ino ayer un mensajero sin previo aviso a darme razón de que mi tío me requería para unos asuntos familiares invitándome al tiempo a pasar unos días de holganza con él en la bella e antigua ciudad de Ronda, pues es en ésta donde ha su domicilio; y no siendo yo persona de asiento fijo, no hice ascos a tal invitación e viniéronme a recoger ciertos amigos tras el almuerzo para hacer el viaje. Mas como aún no acostumbréme a estos coches que más que atravesar el campo lo sobrevuelan, dejé el almuerzo a un lado de la carretera en cuanto ésta empezó a torcerse adentrándose en la Serranía. Y no siendo muy gratos tales recuerdos, omitiré esta parte de la jornada, que aunque sólo durase minutos parecióme durar varios días, y siendo así, hubiese preferido mejor en jumento viejo hacer el viaje.Mas pasó por fortuna ese mal momento y hállome ya en nuevos aposentos y respirando nuevos aires y en casa de mi tío desde donde habré de comentar a diario.
Es este mi tío, más que hermano de mi padre, un ilustre miembro lejano de mi familia, que por no gastar tinteros en describir su parentesco conmigo e su vida, también omitiré algunos detalles, pues es mi árbol de tantas y tan altas ramas y de tan profundas raíces, que no he de andarme ahora por ellas mucho para describille.
Viejo, que no vetusto, arzobispo de la ciudad y ya retirado, es el Ilustrísimo señor don Juan de Lobo y Martínez del Tajo, hombre al que han tan gran respeto e afecto, que andar con él por las calles desta ciudad es conocer medio mundo, pues todo el mundo le para e le hace reverencias. Y en siendo sencillo como no hay otros, plácele que le llamen padre Juan. Mas siendo para mí excesivo llamarle Ilustrísima e poco respetuoso llamarle padre, llámole don Juan, pues si le llamase tito pareciera le hablo a emperador de Roma.
De estatura media, buen porte, buena presencia, buen yantar e mejor dormir, no ha guardado su sotana, que de vieja y remendada, paréceme que no le quedan rastros de la tela primitiva, mas es maravilla de ver cuán bien se conservan ambos. Y saliendo este tallo de árbol noble, aún le queda nobleza, que no es cosa que se pierda, y vive en casa palacio que heredara por ser marqués y a expensas de ciertas rentas e con servicio adecuado, y nunca vi tal, que más me ha parecido que él les sirviera, del trato que les hace.
Fuéme a esperar a la esquina de la calle de Armiñán con uno de sus sirvientes para llevar mis bultos, que aún siendo pocos, eran difíciles de abarcar. Y entramos luego en el callejón que llaman de los Tramposos - donde tiene la casa la entrada del servicio - que viene a dar a la Iglesia Mayor. Y en soltando las pocas cosas, aseándome algo, hablando mucho y yendo a misa de ocho aunque me pesara, pasó la tarde.
Y entre avisos, viaje, curvas, recibimiento, saludos, charlas, paseo, misa, cena, sobremesa y oraciones, no hame quedado algún tiempo para hacer hoy comentario.
En Ronda y a dieciséis de agosto del año de dos mil e cinco.


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