brí hoy los ojos rodeado de cierto olor a sahumerios, que no sería cosa rara en casa de cura si ésta no fuese tan grande para llenarla de humos o si fuese invierno. E bajando las escaleras hacia la sala principal olíase aún más fuerte a incienso y a guiso, y encontré a don Juan ya sentado a la mesa por esperarme para la misa e había detrás, sobre una mesilla, un incensario humeante, y dando los buenos días, sentéme en mi sitio frente al suyo.
Como no hiciera comentario alguno sobre aquella novedad de perfumar la casa, pensé que quizá húboseme olvidado qué fiesta se celebraba hoy, mas no teniendo santoral a mano para sabello, le pregunté por los olíbanos e dióme razón que no entendí. “Sepa vuesa merced, capitán, que en habiendo buenos olores en la nariz será luego más placentero el desayuno”. E sólo dijo esto e nos levantamos para salir por el callejón hacia
E fue así que volvimos a la casa a desayunar entre tanto hedor y sin cruzar palabra que a ello hiciera referencia, mas terminada la refección vi aclaradas mis dudas, pues salimos lentamente otra vez, mas ésta calle abajo hacia el Puente Nuevo, y cada vez era más fuerte el olor a defectorio, que no parecía otra cosa, y llevaba el estómago y el ombligo en la boca y los dídimos en la garganta.
Fue en este paseo y llegando al puente donde dióme las razones de tales olores. “No ha más de veinte años que un corregidor que tuvo esta ciudad, el excelentísimo señor alcalde Zulueta, parcial de los obreros y españoles, vio cómo había gran problema por salir las aguas negras que todos echamos por la parte de arriba del río Guadalevín, atravesando éstas la ciudad bajo el puente e difundiéndose por doquier sus efluvios. Mas es el caso, que siendo gran disgusto del pueblo estar perfumado de esta guisa, decidióse hacer unas obras por conducir estas aguas negras al otro lado del Tajo e bien lejos de la ciudad, mas hubo grandes problemas para llevar a cabo tal empresa. Han cambiado de corregidor hasta cinco veces y la solución no llega, pues es seguro que los dineros de nuestros impuestos, en vez de ir a parar al río, hanse pasado antes por sus bolsillos, fueron luego a sus estómagos agradecidos, y al cabo irían a engrosar esas aguas atravesando a flote por debajo del puente. E como hace poco que volvieron a cambiar de corregidor y es este de los andalucistas, anda el pueblo expectante por ver llegar el final deste problema”.
Y fue la última de éstos obreros y españoles la señora alcaldesa Aguilera Gamero, mas ninguno rondeño como este nuevo corregidor don Antonio María Marín y Lara, que asegura que “visitar Ronda es volver al pasado y conocer el presente, en definitiva, Ronda como ciudad modelo de seguridad y limpieza”. E siendo este sitio no muy seguro por servir a algunos para acabar con sus vidas por desamores “tirándose por tajo” o teniendo en el olfato y a la vista la “limpieza” que llevan las aguas, háceme pensar que este señor corregidor ha de ser quien acabe con este mal por verlo tan claro, que de ser tan malo, el pueblo lo llama “la peste del tajo”. ¿O será tal vez que este hombre ni ve ni huele?
Pedí a su Ilustrísima rogara a Dios por una pronta solución a la tal “peste”, pues no paréceme que vinieran muchos forasteros a pasear por las noches por estas calles, por no oler a jazmín y dama de noche como debieran.
“No creo – dijo seguro don Juan – que Dios tenga que venir a meter las manos en estos turbios asuntos, mas he de rogarle que me ayude a convencer a este corregidor para que no se coma la salud de los demás y de su propia ciudad, o que envíe lluvias torrenciales durante meses, acabando esta sequía y llevándose esta mierda a la mismísima susodicha”.
En Ronda y a veintidós de agosto del año de dos miel e cinco.


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