omenzó don Juan a mostrarme ciertos documentos en los que leíanse con detalle las dificultades que hubo en su herencia por haberle robado Vargas algunos de los antigüos legajos y que el señor Pérez del Olmo sabía como recuperarlos, mas no interesándole mucho a éste Pérez que volviesen los papeles a las manos de su propietario por tener que devolver parte de su hacienda, habría de ser dificultosa su recuperación.
Y había entre estos documentos uno el cual impresonóme, pues decíase en él como era yo el verdadero heredero de ciertos bienes y en él detallábanse cuales eran. E adjunto a este, había un pliego con la copia de la inscripción tallada en la piedra de la tumba de mi hermano del cual era yo heredero directo e único. Y se hablaba allí de cómo don Pedro Alacaída y González Cabeza de Vaca, marqués de Fuentefría, era Hijo de Ronda y de la casa llamada de la Gran Rosa de la Puerta de Hierro, e cómo fenesció en accidente en el año de mil e quinientos cuarenta y en la misma casa estaba enterrado.
Leyendo esto, quedéme pensativo por ser este tal Pedro mi hermano y que por sufrir accidente no vivió ni un siglo, y que era yo su heredero. Mas siendo que se decía que en la casa de la Gran Rosa de la Puerta de Hierro de Ronda estaba enterrado y pareciéndome que la tal casa era aquella mesma donde me encontraba, quise preguntar a don Juan si había conocimiento de la tal tumba. E sin mediar palabra y en un gesto amable, invitóme a acompañarle, mas al comenzar el recorrido que habríamos de hacer, advirtióme de que la losa había sido cincelada y ya no era posible leer la inscripción completa, sino trozos de ella.
Hubimos de recorrer estrechos pasillos y bajar angostas escaleras hasta llegar a un lugar muy obscuro e bien cerrado, que de no ser por llevar una buena lumbre no pudiérase dar con él. Y después de cien vueltas a las antiguas llaves que cerraban la cámara, pasamos a ella, y al frente, en una húmeda pared de piedra se hallaba la losa.
Acercó su Ilustrísima la lumbre hasta ella como para que yo pudiese verla, mas apartó él la vista como entristecido y dejóme paso franco para acercarme, y ya cerca, pude leer los trozos de texto que en ella habían dejado. “Aquí yaze don Pedro Alacaída e González Ca […] d Vaca, el muy […] Hijo de […] la Gran […] Pu […] ta”.
E tras lectura tan indignante e sin abrir la boca, decidíme a ir a Cuenca e ajustar cuanto hubiese menester.
En Ronda y a veintiuno de agosto del año de dos mil e cinco.
21 agosto, 2005
Jornada sexta
En que se trata del secreto mejor guardado y de cómo no me dio mucho gusto en conocello
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