24 agosto, 2005

Jornada nona

En que se trata de ciertas leyendas que sobre bandoleros hay e de cuán bien las hube conoscido en tiempos pasados

uiso don Juan hoy, en su gran amabilidad, mostrarme el que llaman Museo del Bandolero de Ronda, que no hay que recorrer mucho por verlo pues en la misma Calle de Armiñán se encuentra, e allí fui con él más por curiosidad que por querer conocer tal asunto, pues es el caso que nací en la misma Serranía y en la mismísima villa de Grazalema e muchas veces crucé la Sierra Morena, más por necesidad que por afición a los viajes.

E siendo muy larga mi vida y muy corta mi memoria, creo recordar que fue un veinticuatro de mayo del año de mil e ochocientos e veintiocho, rondando las doce y cuarto de la tarde, cuando pararon forzado el coche que nos acercaba a Ronda desde Sevilla cruzando los montes que llaman de Montejaque, y eran aquellos coches de dos caballos e no podíanse dar fácilmente a la fuga. Eran unos cinco hombres montados los que nos hicieron bajar de él e nos ordenaron no movernos del camino. Mas el que parecióme jefe dellos, apeóse de su montura e caminó despacio hasta ponerse frente a mí con burlona sonrisa por ver, pensé, por primera vez, los ropajes de un capitán, pues eran sus ropas poco lujosas aunque sí muy vistosas. E observóme de pies a cabeza y se tornó su mirada en severa e yo puse el gesto grave y atento por sacar mi blanca si fuese menester. Mas levantando su poderosa mano, apretóla sobre mi hombro e fizo de él y de mis huesos harina con gesto de aprobación. E parecióme que los otros intercambiaban regalos mientras ambos comentábamos nuestras empresas. E viendo aquel hombre que yo era persona de confianza y que de Madrid venía y que era nacido en Grazalema, echóse a reír primero y se presentó como José María. Mas oyendo yo nombre tan corto, hube de preguntarle si no habría más. E a esto dióme respuesta algo más completa diciendo que era don José María Hinojosa y Tempranillo, que bien raro me pareció aquel nombre entonces para ser también capitán, aunque era más bien honrado como Rey de Sierra Morena, siendo Fernando VII nuestro rey y señor. E fue tan larga nuestra conversación, que partió el coche, prometiéndome acompañar a Ronda tras un almuerzo en sitio secreto y fresco. E vive Dios que era secreto tal sitio y que hube de medir el yantar y el beber de ser tan abundante e tan buenas e tan bien servidas las viandas, y no conocí capitán tan cortés cual este en siglos.

Llevaba el señor Hinojosa siempre encima un a modo de arcabuz al que llamaba trabuco e mostréle tal interés por él, que llevóme a una llanura despejada y señalóme dos rocas al otro lado e ordenó poner en ellas sendas botellas vacías, e armando el trabuco, lo apoyó en su cintura y al punto de oír el estruendo del disparo, desapareció la botella más lejana. E complacióme tal arma. Y viendo don José María mi interés por ella, armóla de nuevo con pólvora y plomo e amartillóla e ofreciómela para probarla. Fice tal cual fizo él, apoyándola en mi cintura e apuntando con dificultad a la otra botella. Mas al apretar el gatillo, fueron las balas al aire y mis huesos al suelo del golpe que recibí. E tuve moratones como cardenales durante quince días.

Hicimos gran amistad como es uso entre capitanes, e nunca volví a verle luego e fueme avisado de que un tal Barberillo matóle de un disparo algunos años después. E de estas y otras cosas hube de ver mucho en ese museo.

"Por la Sierra Morena va una partía y el capitán se llama José María.
¿Quién diría qué rey manda en España?, ¿quién lo diría? cuando en la sierra manda José María.
¡Qué maravilla!, quinientos migueletes y no lo pillan, lo buscan en Lucena y esta en Sevilla.”

En Ronda y a veinticuatro de agosto del año de dos mil e cinco.

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