ues hube de tomar nota de mis comentarios en el poco tiempo libre que tuve por la mañana y siendo así que esperábanme algunas sorpresas, he de narrallas ahora en esta segunda parte y ya de tarde, por ser cosa curiosa los hechos que vinieron cuando salimos de visitar de nuevo la Iglesia Mayor o de Santa María de la Encarnación, pues es ésta monumento de mucha historia, de gran belleza e de gran valor, y es supuesto que los romanos la hubieron como templo y el moro como mezquita de la Medina, no siendo hasta la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos cuando la ordenaran levantar e hubo grandes vicisitudes e tardó en concluirse. Y está llena de grandes e valiosas obras que son maravilla de contemplar. Mas aprovechando que era medio día, fuimos a rezar el Angelus también, que no ha de olvidársele a Su Ilustrísima rendir los cultos; doy fe.
E fue entonces cuando apareció don Diego de Monteliz, que en sabiendo que habíame don Juan de huésped en su casa y de nuestro parentesco, ocurriósele invitarnos a un almuerzo campestre que habría de tener lugar en su finca, pues a la sazón es este señor ganadero y tiene tierras y ganado de lidia. Mas no apeteciéndome demasiado andar por encima de rastrojos, por entre medio de toros y por debajo del sol en pleno estío, puse excusas, e retirélas al punto al ver su insistencia y la de don Juan, que por no hacerle el feo a éste, me hice yo el tonto.
E fuimos más tarde en coche por carretera retorcida - que esto no he de comentar - hasta una llanura entre riscos desde donde observábase parte de la ciudad con grande belleza.
No es esta gente como son los políticos, que se reúnen en derredor de la olla y discuten de forma que ni ellos comen ni a otros dejan comer, sino que usan un método que es el llamado “de cucharada y paso atrás”, pues teniendo cada uno su cuchara, y siendo muchos los reunidos en torno a la olla, no han alcance al guiso al mismo tiempo, y con gran gentileza acércase el que desee comer, toma una cucharada y luego se retira, siendo de esta guisa que todos prueban el guiso. Mas tan exquisito gusto tenía aquel cocido acompañado de tan buenos vinos e tan crujiente pan, que acabé ahíto y reposando a la sombra de un alcornoque, hasta que un cierto olor extraño y unas cosquillas hiciéronme salir del sueño y corriendo, pues acercóse un toro a oler mi sombrero, y de no haberme apercibido, hubiérase comido la pluma que llevo en la toquilla. Y gran suerte fue que restásemos allí toda la tarde hasta el poniente, pues dióme tiempo sobrado de hacer la digestión antes de la vuelta.
En Ronda y a diecisiete de agosto del año de dos mil e cinco.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario