En que se trata de cierta exclamación malsonante y de cómo muchos la usan por haber sorpresa
n la misma puerta de la Plaza de Toros, propúsome Su Ilustrísima dar un paseo hasta la Alameda del Tajo y comenzar allí a darme detalle de los asuntos por los que me había requerido, y caminando de espacio por la Calle de la Virgen de la Paz arriba, fuimos pasando por la entrada a la Calle de Pedro Romero y el Pasaje de Correos, mas haciendo parada cada poco como las postas, no por estar don Juan achacoso, sino por venir las gentes a saludarle.
Y dábales él el saludo y les hacía preguntas y ellos contestaban y le preguntaban y hacían consultas y él les daba consejo y su bendición, y así fui enterándome de las muchas cosas del pueblo y del afecto que le tiene.
E caminaba de espacio y solemnemente, dando pasos ceremoniosos y haciendo mecer su sotana como faldones o bambalinas de un paso de palio, e la brisa fresca que corría del norte nos acompañó en el paseo. Y cruzamos la tal alameda por sus caminos hasta llegar a unas verjas altas donde acababan. Asoméme por ver qué había e tanto sorprendíme que exclamé “¡coñ…tra!”. Y echóse don Juan a reír al oír decir tal disimulo, pues otra cosa no cabía exclamar al ver como allí el suelo se acababa e mirando hacia abajo veíanse los árboles como pequeñas hormigas. “Sabed mi buen capitán – dijo serenamente – que los hombres más valerosos tal cosa exclaman al venir a ver este tajo en el suelo, mas lo dicen con todas sus letras”. Y ya repuesto de aquella sorpresa, me así con fuerzas a los barrotes por mirar tal maravilla, pues me dan vértigos, y me extrañó que aún estando allí aquello desde que comenzaran los tiempos, hubiesen de venir extraños a decir tales exclamaciones, pues sabiendo los rondeños que de allí no va a moverse nunca, casi nunca van a verlo.
Fue entonces cuando aprovechó en decirme los primeros detalles sobre algunos trámites de los que había menester y que, estando su salud para pocos viajes, pensó en mí como hombre de confianza para arreglar ciertos papeles. Y agradeciéndole su deferencia e ofreciéndome sin peros a su petición, dióme más señas, pues era menester viajar a Cuenca a buscar a un tal señor Pérez del Olmo, que es persona de las de andarse con cuidado, y exigirle ciertos documentos de otro tal Vargas.
Mas oyéndole hablar de pedirle sin peros a Pérez del Olmo papeles de Vargas, exclamé… ¡Pero coño, es el colmo! “No hay peros que valgan…” E pensé morderme los labios e no volver a abrir la boca por ser lo siguiente cosa que aún más me llamó la atención, pues tras aquellos trámites conquenses habría de obtener yo mesmo ciertos bienes en herencia como recompensa. ¡Pero coño!
En Ronda y a dieciocho de agosto del año de dos mil e cinco.


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