o por ser estos días de agosto de holganza iban a holgar también los males, mas ya repuesto el cuerpo, hube de reponer el alma en la misa matutina, que a no ser porque apetecíame el ayuno, la hubiese dejado para momento mejor pues no estaba yo para subir e bajar calles ni para prestar atención a cura y sermón alguno. Más hubiérame apetecido seguir en la cama que madrugar, mas no ha un invitado de llevar las costumbres de una casa e menos siendo ésta de persona ilustre. Y al ser don Juan además de ilustre observador e cumplido, propuso no dar hoy paseo alguno y proseguir con sus asuntos, que mala cara tuvo que verme, pues falta les hacía un arreglo presto.
Nos sirvió el desayuno la cocinera e ama de llaves Cristina, mujer algo entrada en años pero que dejaba adivinar haber sido muy bella en edad de juventud pues aún lo era aunque para mis ojos un tanto bien alimentada. E nos trataba con sumo afecto como si fuésemos sus hijos sirviendo cada cosa a su tiempo y segura de que no faltaba nada en la mesa. Servido el desayuno, que esta vez fue leve y sin pringues, nos dejó a solas a ambos por estar el resto del servicio en fiestas familiares o por la prudencia de no estar presente en las charlas privadas sobre la herencia.
Y siendo que don Juan comenzaba a dar detalles de grande importancia y secreto en los que también cabía mi nombre, hice gesto de mirar hacia la puerta de la cocina pensando que ella quisiese enterarse de todo, mas rióse don Juan por tal situación y con voz de trueno gritó su nombre. “¡Cristina, nos falta el aceite!”. E hubo de gritar bien alto esto varias veces pues la cocinera no acudía a la llamada, pareciéndome falta de atención. Y no acudió. Y terminado el desayuno, me hizo acompañarle hasta donde ella estaba preparando ya las viandas para el almuerzo y de espaldas a nosotros, e asiendo una tapa de una gran cacerola, levantóla con la mano e dejóla caer al suelo con grande estruendo. E fue entonces cuando Cristina vovióse como asustada a mirarnos.
“Hemos terminado el desayuno – dijo don Juan en voz alta sin que fuese necesario – y vamos a retirarnos a mi despacho”.
Y cuando nos volvíamos por los pasillos, me comentó ya en voz baja que era Cristina casi sorda y estando con nosotros no dejaba de mirarnos por leer en nuestros labios lo dicho, siendo casi imposible advertir su sordera. Mas le preocupaba poco que oyese cosa alguna, no por ser ella sorda, sino por no ser mujer de poner la oreja pegada a las puertas. Y así aconsejóme al cabo, que estando ella sola de servicio en la casa le hablase muy fuerte aunque en el silencio molestase tanto grito.
Entramos en una pequeña biblioteca y tomamos asiento junto a la ventana prosiguiendo su larga, misteriosa e interesante narración.
En Ronda y a veinte de agosto del año de dos mil e cinco.
20 agosto, 2005
Jornada quinta
En que se trata de los secretos que la casa guarda
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