo, parecióme ver a otro hombre como los que se ven agora y no al capitán que soy, mas tanto placióme llevar estas prendas, que luego no quería quitarlas ni para venir a la cama.

En Madrid y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.

De las modas de las que habría de hacer uso

n este día jueves, antes del postrero de septiembre, hicíeronse ya algunos preparativos que para el viaje a León serían menester, e nos acompañó para tal empresa la mujer de don Marcos, que es también grande amiga de nuestro familiar y en ayudarnos ofrecióse al punto con uno de los mancebos que para ella trabaja. Y es esta señora, doña Isabel, mujer de grandes conocimientos en tejidos, corte y ropas modernas e tiene su taller en cuartel cercano al nuestro. Vinieron pues con algunos bultos de ropa que a mi talla se ajustasen por ser de esta guisa como debiera hacer yo el viaje, que no eran mis ropas, a su entender, las más apropiadas para no ser distinguido entre hombre alguno; mas siendo yo de mío no muy dado a cambiar de indumentaria, puse peros al asunto, que no neguéme.

Sacaron allí las prendas e hiciéronme desnudar, y en ello no puse reparos pues no soy hombre de esconder lo que con buenos ojos se puede ver de mí; que desto no me falta. E fue el mancebo a tomarme medidas de pies a cabeza diciendo en alta voz cada detalle de mi cuerpo e doña Isabel tomaba nota déllo, y terminadas las medidas, hubieron acuerdo sobre las prendas que mejor se me ajustaban. Pusieron sobre unos asientos algunas déllas, e viendo sus formas y sus colores, dejó de parecerme tan buena idea andar con disfraces, mas tampoco hice manifestación de aqueso si ello sirviere para llevar a buen fin la ya tan grande y larga empresa, que una vez terminado todo, habría de volver a ser, como era, el mesmo de siempre. Mas preparando ya las nuevas ropas, oíles hablar algo sobre el corte de mi pelo y ciertos afeites, y ello complacióme, que había menester de algunos dellos. E fue así cómo pidióseme me sentase en una silla frente a un espejo y púsome el mancebo un paño en derredor de mi cuello y cubriendo el cuerpo desnudo e comenzó la tarea, mas viendo yo que cortaba por donde no parecióme gustoso, levanté mi mano e le hice señas de parar. E fue entonces don Fernando quien hubo de intervenir. “Capitán – dijo en gesto amable -, que no habéis de dejar de serlo por llevar el cabello al corte moderno por algún tiempo o cambiar de ropas unos días, sino que conseguido lo propuesto, aún más capitán seréis y marqués por añadidura tal como os corresponde; e bien vale hacer lo que no es de nuestro agrado unos días que seguir desagradado el resto. Y en lo que a mi razón alcanza, larga vida os ha de quedar a lo visto y habréis de disfrutar délla como bien os es merecido tras tan larga espera. Dejad pues a los que destos menesteres saben más que vos y yo juntos que hagan lo que fuere menester mas no penséis questas modas no se ajustan a su talle, sino que, en pasando todo, ha de volver a creceros el pelo y el mostacho tal cual lo usáis; e vuestras ropas quedarán a buen recaudo; y doy fe déllo”.

E siendo así, pues don Fernando lo aseguraba y razonaba, miréme al espejo e acepté tal reto, pues hasta para estos menesteres no hay hombre que a alcanzarme llegue.

En Madrid y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.


De las desavenencias con don Marcos por los malos entendidos

o eran aún las ocho hoy de mañana cuando vino don Fernando a sacarme de mis sueños, que bien placenteros eran pues veíame en ellos en Sevilla, y dióme noticia de que estos villanos habíanle comunicado que los documentos entregados eran falsos e que bien podríamos quemarlos y aprovechar el tiempo en otros menesteres, no habiendo posible acuerdo en devolver nuestra hacienda por no parecerles de razón que pudiese yo estar vivo. Y aún medio en sueños, parecióme oírle referir con grande disgusto y entre dientes. “Videamus ergo si sermones illius veri sunt”. (*)

Puso en aviso a don Marcos, que vive a la sazón a escasos metros desta casa, e hízole venir presto a buscar algún contrato, y estuvo presente al punto y entre los papeles buscó uno con cuidado e púsose a examinarlo. Mas viendo y diciendo que no pareciera copia falsa sino documento auténtico, salió otra vez por la puerta a buscar otras artes que para estos menesteres tiene, volviendo en poco con otro estuche envuelto como en una bragueta. Y colocando esta arte sobre el papel, iluminóse ésta en color de violeta e fue pasando aquella luz por todo pliego e miraba con atención y exclamó al cabo: “O son éstos tontos o hemos de parecérselo nosotros, que no han otra intención, según parece, que la de dejarnos sin la pruebas que nos son de más utilidad; pues es este contrato tan real como lo soy yo mesmo; y en confundirnos se empeñan”. E diciendo esto, quedóse mirándome quedo e con asombro, e vine a darme cuenta de que al salir de la cama no me hube puesto los calzones. Mas al ver sus intenciones de hacer comentarios de mi pazca indumentaria, salí al punto corriendo hacia el dormitorio; e a lo lejos oí sus risas y empezó este don Marcos a serme de disgusto por hacerme mofa, que de no ser porque don Juan pidiérame confianza en él, tomáralo yo por mala pécora. Mas pensando al punto que es abogado, no había por qué ser extraño tal comportamiento.

Vestido en un brete, volví a la sala por oír lo que entre ellos hablaban, e viendo don Fernando mi disgusto, medió entre nosotros; y a fe que bien lo hizo, pues al poco don Marcos pidióme disculpas e cambió su tono. “Como son muchos los pícaros que a tratar estoy acostumbrado, hame cambiado el talante, mas debe saber vuesa merced que no son estas cosas mías de tomar en serio e que no sois vos el motivo de mis risas, sino mi ignorancia, pues no alcanzo a razonar que persona alguna pueda vivir tanto tiempo y se mantenga, además, tan fiel a sus usos; y no es esto motivo de mofa sino de admirar e cuando veáis mis risas imprudentes permiso os doy para reíros de mí; y en todo este entuerto he de ayudaros sin lugar a dudas e mostraros humildemente lo que no sepáis, tal cual he hecho hasta ahora y con la ayuda vuestro sobrino y la que tenga a bien otorgarnos Dios Nuestro Señor, amén”.

E no hube respuesta para tales halagos.

(*) Nota Bene: Del latín, a saber: “Examinemos ahora si sus palabras son verdaderas”.

En Madrid y a veinte y nueve del año de dos mil e cinco.

28 septiembre, 2005

De la espera en Madrid los primeros días

eme dedicado desde la llegada a Madrid a la lectura minuciosa de algunos de los documentos devueltos por Pérez del Olmo pues, como bien pareció a don Fernando mi sobrino, más valdría restar en casa discretamente que no ir dando el cante por toda la ciudad, que no era de razón atraer hasta este domicilio a los follones ni ser la comidilla de pícaros que pudiere venderse para nuestra traición. Mas muy larga paréceme ya la espera e no soy capitán de andarse por retaguardias sino de hacerlo por el frente.

Viendo a don Marcos en la casa sentado a una mesa y poniendo orden, y reflejándose su desesperación en lo revuelto de sus pelos, acerquéme a él por ver si pudiera serle de utilidad, mas no parecióme adecuada su respuesta ni su mirada. “He de suponer – dijo con gesto grave – que no ha sido vuesa merced quien hase puesto a ordenar estos papeles, pues si el tiempo los había revuelto, alguien acabó la faena y es ahora bien dificultoso encontrar y atar los cabos. Por ventura, tenemos tiempo suficiente para indagar en ellos, e no es menester ahora haber premura en reordenar estos fideos, pues siendo de otra forma, asiría por el cuello al inútil que en ellos puso sus manos aunque lo hiciere de buena fe”. E siendo así que vime en el apuro de ser el artífice de tal desorden, vine a decille que hubiera yo puesto mi mano entrellos de saber que alguno quisiere tocallos e que los hube a buen recaudo desde que me los entregara don Juan; e así lo hube manifestado, dí la vuelta e fuíme a ver la multitud de libros que en los estantes de la sala cubrían una pared entera.

No eran estos libros muy grandes ni muy pesados y en su interior no encontré páginas escritas, sino un a modo de disco de oro brillante e con reflejos de los colores del iris, e acercóse don Marcos a decirme que no eran aquellos libros de lectura, sino aquesto que llaman deuvedés – ¿o deuvedéres? – e sonóme el nombre a cosa mágica de Deo vides o ver a Dios, mas no es aqueso, pues poniendo el disco en el interior de un cofrecillo de plata encendióse una gran ventana luminosa, e vive Dios que era maravilla de ver por ella tales cosas allí contenidas e de tantos continentes; y en ello resté en cómodo asiento todo el día hasta bien entrada la noche.

En Madrid y a veinte y ocho de septiembre del año de dos mil e cinco.

26 septiembre, 2005

De la visita a una casa e las señas que allí nos dieron

artimos antes de caer la noche por las otras callejas que a las espaldas de las casas colgadas quedan; mas no sé bien si son éstas las espaldas, pues siendo más altas y más grandes por el lado que al tajo da, han su entrada por aqueste lado. E viendo como mi calzado pesaba cada vez más e bien dificultoso se me hacía el andar, eché de ver que el aserrín por los suelos esparcido íbase viniendo conmigo pegado a las suelas, e pensé que de haber necesidad de correr por adelantarse un día la suelta de las vaquillas, no fuérame posible dar paso tras otro.

Desta forma, busqué alguna varilla que por allí hubiere para dejar los restos de madera donde deberían estar, e fue así, que salió una señora del portal más cercano, e viéndome en tales menesteres, acercóse hasta nosotros e ofreció su casa para mejor solucionar aquel entuerto. Era aquesta casa asaz curiosa, pues había un tramo de escaleras que a la planta alta llevaban e otro que hacia abajo, como a un sótano, mas preguntada la mujer por ello, ofrecióse a mostrarnos algo aún más curioso. ¡E vive Dios que lo era! pues, si hacia arriba no había más de veinte escalones, hacia abajo eran hasta seis veces, llegando hasta el ciento y veinte. E queriendo en su amabilidad mostrarnos la bella vista que desde sus balconadas podía observarse hacia el río Huécar, vine yo a decir que más me apeteciera sentarme una pieza en un catrecillo; e así lo hice por no volver a sentir los vértigos, que prefería llevarme un buen recuerdo de la ciudad que no hube conocido en tiempos e de la casa, que ver paisajes con las tripas retorcidas donde hubiese balcones.

Subimos otra vez esas seis plantas e abrió la señora la puerta que a la calle daba y apresuréme a pisar el aserrín por saber que colgando de las piedras no estaba; mas restaron ellos otro rato hablando, partiendo más tarde la señora hacia la parte alta e nosotros hacia la baja, e díjome don Marcos dándome como un espaldarazo: “Dígame vuesa merced cómo es bien cierto que el mundo no es más grande que un pañuelo, pues es esta señora cuidadora desta casa, que no su dueña, y no es su vecino un extraño, sino el caballero que ha por huésped en su casa al mismísimo Pérez del Olmo e nos ha dado señas de cómo hallarle en León, pues no ha de estar éste en aquella ciudad hasta pasada una semana. E siendo así, no habremos priesa por llegar, e podremos en Madrid tramitar algunas otras cosas antes del nuevo encuentro. Estáis de suerte, pues; la ventura viaja con vuesa merced, pues ha poco que ha llegado y en poco hemos de partir y, terminados los asuntos de papeles, seréis de vuelta a Ronda con todos ellos y alguna otra cosa que habrá menester llevar”.

Dando la vuelta a una retorcida esquina, pararon un coche que por ella venía y en él fuimos de vuelta al parador subiendo antes una parte y bajando luego, para tomar el camino del viejo convento, donde cenaríamos y dormiríamos hasta salir de viaje a Madrid por la mañana.

En Cuenca y a dieciocho de septiembre del año de dos mil e cinco.

24 septiembre, 2005

De una conversación con don Juan desde la Plaza de Ronda

ando un paseo vespertino este mismo sábado por las antigüas calles de Cuenca, dimos, tras recorrer varias calles, a la plaza que llaman de Ronda, donde encuéntrase a la sazón una tienda de nombre Romero e un museo de estas modernas artes que a mi razón no alcanzan; e pocas más casas en ella hay, pues son las otras dos lindes fronteras sendos miradores hacia la Hoz del Huécar, dejando ver pasar por debajo, e muy cerca, alguna otra calle, mas no asomándose a precipicio alguno y dejando ver a lo lejos aún más casas de estas que llaman colgadas.

Dejando pasar algo de tiempo embelesados en vistas y paseos antes de partir hacia León y en busca del vil Pérez del Olmo, a quien aun no di pago a su comportamiento, hube la sensación de escuchar de nuevo otro a modo de carillón, mas no lo era, sino que tratábase de una de estas músicas estridentes que hacen estos pequeños estuches con números a los que llaman móviles o teléfonos, aunque poco echo en ver, que siendo móviles, se muevan por sí solos, sino que úsanlos las gentes para hablar con los que están lejanos, e llevándose el susodicho estuche a la oreja y hablando al viento, más paréceme ver a hombres e mujeres con gran dolor de la oreja e sujetándosela como cercenada por la espada de Pedro e quejándose a voces, que haciendo esto no mucho tiempo atrás, fuesen tomados por locos e internados en sanatorios. Mas hube ve de ver lo útil que resultar pueden en algunos casos, pues fue don Fernando quien usólo, e mostróse como hablando con grande personaje mientras miraba el nombre de la tal plaza e sonreía e veíase gustoso e me miraba luego. Y después de algunas pláticas con el viento, hizo ademán de que yo lo usase; mas di, con recelo y con asombro, paso atrás. E insistiéndome en ello, díjome que era el lejano don Juan, que hablar conmigo e con urgencia quería. E dióme instrucciones de cómo hacello.

Tembláronme las manos e las piernas al pegar el estuche a la mi oreja e oír con claridad de día la voz de su Ilustrísima, e apenas supe hacer manifestación ninguna e casi todas se las oía a él como si por medio de cerradura me hablase, pues tal parecióme el tono de su voz. E preguntóme primero por el viaje e por los acontecimientos sucedidos, de tal forma, que no hube de responder cosa alguna e no tenían mis respuestas más que dos letras, como sí y no. E siendo así que notóme un tanto asustado e como ijadeando, hízome advertencia de que tan sólo oyese la su voz e que no había menester ni fuere conveniente que yo hablase, sino que le oyese; e aquesto hice.

Sepa vuesa merced, señor capitán e querido sobrino, que habéis buena compaña e que no son don Fernando y el que os hace el tercio sino gentilhombres de confianza en los cuales podéis e debéis haber fe ciega, pues partió déllos la idea de recuperar lo que ya pareciera perdido e cómo hacello, e han nuevas artes para tal empresa, que ni vos ni yo conocemos e que no yerran, e siendo désta manera, nos han de ser de grande utilidad aunque de aquesto saquen su propia partida. Haced por tanto las cosas que os aconsejen sin temor alguno, pues a fe, que en poco todo será consumado”. E despidióse con bellas palabras e hícele reverencias, mas sin acertar a abrir la boca. Pidióme después entregase el móvil a mi sobrino, e aquesto hice e otras parlas tuvieron hasta que lo guardó en su bolsillo.

E con esta confianza que me hubo dado, sentíme con el amparo lejano de don Juan, que de no ser porque su voz, su acento andaluz e su risa me eran inconfundibles, hubiese desconfiado de haber hablado cierta e mismamente con él.

En Cuenca y a dieciocho de septiembre del año de dos mil e cinco.

22 septiembre, 2005

De un cierto parecido que entre Cuenca y Ronda hay

bandonada la casa consistorial por el tercio e habiendo amainado la tormenta, propuse dar un paseo bajando por las calles por las que hubimos subido en coche, mas sería menester andar con cuidado, pues de la lluvia caída, veíanse estas calles como ríos más que como paso de carruajes, e siendo el acerado tan estrecho, anduvimos uno tras otro quedando yo entre medio.

Al doblar la primera esquina que a pocos metros se halla, topamos con un sacerdote que subiendo la cuesta venía calado en agua y en sudores y eché de ver cómo llevaba sotana hasta los suelos, como fuese en otros tiempos, e cómo ésta arrastraba por el peso del mucho barro que por los bajos llevaba adherido. E viendo mi sobrino el marqués mi sorpresa e cómo me apeaba al carril anegado por dejarle paso franco, quísome manifestar éste una curiosa historia que los conquenses aún refieran.

Aconteció una vez – dijo don Fernando comenzando en risas – que en esta ciudad vino a dar con sus huesos un cura provinciano e joven e de buen ver, mas siendo otrora de familia acomodada e mujeriego e aun habiendo examinado para ejercer al servicio de Dios, parecían no habérsele olvidado los usos de los seglares en cuanto al celibato se entiende, pues es débil la carne y fuerte el pecado del mismo nombre. E tanto guardó sus votos como sus intenciones al pueblo, pues vino a conocer a una buena moza los cuyos atributos eran bien visibles e bien apetecibles de catar e con ella emparejose a escondidas. Mas siendo Dios el Justo, a veces lo tomamos por injusto por ser acaso nuestra ventura justo la que no deseamos; e pienso yo que cada uno vendimia las uvas que siembra y ha de ser palo que sostenga su propia vela. E fue así como un día viose el tal cura en situación tan embarazosa como la de su amante, pues dejóla preñada, e quiso ésta salvar sus virtudes a costa de las del cura; mas viendo venir éste su futuro tan incierto e no apeteciéndole en medida alguna conocer su escándalo de boca en boca, decidió escribir carta completa, tal vez al obispo y al juez, confesando su pecado, e acabar pronto su vida. Y es en esto, y no sólo en la figura de las piedras e las casas, donde han Ronda y Cuenca asaz parecido, pues son sus gentes muy dadas a cercenar sus vidas arrojándose desde las alturas. Encaminose pues el cura al puente de San pablo e a la parte más alta déste, que sobre el Huécar pasa; dejó la carta en lugar visible de la insegura barandilla de hierro e sin otros pensamientos, arrojóse desde lo alto a la corriente. Mas no acompañáronle ni la suerte ni la muerte, pues al comenzar la tan larga caída, llenóse su sotana de aire, e de esta guisa cayó con lentitud hasta las copas de los árboles que el río flanquean, e llegando a ellas e siendo parado aún más por las ramas e las hojas, tocó en el suelo partiéndose un brazo e quedando de moratones lleno e con grandes dolores en todo el cuerpo. E así fue cómo viose vivo tras el vuelo e cómo muerto si era encontrada la carta; e con el brazo roto e los intensos dolores, hubo de subir por los riscos a toda priesa por llegar al puente antes que cualquier curioso que la carta abriese. Mas tampoco hubo fortuna en ello; e imaginar puede vuesa merced los acontecimientos que siguieron e son éstos los que aún circulan por las calles.

En Cuenca y a diecisiete de septiembre del año de dos mil e cinco.

21 septiembre, 2005

De cuán larga fue la lectura y la firma del documento

speraba en el compás, haciendo círculos, la vuelta de mi sobrino e su abogado, que a sus aposentos subieron en busca de los papeles que debiera firmar yo mesmo en el ayuntamiento, cuando fuéme avisado que estaba el coche en la puerta esperando; e siendo de natural curioso, asoméme por ver cómo eran coche y cochero e asombréme de ver la tormenta que caía, pues era el agua de la lluvia tan intensa que no veíase al fondo la ciudad e pareciera que tras las lindes de la plaza acabábase el mundo. E llegaron presto los otros pues escaso tiempo había para los trámites e fuimos a subir al coche, que por ser de tan bajos asientos, diría yo que a él bajamos.

Nos acompañó la lluvia en todo el viaje e dello me dio mucho gusto por no verse del paisaje a un metro e ir el cochero a paso lento, mas llegados que fuimos a la parte más baja de la ciudad, tomó el coche una larguísima calle que subía serpenteando entre las casas hasta la parte alta, e pasando bajo los arcos del consistorio, nos apeamos a salvo del aguacero.

Entramos en tan fastuosa casa consistorial al punto e mostrónos un lacayo el camino por unas escaleras que nos llevaron a una sala con grandes ventanales, dando los cuales a la misma Plaza Mayor mas no teniendo delante vista alguna, sino como un velo gris de agua. E sentados ya a una mesa grande, leyéronse algunos de los pliegos en voz alta y sin descansos, e siendo que se me pidió conformidad con lo allí escrito y no habiendo oído ni una coma, pedí se repitiese su lectura con respiros, e fue así que hubimos de esperar otro tanto, pues no era adecuado estampar una firma bajo un texto sin espacios e vacío de contenido o con compromisos no deseados; y estando en ello, oí sonar el carillón hasta tres veces. Mas a la segunda lectura tampoco hube aclarado lo que allí se decía e fue don Marcos en su amabilidad, mas con impaciencia, a explicarme los pormenores. “Hemos de ser meticulosos – dijo – mas no hasta tal punto, pues no es menester haber entendimiento completo para avenirse, que aún siendo éstos escritos antigüos son de lenguaje de leyes e difíciles de razonar; mas si es voluntad de vuesa merced que os aclare lo ahí obscuro, a ello estoy dispuesto y en vos confío su confianza en vuestro sobrino, que no ha de engañarle, en lo que a mi razón llega. Pues no dicen estos legajos otra cosa que debe vuesa merced adir una herencia que le corresponde desde hace siglos e que no ha podido ser así por no obrar estos papeles en vuestro poder hasta ahora. Mas no siendo costumbre habitual aceptar una herencia algunos siglos más tarde, ha de servir este documento como fe de vida, e vive Dios, que de no ser porque delante os tengo y harto pesado sois, pues anoche hube de cargar con vuestro cuerpo, juraría yo sobre la Biblia que no fuese posible que aquí mesmo estuvierais sino criando malvas como es de natural”.

E sonáronme aquellas palabra tanto muy bien como muy mal, pues al llamarme pesado daba fe de mi corpulencia, mas veíase su premura por ver mi firma estampada; e pensando en algún gato que hubiese allí encerrado e siendo poco amigo de felinos y roedores, roguéle aclarase algo que sobre un título de nobleza se mencionaba; e fueron estas sus razones: “He de decir verdad, que sois agudo, pues de títulos y de nobleza se hace mención, de forma, que al aceptar la parte que os corresponde, obtenéis el marquesado que es vuestro mas también ratificáis el de vuestro sobrino, que aún siendo tomado ya por marqués, ha menester de vuestra firma para cobrar las rentas que en ello le pertenecen.”

Siendo así, pues, e habiéndome servido ambos de gran ayuda, aunque no desinteresada por lo visto hasta el momento, decidí estampar mi rúbrica en beneficio de ambos, los presentes y don Juan, a quien todo esto debo.

En Cuenca y a diecisiete de septiembre del año de dos mil e cinco.

De los descubrimientos que se hicieron el sábado

inieron mis acompañantes a darme aviso al amanecer, pues partirían de nuevo a la ciudad para aclarar ciertas dudas que hubieron al ver los documentos que nos fueron entregados, e con el solo pensamiento de verles cruzar el puente, encogiéronse mis tripas.

Parecían faltar entre los papeles algunos de máximo interés e sin los cuales no sería posible recuperar la hacienda e privilegios robados y que obraban muchos en manos de Vargas, e ciertas sospechas sobre lo acaescido la tarde anterior les llevaba a aclarar algunos puntos, mas sabiendo mi dificultad para recorrer ese camino e no siendo imprescindible mi presencia, aconsejáronme quedar en el parador.

E fue así como volvieron a la taberna de la Plaza Mayor y, al entrar de la luz a la penumbra, parecióles que el tabernero hacía intento de salir a hurtadillas por el postigo trasero, mas diéronle alcance antes de pisar la calle. E viéndose este hombre flanqueado por ambos y agarrado por el cuello, cantó algunas verdades.

Descubriose que el tal tabernero hubo recibido a cuenta cierta cantidad de dinero por debilitar nuestras fuerzas a base de licor de resoli e hacernos volver hacia el puente más tarde de la cuenta, permitiéndoles esto recuperar lo entregado y quitar los obstáculos que le presentábamos arrojándonos al vacío. Mas no fue tal el desenlace de lo tramado e partió Pérez del Olmo hacia León bien temprano con los documentos que faltaban.

Volvieron don Fernando y don Marcos al parador a medio día e dióme este último algunas razones que no pude entender con claridad, pues habiendo yo en tiempos empezado a estudiar Derecho acabé torciéndome e dedíqueme a otros menesteres; y esta jerga de licenciados me suena a vascuence. Advertí sin embargo la necesidad que habría de volver personalmente a la ciudad para estampar mi rúbrica en unos registros e, cuando veo dos malos caminos con un mismo destino, elijo de entre ellos el no muy muy o el menos tan tan; e hice observación sobre esto, pues estaba dispuesto a volver, mas haciéndolo en coche e por el camino que baja del parador y sube luego hasta el ayuntamiento. E siendo sábado, era menester hacer esto de mañana o esperar al lunes.

En Cuenca y a diecisiete de septiembre del año de dos mil e cinco.

20 septiembre, 2005

De las dificultades del retorno al Convento de San Pablo

alió el tabernero de su escondite con intenciones de llamar a la guardia, mas convenciole don Marcos mostrándole un documento que llevaba en una a modo de cartera de piel, de tal forma, que hízole reverencias e nos invitó a las copas tomadas y a otras más; pues era este tal don Marcos de Ruiz un gran abogado y evitó así otros escándalos. Y salieron antes Pérez del Olmo y su acompañante en silencio y con pasos largos e fue de nuevo llenándose la taberna e más tarde, en poco tiempo, salimos a la plaza.

Olvidóseme esta vez la mala miga que hago con los destilados y hubiese jurado que no era la tal plaza la que tan inclinada estaba, sino yo mesmo e roguéle a don Marcos con un gesto llevase el pesado bulto de papeles. Mas por no seguir dando problemas a mis amables acompañantes, aspiré hondo aire puro y comencé a caminar decidido para tomar el camino de vuelta. E iba andando con gran dificultad hacia la parte baja de la plaza, pues preparando las fiestas de San Mateo que el domingo se celebran, echaban unos hombres aserrín por todas las calles preparándolas así para soltar por ellas unas vaquillas; y muchas de las callejuelas estaban atrancadas con grandes maderos y así tuvimos que volver a la Cuesta del Obispo, ahora hacia abajo, entre comentarios, mas yo oíalos y asentía con la cabeza y callaba, que no era de razón intentar razonar con tanto resoli pegado a la lengua.

E cuando advertí que llegábamos al pasaje que bajo las casas cruza hacia el puente de San Pablo y ví al fondo parte del abismo ya casi en penumbra, púsoseme el ombligo en la espalda y di con los tobillos en las piedras del suelo y voló el sombrero con una ráfaga de viento inexistente; y poco a poco fui oyendo las campanas de un carillón desvanecerse en la lejanía y nublóseme la vista, e al abrir los ojos en la cama estaba. E siendo según el reloj la hora de la cena y estando necesitado de alimento, me incorporé decidido a prepararme para bajar al claustro, mas no recordé que la cama del parador estaba cubierta por dosel y era alta a la vieja usanza y, al estar casi a oscuras, fue difícil la empresa de bajarme della, mas estuve pronto en el patio esperando la entrada al refectorio y acompañado por mi sobrino y don Marcos.

Sois valiente caballero – espetó don Fernando -, y de no ser por su espada, no estaríamos aquí a estas horas y a punto de yantar”. Agradecí el cumplido repetidas veces y, al cabo, acercóse un sirviente que parecióme importante y haciéndome reverencia me preguntó si me encontraba mejor; e también agradecí el cumplido y finalmente comentó: “Merced a que traía su espada toledana y a su buena compaña que supo usarla, salieron corriendo los follones que por el puente vinieron acechando cuando le traían; e fueron apresados por la guardia, e impidió Dios que cayeseis vos sin sentido al vacío durante la lucha. Mas ha de saber vuesa merced, que estando en esta casa, está a buen recaudo”.

Y no queriendo saber ni pensar ni ver las miradas ni conocer lo que hubo sucedido sobre el puente a la vuelta, pasamos a tomar la cena.

En Cuenca y a dieciséis de septiembre del año de dos mil e cinco.

Del encuentro con Pérez del Olmo y otras cosas que acaescieron

uiso el destino que llegara al susodicho del puente manteniéndome erguido, que no muy cuerdo y casi inconsciente, mas siendo mi sobrino don Fernando reconocido doctor en Madrid, puso inmediato remedio a mi inminente desmayo mientras me sostenía nuestro acompañante e no veía más que gente en derredor mirando la color de mi cara y el temblar de mis piernas. Mas todo pasó por ventura, que habiendo cosas que parecen durar un siglo pasan luego en un segundo.

E al otro lado del puente veíanse las altas rocas con las casas colgando en éstas sobre el abismo y se abría un pasaje bajo ellas que daba a una bella encrucijada de estrechas callejuelas; unas hacia arriba y otras hacia abajo. E las casas que del otro lado parecían tener gran altura como torres, levantaban una planta.

Tomando la cuesta que llaman Calle del Obispo e con grande esfuerzo en subilla, llegamos a la Plaza Mayor donde se encuentran la catedral y el ayuntamiento, que sobre grandes arcos se sustenta, e hay también algunas tabernas y en una de ellas entramos los tres. Nos esperaba allí un hombre alto y fuerte, de pelo cano, mentón prominente y pobladas cejas. De gesto grave, era este hombre amable a primera vista, mas no tanto a la segunda, e fuimos presentados e le cambió el semblante al conocerme, pues colijo que supo la razón que allí me llevaba e viose acorralado u ofendido e mirábame con malos ojos desde entonces. Tomamos una copa del licor al que llaman resoli mientras don Fernando ponía sobre el mostrador un libro que, según decía, contenía ciertas pruebas llamadas de adeene que confirmaban la pertenencia ilícita de ciertos bienes que a mi familia pertenecían; e pidióle al punto le entregase los documentos que obraban en su poder mientras don Marcos le rodeaba hasta ponerse a sus espaldas.

Sonrió amistosamente el señor del Olmo y, llamando al tabernero, rogóle nos sirviera otra copa de resoli mientras ponía sobre la tabla un atico un tanto abultado que le entregara su acompañante, mas al punto de ser servidos, dio un gran golpe sobre el madero, cambió el gesto y la mirada y gritó a don Fernando: “¡Tomad esto! ¡Sin vergüenza!”. E parecióme que las dos últimas palabras sonaron como una sola e así debió parecerles a don Fernando y a don Marcos, pues sacaron el pecho. Y con grande asombro vi que del Olmo se llevaba la mano sobre su camisa y bajo el sobaco, mas antes de acabar tal movimiento, tenía mi sobrino en su mano una arma pequeña que a la sazón llevara oculta. E viendo tales movimientos inhóspitos, eché mano de mi blanca e hícela aparecer sibilando bajo el cuello del vil hombre y por encima de su nuez, que bastante resaltaba, e grité entre miradas confusas: “No vengo sólo a llevarme lo que es mío, sino a traer lo que merecéis. ¡Entregad al punto cuanto os es ajeno o será vuestra cabeza la ajena a vuestro cuerpo y aquí mesmo!” Algunos de los presentes en la taberna salieron a pares por las puertas, mas otros reían, tal vez, por ver como era desarmado un villano que no merecía vivir en semejante ciudad. E fue tan grande el espanto, que en poco restamos solos y el tabernero asomaba algo su brillante calva por debajo de una mesa.

En Cuenca y a dieciséis de septiembre del año de dos mil e cinco.

Del viaje vertiginoso a Cuenca

entí al despertar e abrir los ojos cómo la cabeza parecíame flotar en el aire e incorporándome a un lado de la cama no me daba vueltas sobre los hombros sino que era la habitación la que se movía. Y no eran estos vértigos como los que anudan las tripas y las suben a la garganta por estar en lugar de altura, sino como estos otros que llegan por la mañana cuando se fue uno de la mano del vino por la noche. E siéndome imposible estar sobre los pies y erecto, caí de espaldas a la cama y parecióme la lámpara botafumeiro. De esta guisa hube de esperar a que llamasen a la puerta e pareciéronme los golpes como los dados a un tambor, mas no era otro el tambor que mi propia cabeza.

No hube de esperar luego mucho tiempo a que apareciese don Juan e se acercase con sigilo e mirase quedo mis ojos; e mientras me trajeron un caldo que hubo pedido a la servidumbre, refirióme algunas novedades que no hube de poner en pie hasta que puse mi cuerpo desta forma.

Llegole aviso de Madrid, del mismísimo señor don Fernando de Vázquez y González Cabeza de Vaca, marqués de Serrano e sobrino mío, que tenía a la sazón importantes y buenas nuevas que me ayudaran más tarde a resolver los entuertos que tenían mi cabeza rota - por ser tal rompecabezas -. E ofrecíame mi sobrino estancia en la Villa y Corte por aportar ciertos datos e acompañarme en la visita a Cuenca, mas era la segunda parte del mensaje menos buena y menos nueva por tener que llegar cuanto antes al estar Pérez del Olmo pronto a partir hacia León. E fue pasando el vértigo, mas no del todo, e de esta guisa hube de emprender viaje a Sevilla con premura, e hube de perder el conocimiento – pues no recuerdo aquel tránsito - por no haber aprendido a conocer los remedios que para los mareos hay.

E llegados a Sevilla, ayudáronme a dar los pasos para entrar en la llamada Estación de Santa Justa donde habría de partir en esa tortura que vuela cual ave hasta Madrid. E sumados unos vértigos tras otros llegué volando al encuentro con mi sobrino.

Descansando ya en asiento inmóvil, dióme don Fernando los pormenores e pareciéronme muy importantes, pues sin apenas esfuerzo, podría recuperar lo que a don Juan pertenecía por un lado e a mí mesmo por el otro. E fizo me sirvieran buen almuerzo castellano, que hacía tiempo que no lo cataba; e repúseme con las alubias, el chorizo, el tocino, el pan y un poco de vino. Mas tras un corto descanso, partimos hacia Cuenca en coche con un tal señor don Marcos de Ruiz e Pareja e volvieron los vértigos con la velocidad; y dicen algunos que tocino y velocidad no han mucho que ver entrellos.

Caía la tarde cuando puse los pies en el suelo firme frente a la puerta principal del Convento de San Pablo, ahora parador de hospedaje e otrora convento de los Paúles, que se encuentra al otro lado de la ciudad e separado desta por la que llaman la Hoz del Huécar. Y es maravilla de ver el parecido de las casas colgadas sobre las altas piedras con aquellas que se asoman al Tajo de Ronda e cómo la luz de la tarde cae tras de ellas y se dibuja en el cielo una sombra obscura, esbelta e majestuosa como no se ve en ningún otro lugar.

Aligerados de equipaje en el parador, partimos hacia la ciudad casi al anochecer; mas esta vez lo hicimos andando, cosa en la que hube primeramente mucho gusto y luego no tanto, pues para llegar al otro lado del tajo del Huécar, vime al punto en la boca de un estrecho puente de hierro al que llaman Puente de San Pablo y que tiene el suelo de tablas sueltas e cruza por los aires a ciento y cuarenta y cuatro pies sobre el río e con el paso se mece e las piernas tiemblan e llega el vértigo de las alturas e se atan las tripas al cuello durante los cien metros que por él se cruzan. E hube de pasarlo entrambos, don Fernando y don Marcos, por no ver hacia los lados.

Mas no acaba aquí esta aventura, pues ya a mitad del recorrido, por los aires, vínome a la cabeza que si había que cruzar el puente a un lado, sería menester luego descruzarlo.

En Cuenca y a dieciseis de septiembre del año de dos mil e cinco

09 septiembre, 2005

De la amistad y del buen alimento

ino don Juan a visitarme a mis aposentos por preocuparle mis pocos paseos, que tan absorto andaba yo entre aquellos papeles que apenas hablábamos e apenas salía y siendo Ronda ciudad de no quedarse en casa por haber mucho y muy bello que ver, propúsome salir al medio día porque me diese el aire fresco de la Serranía y un poco de sol, que es salud. Y en acabando de ordenar lo que entre manos tenía y cerrando la ventana por evitar que viniese el viento y deshiciera lo ya hecho, bajé a la sala a buscarle e diome a beber una copa de exquisito vino de la tierra antes de comenzar nuestro paseo.

Corrían los vientos de poniente y frescos, evitando así que los efluvios del Tajo atravesasen la ciudad, y olía el aire a campo fresco, pues ya se acaba el verano más caluroso y tiempla, aunque el sol sigue siendo fuerte. E así dimos un pequeño rodeo por ver otras calles mientras charlábamos hasta volver a la de Armiñán para encaminarnos hacia el Puente Nuevo y pasar al otro lado, donde dijo me guardaba una sorpresa. Y sí que lo era, pues al pasar la Plaza de España y antes de llegar a la Plaza de Toros, se detuvo ante la puerta de una casa de comidas que por nombre tiene Restaurante Flores, por pertenecer a la familia de este apellido y ser sitio este el de más solera y antigüedad y tradición y como no hay otro en Ronda. Y llevóme allí por su amistad con los hermanos y dueños del comedor, que fuese antes taberna de las que aquí llaman tascas, regentada antes por su padre, don Jesús Flores, e que fue casa fundada en 1919 y es llamada “El Decano de Ronda”. Y son estos amigos don Rafael y don Manuel Flores y Domínguez los que llevan ahora la tal empresa y otras muchas cosas por estar ya su padre jubilado. Y cruzando el umbral al fresco interior, salieron ambos a recibirnos con grande regocijo e cumplimiento.

Habéis de saber, mis amigos, – díjoles don Juan con entusiasmo – que es aqueste el capitán del que os hablé, que aún siendo mi sobrino no es hijo de mi hermano y aparentando los treintaitantos os saca siglos a vosotros e a mí mesmo y estando como huésped en mi casa está en la suya y yo en la de él, y que siendo capitán no pertenece a ejército alguno de los de ahora e no siendo abogado ha de resolverme unos pleitos... E no os digo más, que algunas veces he de contenerme en el hablar así, pues me pasa como ahora, que ni yo mesmo me entiendo”.

Mas no sabía don Juan que ya estuve yo en aquesta casa antaño a beber unos vinos e que fice grande amistad con don Jesús e regaléle la pluma que entonces llevara en la toquilla. Y está la casa que es maravilla de ver, pues conserva los originales plintos de cerámica que hasta la cabeza llegan y estancada en el tiempo parece pero ajustada a los de ahora, y estando en el mismo centro de la ciudad, no ha de haber forastero que por ella no pase a dar buena cuenta de sus ricas recetas. Mas siendo don Juan de buen yantar – que no de gula – e habiéndome malacostumbrado a tales menesteres, restauramos allí nuestros cuerpos, nuestra vista, nuestro gusto y hasta nuestro espíritu.

Estuvieron los hermanos, a los que don Juan llama Rafa y Manué, atendiéndonos a la mesa y era el primero dellos el que más amistad le tenía y ofrecióme sus platos especiales de tal guisa, que no supe elegir de entre ellos, pues no era de razón comer de todo, que todo parece allí sabroso e ajustado al lugar. Aconsejóme rabo de toro, cordero a la rondeña, conejo en salsa, trucha a la serrana y migas caseras entre otros platos, mas pensando en tener buen provecho, quedéme con uno solo de ellos, el rabo de toro, mas pensé en volver a cumplir con el resto en otros días.

Acabado el refectorio y ahítos mas sin hastío, tuvimos una corta charla de sobremesa e dióme don Juan detalles de que este su amigo Rafa es del grupo de los llamados Pasos Largos por ser buen conocedor de la sierra y sus rincones y que dedícanse éstos a dar largos paseos por hacer ejercicio e admirar la belleza destos sitios. Y teniendo tiempo de sobra para atender también a su familia, escribe rimas en sus ratos libres por ser de tradición arraigada a los Carnavales, e tiene premios por sus coplillas, y es amante de nuestra Semana Santa y a hombros saca a la calle a las santas imágenes de su hermandad.

Pensé yo entonces que este hombre debe estirar las horas del día o los días del mes para tanta empresa pues a mí, sólo ordenando papeles, apenas me resta tiempo para cumplir las necesidades del cuerpo y del alma. Mas la larga vida me ha enseñado que no es durmiendo como se hacen las grandes cosas y que si no se hacen éstas, no ha de llegar uno a lado alguno ni por ningún sendero de atajo ni ha de perdurar su obra. Mas aún existe gente del saber hacer; cosa que me produce gran admiración. “Aunque sean para mí todas las almas iguales – concluyó don Juan – no lo son todos los mortales, pues los hay que en teniendo se quejan y menesterosos que con poco se conforman; y mi razón me dice que el que no tiene y protesta quiere llegar a la cima sin dar un paso e no es así y San Pablo nos dio aviso: Quien no trabaje, no coma. Mas todo camino se recorre mejor con buena compaña y es la amistad como la pequeña llama de una candela, que si se sopla suave, se aviva y si se sopla fuerte, se apaga”.

Terminando estos consejos y tras grandes cumplidos, nos dirigimos a la salida y, sobre un anaquel pequeño que a la derecha se encuentra, veíase con un poco de dificultad, puesta como adorno, una pluma de un sombrero.

En Ronda y a nueve de septiembre del año de dos mil e cinco.