17 agosto, 2005

Jornada segunda

En la que se trata de cómo han de medirnos con la misma medida que usemos y de sus consecuencias

asé la noche durmiendo profundamente, mas trabajo costóme conciliar el sueño dentro de tanto silencio, que ya había olvidado que existiese; y era tal este silencio de Ronda que podía oírse. Y tras el aseo y las oraciones matutinas, de las cuales ya no tengo costumbre, asistimos a la misa en la Iglesia Mayor y en ayunas, siendo ésta de las llamadas de corpore insepulto, pues unos funerales se oficiaban antes del entierro. Y algunas palabras sabias dijo Su Ilustrísima en el púlpito en recuerdo del finado, que era éste a la sazón como de la familia y nació tras situación embarazosa, no por haber estado su madre encinta de él los nueve meses, sino por ser su madre mujer casada y con marido embarcado durante años al parirle.

E viendo el pesar de sus allegados, comenté escuetamente lo triste que es esto del morir, mas no dejó don Juan que acabase mis palabras cuando espetó lentamente: “No es triste el morir para el difunto, sino para los que aquí restamos”. Y tras esas palabras sabias comióme la duda, pues debería ser gusto para todos que el fenecido fuérase a ver a Dios y, más si cabe, que no nos hubiera llegado la hora a nosotros. Y con estos pensamientos, hice comentario escueto sobre la muerte de los 17 valerosos soldados en tierras del moro viajando por los aires en esas complicadas naves a las que llaman helicópteros e cómo la muerte les llegó igual siendo ahora otro el Gobierno. Y de nuevo la voz grave y culta dióme razón. “¡Ay destos – dijo - que distinguen entre los bien muertos y los mal muertos, pues finados son todos! Y si sumamos a 192 otros 60 y a éstos 17, hemos de contar 269. Mas erraremos, pues nos olvidamos de los 40 ó 50 que acaban sus días cada fin de semana en las carreteras e de otros muchos. Y todos ellos están bien muertos, y no los hay buenos o malos. Mas como hay gente que se empeña en diferenciar a unos muertos de otros según les convenga, han de darse cuenta ahora de que con la vara que midan serán medidos”. Y pensando yo que referíase a las medidas que se toman para hacer los ataúdes, no me encajaba, y verme encajado ya no sería lo que apeteciérame.

Rompimos tras un paseo el ayuno en la Taberna del Corregidor que hállase en la misma calle de Armiñán, que antes llamárase “de la Mezquita”, y frente a la Capilla del Cristo del Perdón y sede canónica de la Hermandad de la Paz y Caridad de la Vera Cruz, a la cual también hicimos visita. Y cumplidas ya todas las obligaciones religiosas, dimos por fin cumplimiento a unas tostadas de pan untadas con manteca serrana y café con leche caliente, y salí tras comer de mi ensueño, pues hasta entonces todo aparecíame como han de verlo los muertos, que no comen.

En Ronda y a diecisiete de agosto del año de dos mil e cinco.

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