30 agosto, 2005

Jornada duodécima

En que se trata de la indecisión que tengo sobre dónde comenzar mis trabajos

ensando estoy desde esta misma mañana en abandonar ya mis días de descanso en Ronda e volver a Sevilla o a Madrid y de allí viajar a Cuenca, pues es tal la cantidad de papeles que ya he leído y los que aún quedan por leer y ordenar, que diríase que tengo la cabeza empapelada, mas recapacito luego y entro en razón, que es mejor poner orden aquí a tanto fideo antes de acometer la empresa que tener luego que andar buscando los cabos.

E fue de esta manera como le comenté a don Juan mi intención de hospedarme quizá en su casa hasta el primer lunes de septiembre, si no hubiese en ello problema, o de volverme a Sevilla. Y como es hombre de natural cariñoso e hame tomado afecto en estos días, propúsome ir a un almuerzo al comedor llamado de Los Cazadores, que con tal nombre parecióme lugar de buenas carnes y era sin embargo su especialidad el pescado, e allí comimos hasta hartarnos e allí hablamos hasta aclararnos.

No es cuestión de precipitarse – aclaró don Juan entre risas – pues aún siendo Ronda ciudad de precipicios son las gentes de dejar las cosas para mañana y, a ser posible, para pasado; tal es el carácter de la Serranía y vos lo sabéis tan bien como yo. E siendo el caso que la casa en la que vivo es vuestra, no es menester pedir permisos para vivir en ella el tiempo que os sea necesario. Y luego, una vez resueltos estos entuertos, ambos saldremos ganando; yo he de recuperar lo que es mío y vos lo que vuestro es desde hace mucho”.

Estando pues más seguro de no ser estorbo y pudiendo hacer las tareas de ordenar papeles tanto aquí como en Sevilla o en Madrid, aún sigo más en la duda, pues antes tenía dos casas donde asentarme y tengo ahora tres y las tres son de mi gusto. Mas como veo que tanto papel necesitará mucha lectura y es este lugar de los tres el más tranquilo, he de pasar lo restante del mes aquí e ya Dios proveerá. Mas sigo en la duda...

En Ronda y a treinta de agosto del año de dos mil e cinco.

29 agosto, 2005

Jornada undécima


En que se trata de la boda de un gitano apodado el Cáncamo e de cómo acabaron todos separados

ino en mis días de ausencia un adinerado y conocido gitano de la familia de los Menacho y Heredia a pedir a don Juan oficiase la boda de su hijo, al que apodaban el Cáncamo por ser este hombre corcovado, que habría de celebrarse con un tanto de prisa y otro tanto de secreto, por haber quedado su joven novia encinta antes de lo previsto. E siendo su Ilustrísima de tradición estricta y de cumplimiento severo de sus normas, negóse a oficiar tal clase de casorio mas no rechazó la invitación al mismo. “Hay gente – dijo como si hablase solo y en alta voz – que quiere la teta y la sopa y al mismo tiempo e así no ha de ser, pues si se es atinado para ciertas cosas sin que los demás de ello enteren, atinado se debe ser para ocultar también otras situaciones embarazosas; y si es menester celebrar unas nupcias por el qué dirán, no caen en que dirán que lo hicieron por ocultallo. Y estas razones no entiendo, pues quieren que la Santa Madre Iglesia cambie sus normas en su propio provecho cuando somos todos los que tenemos que cambiar las nuestras, en lo tocante a la Iglesia, por nuestro propio provecho y por nuestra salvación. Mas aquellos que no cumplen con sus deberes de cristianos son los que vienen a pedirme que yo no los cumpla para quedar ellos libre de mancilla”.

Entendí sus sabias palabras, mas cuando las hube razonado, dime cuenta de que cosa parecida había hecho yo en mi larga vida e que fuíme a confesallo con otro padre cura bien lejano por que no se conociesen e se lo refiriese.

Y fue la boda concurrida y corta, e no hubo una misa ni su comunión, y al ágape asistieron todos ellos y fue bien largo, por ser tal la costumbre gitana de hacer durar los banquetes varios días. Mas hoy mismo de mañana, hoy, han venido todos llorando a pedir auxilio al padre Juan, pues en celebraciones tan largas mucho se come y mucho más se bebe, e los hombres bebidos dejamos la cabeza y las razones a un lado e así ficieron éstos, que al segundo día de jolgorio, sacaron navajas e tomaron en sus manos cualquier cosa como arma y con el novio se ensañaron por haberse sabido que a otras tres mujeres dejó en buen estado, mas sólo este suegro obligóle al desposorio.

Oficióse pues una boda y tras ésta un funeral, e tres mujeres quedaron para ser madres solteras e otra más viuda e cada una de las familias ha decidido mudar de domicilio por no volver a verse e porque de ellos no se hable. Así que por unas jodiendas, salió el corcovado jodido y el resto dellos jorobados. Y luego hablarán las malas lenguas.

En Ronda y a veintinueve de agosto del año de dos mil e cinco.

28 agosto, 2005

Jornada décima

En que se trata de cómo cuatro jornadas se convirtieron en una por un viaje a Grazalema y la suerte que me hizo un tal cura llamado Josu

levóme el destino a la villa de Grazalema por ver si hubiese en él algún registro donde figurase pariente alguno e ir atando hilos, mas como las cosas no han de ser como uno las piensa sino como se las piensan a uno, convirtióse una sola jornada en cuatro.

Avisóme don Juan de tomar ciertas precauciones con el tal cura párroco de
Grazalema por ser éste el reverendo vasco Josu Nuestos Zuelo, de cual nombre no podía hacer memoria ni con gran esfuerzo y que ahora ni con forzarme borrarlo puedo de la memoria. Fue este tal Josu conflicto desde un principio pues decíase de él que en alguna ocasión diera asilo a ciertos maleantes y asesinos vascos de los de la conocida como banda de la ETA y que fuere allí destinado por apartarle de caer en tales tentaciones. Mas como las gentes de aquesta villa son tan sencillas como yo mesmo lo soy, tomaron como preocupación su nombre, pues no era apuntado andar todo el día diciendo “padre Nuestos” ni llamarle “padre Zuelo”, por lo cual llamábanle padre José e aquesto mesmo fice.

E preguntado por los registros que a la sazón tiene la Iglesia para bautismos, dióse la cosa en salir a la luz cómo fueron éstos quemados durante la Guerra Civil e no hubo otra cosa el tal cura que andar a voces gritando ciertas consignas prohibidas en vascuence teniéndome a su lado. E así presentóse la Benemérita e hube menester tres días para aclarar mi identidad en el cuartelillo. E cómo es verdad que un hábito no hace un monje.

En Ronda y a veintiocho de agosto del año de dos mil e cinco.

24 agosto, 2005

Jornada nona

En que se trata de ciertas leyendas que sobre bandoleros hay e de cuán bien las hube conoscido en tiempos pasados

uiso don Juan hoy, en su gran amabilidad, mostrarme el que llaman Museo del Bandolero de Ronda, que no hay que recorrer mucho por verlo pues en la misma Calle de Armiñán se encuentra, e allí fui con él más por curiosidad que por querer conocer tal asunto, pues es el caso que nací en la misma Serranía y en la mismísima villa de Grazalema e muchas veces crucé la Sierra Morena, más por necesidad que por afición a los viajes.

E siendo muy larga mi vida y muy corta mi memoria, creo recordar que fue un veinticuatro de mayo del año de mil e ochocientos e veintiocho, rondando las doce y cuarto de la tarde, cuando pararon forzado el coche que nos acercaba a Ronda desde Sevilla cruzando los montes que llaman de Montejaque, y eran aquellos coches de dos caballos e no podíanse dar fácilmente a la fuga. Eran unos cinco hombres montados los que nos hicieron bajar de él e nos ordenaron no movernos del camino. Mas el que parecióme jefe dellos, apeóse de su montura e caminó despacio hasta ponerse frente a mí con burlona sonrisa por ver, pensé, por primera vez, los ropajes de un capitán, pues eran sus ropas poco lujosas aunque sí muy vistosas. E observóme de pies a cabeza y se tornó su mirada en severa e yo puse el gesto grave y atento por sacar mi blanca si fuese menester. Mas levantando su poderosa mano, apretóla sobre mi hombro e fizo de él y de mis huesos harina con gesto de aprobación. E parecióme que los otros intercambiaban regalos mientras ambos comentábamos nuestras empresas. E viendo aquel hombre que yo era persona de confianza y que de Madrid venía y que era nacido en Grazalema, echóse a reír primero y se presentó como José María. Mas oyendo yo nombre tan corto, hube de preguntarle si no habría más. E a esto dióme respuesta algo más completa diciendo que era don José María Hinojosa y Tempranillo, que bien raro me pareció aquel nombre entonces para ser también capitán, aunque era más bien honrado como Rey de Sierra Morena, siendo Fernando VII nuestro rey y señor. E fue tan larga nuestra conversación, que partió el coche, prometiéndome acompañar a Ronda tras un almuerzo en sitio secreto y fresco. E vive Dios que era secreto tal sitio y que hube de medir el yantar y el beber de ser tan abundante e tan buenas e tan bien servidas las viandas, y no conocí capitán tan cortés cual este en siglos.

Llevaba el señor Hinojosa siempre encima un a modo de arcabuz al que llamaba trabuco e mostréle tal interés por él, que llevóme a una llanura despejada y señalóme dos rocas al otro lado e ordenó poner en ellas sendas botellas vacías, e armando el trabuco, lo apoyó en su cintura y al punto de oír el estruendo del disparo, desapareció la botella más lejana. E complacióme tal arma. Y viendo don José María mi interés por ella, armóla de nuevo con pólvora y plomo e amartillóla e ofreciómela para probarla. Fice tal cual fizo él, apoyándola en mi cintura e apuntando con dificultad a la otra botella. Mas al apretar el gatillo, fueron las balas al aire y mis huesos al suelo del golpe que recibí. E tuve moratones como cardenales durante quince días.

Hicimos gran amistad como es uso entre capitanes, e nunca volví a verle luego e fueme avisado de que un tal Barberillo matóle de un disparo algunos años después. E de estas y otras cosas hube de ver mucho en ese museo.

"Por la Sierra Morena va una partía y el capitán se llama José María.
¿Quién diría qué rey manda en España?, ¿quién lo diría? cuando en la sierra manda José María.
¡Qué maravilla!, quinientos migueletes y no lo pillan, lo buscan en Lucena y esta en Sevilla.”

En Ronda y a veinticuatro de agosto del año de dos mil e cinco.

23 agosto, 2005

Jornada octava

En que se trata del Convento de Santo Domingo o lo que de él queda

omo no han de ser todos estos días para tratar los asuntos principales que aquí trajéronme sino también para solaz e holganza y conocimiento desta ciudad, fuimos a visitar la casa que se observa colgada de las paredes del Tajo al cruzar el puente hacia la parte más vieja y a la mano izquierda. Y era esta casa el Convento de Santo Domingo, que después de estar en obras de restauración más tiempo que el que tardó en construirse, convirtióse en museo al llegar el nuevo corregidor.

Vinieron los dineros del Gobierno de Andalucía como contados por no interesarle, tal vez, el ver este caserón nunca terminado e por ser las gentes de estos pueblos de la Serranía poco interesadas en las cosas que les tocan, pues en otros lugares de la mesma España, hubiéranse puesto gritos en el cielo de ver el mal trato dispensado a estas paredes e como se ponía un ladrillo este año para esperar el secado hasta el siguiente y siendo así eternas aquestas obras. E de esta guisa, han durado más de veinte años y no es el resultado el que debiera ser.

Según cuentan los cronistas, fue ya desde el principio este convento lugar desgraciado, pues tuvieron sus fundadores grandes pleitos con el mismísimo obispo de Soria por ser su fundador el soriano don Juan de Torres y querer éstos ser enterrados ambos en su Capilla Real. Y pasando los años, fue sede del Tribunal de la Inquisición, luego mercado, luego cooperativa de carpinteros para fabricar los famosos muebles rondeños y finalmente casa de vecinos hasta su ruina. E así ha llegado hoy a ser museo donde ya se ha visto una exposición del que llaman artista, el fenescido don Eduardo Chillida, que he de ser yo poco dado a las artes por parecerme que las obras desde hombre son más para dar chillidos que para dar gusto a la vista.

Y es el caso que aquellos primeros pleitos doctos no sirvieron para nada, pues al fondo del Tajo fueron a parar los huesos de los allí enterrados, mas al menos no es ya hoy nido de ratas como fuese un tiempo, aunque a decir verdad, soy más dado a los bonitos rotos que a los feos remiendos, mas por no sumar a la “peste” del Tajo otras pestes, bien está la casa como hase terminado e que muchos años así reste y sin dar más complicaciones.

En Ronda y a veintitrés de agosto del año de dos mil e cinco.

22 agosto, 2005

Jornada séptima

En que se trata de la que llaman peste del Tajo y de cómo ésta inunda la ciudad

brí hoy los ojos rodeado de cierto olor a sahumerios, que no sería cosa rara en casa de cura si ésta no fuese tan grande para llenarla de humos o si fuese invierno. E bajando las escaleras hacia la sala principal olíase aún más fuerte a incienso y a guiso, y encontré a don Juan ya sentado a la mesa por esperarme para la misa e había detrás, sobre una mesilla, un incensario humeante, y dando los buenos días, sentéme en mi sitio frente al suyo.

Como no hiciera comentario alguno sobre aquella novedad de perfumar la casa, pensé que quizá húboseme olvidado qué fiesta se celebraba hoy, mas no teniendo santoral a mano para sabello, le pregunté por los olíbanos e dióme razón que no entendí. “Sepa vuesa merced, capitán, que en habiendo buenos olores en la nariz será luego más placentero el desayuno”. E sólo dijo esto e nos levantamos para salir por el callejón hacia la Iglesia Mayor , y al abrir el postigo, fue tanto el mal olor que venía con el viento que di paso atrás para volver al zaguán, e aunque rióse de mi gesto, siguió don Juan con premura por no llegar tarde a alabar al Señor y le seguí e por más que preguntéle sobre tales olores, sólo aclaró que al salir de la iglesia me lo habría de mostrar.

E fue así que volvimos a la casa a desayunar entre tanto hedor y sin cruzar palabra que a ello hiciera referencia, mas terminada la refección vi aclaradas mis dudas, pues salimos lentamente otra vez, mas ésta calle abajo hacia el Puente Nuevo, y cada vez era más fuerte el olor a defectorio, que no parecía otra cosa, y llevaba el estómago y el ombligo en la boca y los dídimos en la garganta.

Fue en este paseo y llegando al puente donde dióme las razones de tales olores. “No ha más de veinte años que un corregidor que tuvo esta ciudad, el excelentísimo señor alcalde Zulueta, parcial de los obreros y españoles, vio cómo había gran problema por salir las aguas negras que todos echamos por la parte de arriba del río Guadalevín, atravesando éstas la ciudad bajo el puente e difundiéndose por doquier sus efluvios. Mas es el caso, que siendo gran disgusto del pueblo estar perfumado de esta guisa, decidióse hacer unas obras por conducir estas aguas negras al otro lado del Tajo e bien lejos de la ciudad, mas hubo grandes problemas para llevar a cabo tal empresa. Han cambiado de corregidor hasta cinco veces y la solución no llega, pues es seguro que los dineros de nuestros impuestos, en vez de ir a parar al río, hanse pasado antes por sus bolsillos, fueron luego a sus estómagos agradecidos, y al cabo irían a engrosar esas aguas atravesando a flote por debajo del puente. E como hace poco que volvieron a cambiar de corregidor y es este de los andalucistas, anda el pueblo expectante por ver llegar el final deste problema”.

Y fue la última de éstos obreros y españoles la señora alcaldesa Aguilera Gamero, mas ninguno rondeño como este nuevo corregidor don Antonio María Marín y Lara, que asegura que “visitar Ronda es volver al pasado y conocer el presente, en definitiva, Ronda como ciudad modelo de seguridad y limpieza”. E siendo este sitio no muy seguro por servir a algunos para acabar con sus vidas por desamores “tirándose por tajo” o teniendo en el olfato y a la vista la “limpieza” que llevan las aguas, háceme pensar que este señor corregidor ha de ser quien acabe con este mal por verlo tan claro, que de ser tan malo, el pueblo lo llama “la peste del tajo”. ¿O será tal vez que este hombre ni ve ni huele?

Pedí a su Ilustrísima rogara a Dios por una pronta solución a la tal “peste”, pues no paréceme que vinieran muchos forasteros a pasear por las noches por estas calles, por no oler a jazmín y dama de noche como debieran.

No creo – dijo seguro don Juan – que Dios tenga que venir a meter las manos en estos turbios asuntos, mas he de rogarle que me ayude a convencer a este corregidor para que no se coma la salud de los demás y de su propia ciudad, o que envíe lluvias torrenciales durante meses, acabando esta sequía y llevándose esta mierda a la mismísima susodicha”.

E teniendo ambos el refectorio tan revuelto, volvimos a la casa por oler al menos a sahumerios.

En Ronda y a veintidós de agosto del año de dos miel e cinco.

21 agosto, 2005

Jornada sexta

En que se trata del secreto mejor guardado y de cómo no me dio mucho gusto en conocello

omenzó don Juan a mostrarme ciertos documentos en los que leíanse con detalle las dificultades que hubo en su herencia por haberle robado Vargas algunos de los antigüos legajos y que el señor Pérez del Olmo sabía como recuperarlos, mas no interesándole mucho a éste Pérez que volviesen los papeles a las manos de su propietario por tener que devolver parte de su hacienda, habría de ser dificultosa su recuperación.

Y había entre estos documentos uno el cual impresonóme, pues decíase en él como era yo el verdadero heredero de ciertos bienes y en él detallábanse cuales eran. E adjunto a este, había un pliego con la copia de la inscripción tallada en la piedra de la tumba de mi hermano del cual era yo heredero directo e único. Y se hablaba allí de cómo don Pedro Alacaída y González Cabeza de Vaca, marqués de Fuentefría, era Hijo de Ronda y de la casa llamada de la Gran Rosa de la Puerta de Hierro, e cómo fenesció en accidente en el año de mil e quinientos cuarenta y en la misma casa estaba enterrado.

Leyendo esto, quedéme pensativo por ser este tal Pedro mi hermano y que por sufrir accidente no vivió ni un siglo, y que era yo su heredero. Mas siendo que se decía que en la casa de la Gran Rosa de la Puerta de Hierro de Ronda estaba enterrado y pareciéndome que la tal casa era aquella mesma donde me encontraba, quise preguntar a don Juan si había conocimiento de la tal tumba. E sin mediar palabra y en un gesto amable, invitóme a acompañarle, mas al comenzar el recorrido que habríamos de hacer, advirtióme de que la losa había sido cincelada y ya no era posible leer la inscripción completa, sino trozos de ella.

Hubimos de recorrer estrechos pasillos y bajar angostas escaleras hasta llegar a un lugar muy obscuro e bien cerrado, que de no ser por llevar una buena lumbre no pudiérase dar con él. Y después de cien vueltas a las antiguas llaves que cerraban la cámara, pasamos a ella, y al frente, en una húmeda pared de piedra se hallaba la losa.

Acercó su Ilustrísima la lumbre hasta ella como para que yo pudiese verla, mas apartó él la vista como entristecido y dejóme paso franco para acercarme, y ya cerca, pude leer los trozos de texto que en ella habían dejado. “Aquí yaze don Pedro Alacaída e González Ca […] d Vaca, el muy […] Hijo de […] la Gran […] Pu […] ta”.

E tras lectura tan indignante e sin abrir la boca, decidíme a ir a Cuenca e ajustar cuanto hubiese menester.

En Ronda y a veintiuno de agosto del año de dos mil e cinco.

20 agosto, 2005

Jornada quinta

En que se trata de los secretos que la casa guarda


o por ser estos días de agosto de holganza iban a holgar también los males, mas ya repuesto el cuerpo, hube de reponer el alma en la misa matutina, que a no ser porque apetecíame el ayuno, la hubiese dejado para momento mejor pues no estaba yo para subir e bajar calles ni para prestar atención a cura y sermón alguno. Más hubiérame apetecido seguir en la cama que madrugar, mas no ha un invitado de llevar las costumbres de una casa e menos siendo ésta de persona ilustre. Y al ser don Juan además de ilustre observador e cumplido, propuso no dar hoy paseo alguno y proseguir con sus asuntos, que mala cara tuvo que verme, pues falta les hacía un arreglo presto.

Nos sirvió el desayuno la cocinera e ama de llaves Cristina, mujer algo entrada en años pero que dejaba adivinar haber sido muy bella en edad de juventud pues aún lo era aunque para mis ojos un tanto bien alimentada. E nos trataba con sumo afecto como si fuésemos sus hijos sirviendo cada cosa a su tiempo y segura de que no faltaba nada en la mesa. Servido el desayuno, que esta vez fue leve y sin pringues, nos dejó a solas a ambos por estar el resto del servicio en fiestas familiares o por la prudencia de no estar presente en las charlas privadas sobre la herencia.

Y siendo que don Juan comenzaba a dar detalles de grande importancia y secreto en los que también cabía mi nombre, hice gesto de mirar hacia la puerta de la cocina pensando que ella quisiese enterarse de todo, mas rióse don Juan por tal situación y con voz de trueno gritó su nombre. “¡Cristina, nos falta el aceite!”. E hubo de gritar bien alto esto varias veces pues la cocinera no acudía a la llamada, pareciéndome falta de atención. Y no acudió. Y terminado el desayuno, me hizo acompañarle hasta donde ella estaba preparando ya las viandas para el almuerzo y de espaldas a nosotros, e asiendo una tapa de una gran cacerola, levantóla con la mano e dejóla caer al suelo con grande estruendo. E fue entonces cuando Cristina vovióse como asustada a mirarnos.

“Hemos terminado el desayuno – dijo don Juan en voz alta sin que fuese necesario – y vamos a retirarnos a mi despacho”.

Y cuando nos volvíamos por los pasillos, me comentó ya en voz baja que era Cristina casi sorda y estando con nosotros no dejaba de mirarnos por leer en nuestros labios lo dicho, siendo casi imposible advertir su sordera. Mas le preocupaba poco que oyese cosa alguna, no por ser ella sorda, sino por no ser mujer de poner la oreja pegada a las puertas. Y así aconsejóme al cabo, que estando ella sola de servicio en la casa le hablase muy fuerte aunque en el silencio molestase tanto grito.

Entramos en una pequeña biblioteca y tomamos asiento junto a la ventana prosiguiendo su larga, misteriosa e interesante narración.

En Ronda y a veinte de agosto del año de dos mil e cinco.

19 agosto, 2005

Jornada cuarta

En que se narra cuán ocupado estuve e cómo tuve que restar en casa por haber comido más de la cuenta y las consecuencias que dello se derivaron, así como la imposibilidad que tuve de hacer mis comentarios diarios desde Ronda donde me hallo de descanso y cómo no encuentro momento para narrar todo lo que me acontece e cómo lo narraré en la jornada siguiente


con título tan descriptivo ¿a qué narrar nada más?


En Ronda y a diecinueve de agosto del año de dos mil e cinco.

18 agosto, 2005

Jornada tercera II

En que se trata de cierta exclamación malsonante y de cómo muchos la usan por haber sorpresa


n la misma puerta de la Plaza de Toros, propúsome Su Ilustrísima dar un paseo hasta la Alameda del Tajo y comenzar allí a darme detalle de los asuntos por los que me había requerido, y caminando de espacio por la Calle de la Virgen de la Paz arriba, fuimos pasando por la entrada a la Calle de Pedro Romero y el Pasaje de Correos, mas haciendo parada cada poco como las postas, no por estar don Juan achacoso, sino por venir las gentes a saludarle.

Y dábales él el saludo y les hacía preguntas y ellos contestaban y le preguntaban y hacían consultas y él les daba consejo y su bendición, y así fui enterándome de las muchas cosas del pueblo y del afecto que le tiene.

E caminaba de espacio y solemnemente, dando pasos ceremoniosos y haciendo mecer su sotana como faldones o bambalinas de un paso de palio, e la brisa fresca que corría del norte nos acompañó en el paseo. Y cruzamos la tal alameda por sus caminos hasta llegar a unas verjas altas donde acababan. Asoméme por ver qué había e tanto sorprendíme que exclamé “¡coñ…tra!”. Y echóse don Juan a reír al oír decir tal disimulo, pues otra cosa no cabía exclamar al ver como allí el suelo se acababa e mirando hacia abajo veíanse los árboles como pequeñas hormigas. “Sabed mi buen capitán – dijo serenamente – que los hombres más valerosos tal cosa exclaman al venir a ver este tajo en el suelo, mas lo dicen con todas sus letras”. Y ya repuesto de aquella sorpresa, me así con fuerzas a los barrotes por mirar tal maravilla, pues me dan vértigos, y me extrañó que aún estando allí aquello desde que comenzaran los tiempos, hubiesen de venir extraños a decir tales exclamaciones, pues sabiendo los rondeños que de allí no va a moverse nunca, casi nunca van a verlo.

Fue entonces cuando aprovechó en decirme los primeros detalles sobre algunos trámites de los que había menester y que, estando su salud para pocos viajes, pensó en mí como hombre de confianza para arreglar ciertos papeles. Y agradeciéndole su deferencia e ofreciéndome sin peros a su petición, dióme más señas, pues era menester viajar a Cuenca a buscar a un tal señor Pérez del Olmo, que es persona de las de andarse con cuidado, y exigirle ciertos documentos de otro tal Vargas.

Mas oyéndole hablar de pedirle sin peros a Pérez del Olmo papeles de Vargas, exclamé… ¡Pero coño, es el colmo! “No hay peros que valgan…” E pensé morderme los labios e no volver a abrir la boca por ser lo siguiente cosa que aún más me llamó la atención, pues tras aquellos trámites conquenses habría de obtener yo mesmo ciertos bienes en herencia como recompensa. ¡Pero coño!

En Ronda y a dieciocho de agosto del año de dos mil e cinco.

Jornada tercera I

En que se trata de cómo crecen ciertas bolas y de cuán grandes llegan a ser que resultan intragables


ino temprano el servicio a sacarme de mis sueños, pues del cansancio acumulado en días anteriores y merced al silencio rondante, perdí la noción de las horas dormidas. Y como las nuevas normas a las que me veo sujeto me tienen en oraciones desde el amanecer hasta el deo gratias al retirarme a mis aposentos, soñé en versos y en oraciones todos mis sueños, mas empezaron a gustarme tales costumbres, pues hacían que cada cosa del día tuviese su momento y cada momento su cosa.

Mas como hasta el desayuno no despierto del todo y poco hay que pueda contar de antes de las tostadas, empiezo el día realmente al salir de la Taberna del Corregidor con el estómago lleno y la cabeza vacía. E siendo este ya mi segundo día completo en Ronda, “La Bella Tapada”, pensó mi tío en dar paso a la exposición de sus asuntos, mas no sentados a la mesa en el salón de la casa sino paseando al tiempo por los bellísimos rincones de aquesta ciudad de historia que se pierde en el pasado y se halla en el presente, e por más libros que leyesen vuesas mercedes e por más ilustraciones que viesen y por más historias que les refiriesen, no han de saber cuán gustosa es esta ciudad hasta pasar aquí varios días, que aunque algo conozco della, imposible paréceme conocerlo todo de tanto como ha que ver e sentir.

Mas tengo buen guía, don Juan, que a la par de ameno en el hablar, va ilustrándome sobre cada sitio e cada costumbre e los sucesos que aquí se dieron. Y siendo personaje tan relevante y de larga vida transitada por estas calles, no hay pregunta a la que no pueda darme razón e con detalle y al cabo, aún añade alguna anécdota para solaz. Así, y siendo mi deseo atravesar el famoso Puente sobre el Tajo que también llaman Puente Nuevo, hacia la otra parte por ver el paisaje, llegamos a la puerta de la Plaza de Toros, que es pertenencia de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, e una de las más bellas e antiguas del mundo, mas la mejor conservada de todas las existentes. E del puente y desta plaza he de hablar con detalle en un apéndice, pues viene este comentario más bien a referir ciertos hechos que a todos han de interesar e a todos nos interesan.

Al llegar a la puerta de la plaza, y acabando de pasar por la entrada de la Carrera de Espinel, a la que llaman “Calle de la Bola”, tuve curiosidad en saber la razón del tal nombre e preguntélo; e la respuesta no se fizo esperar: “Hubo en tiempos tal nevada sobre Ronda, que cubrióse toda ella de una espesa capa de nieve que era maravilla de ver, e las gentes, a tal suceso, hubieron grande sorpresa e salieron a las calles a vello e los zagales a sus juegos, que en eso de inventos andan sobrados. Mas no hubieron otro que subir a la parte más alta de la calle y hacer allí bola de nieve tal, que sorprendiera a esquimales e normandos. Y una vez hecha y bien consolidada, dejáronla rodar calle abajo por ver qué pasaba. E la bola fue al tiempo tomando velocidad e volumen, que los que por allí andaban, parábanse maravillados en verla pasar. Mas como al aumentar tanto su tamaño convirtióse en bola difícil de tragar por bocacalle alguna, quedóse atascada entre las casas de tal guisa, que no podían pasar las gentes de un lado al otro, e siendo el tiempo fresco como es de natural aquí, allí quedóse durante un mes o más, según se dice”.

Y al oír la tal historia del nombre de aquesta calle por la que no pueden pasar los carruajes por ser calle para paseo mas no por seguir en ella la bola, ocurrióseme que ha cierto parecido con la bola que está formando este desgobierno de hoy, que a base de reunir mentiras una tras otra, va creciendo ya por horas y que un día llegará en que pasar no pueda y en que nadie se la trague. Pues las mentiras en la calle aumentan de boca en boca, hasta atascarlas.

En Ronda y a dieciocho de agosto del año de dos mil e cinco.

17 agosto, 2005

Jornada segunda II

En que prosigue la materia


ues hube de tomar nota de mis comentarios en el poco tiempo libre que tuve por la mañana y siendo así que esperábanme algunas sorpresas, he de narrallas ahora en esta segunda parte y ya de tarde, por ser cosa curiosa los hechos que vinieron cuando salimos de visitar de nuevo la Iglesia Mayor o de Santa María de la Encarnación, pues es ésta monumento de mucha historia, de gran belleza e de gran valor, y es supuesto que los romanos la hubieron como templo y el moro como mezquita de la Medina, no siendo hasta la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos cuando la ordenaran levantar e hubo grandes vicisitudes e tardó en concluirse. Y está llena de grandes e valiosas obras que son maravilla de contemplar. Mas aprovechando que era medio día, fuimos a rezar el Angelus también, que no ha de olvidársele a Su Ilustrísima rendir los cultos; doy fe.

E fue entonces cuando apareció don Diego de Monteliz, que en sabiendo que habíame don Juan de huésped en su casa y de nuestro parentesco, ocurriósele invitarnos a un almuerzo campestre que habría de tener lugar en su finca, pues a la sazón es este señor ganadero y tiene tierras y ganado de lidia. Mas no apeteciéndome demasiado andar por encima de rastrojos, por entre medio de toros y por debajo del sol en pleno estío, puse excusas, e retirélas al punto al ver su insistencia y la de don Juan, que por no hacerle el feo a éste, me hice yo el tonto.

E fuimos más tarde en coche por carretera retorcida - que esto no he de comentar - hasta una llanura entre riscos desde donde observábase parte de la ciudad con grande belleza.

No es esta gente como son los políticos, que se reúnen en derredor de la olla y discuten de forma que ni ellos comen ni a otros dejan comer, sino que usan un método que es el llamado “de cucharada y paso atrás”, pues teniendo cada uno su cuchara, y siendo muchos los reunidos en torno a la olla, no han alcance al guiso al mismo tiempo, y con gran gentileza acércase el que desee comer, toma una cucharada y luego se retira, siendo de esta guisa que todos prueban el guiso. Mas tan exquisito gusto tenía aquel cocido acompañado de tan buenos vinos e tan crujiente pan, que acabé ahíto y reposando a la sombra de un alcornoque, hasta que un cierto olor extraño y unas cosquillas hiciéronme salir del sueño y corriendo, pues acercóse un toro a oler mi sombrero, y de no haberme apercibido, hubiérase comido la pluma que llevo en la toquilla. Y gran suerte fue que restásemos allí toda la tarde hasta el poniente, pues dióme tiempo sobrado de hacer la digestión antes de la vuelta.

En Ronda y a diecisiete de agosto del año de dos mil e cinco.

Jornada segunda

En la que se trata de cómo han de medirnos con la misma medida que usemos y de sus consecuencias

asé la noche durmiendo profundamente, mas trabajo costóme conciliar el sueño dentro de tanto silencio, que ya había olvidado que existiese; y era tal este silencio de Ronda que podía oírse. Y tras el aseo y las oraciones matutinas, de las cuales ya no tengo costumbre, asistimos a la misa en la Iglesia Mayor y en ayunas, siendo ésta de las llamadas de corpore insepulto, pues unos funerales se oficiaban antes del entierro. Y algunas palabras sabias dijo Su Ilustrísima en el púlpito en recuerdo del finado, que era éste a la sazón como de la familia y nació tras situación embarazosa, no por haber estado su madre encinta de él los nueve meses, sino por ser su madre mujer casada y con marido embarcado durante años al parirle.

E viendo el pesar de sus allegados, comenté escuetamente lo triste que es esto del morir, mas no dejó don Juan que acabase mis palabras cuando espetó lentamente: “No es triste el morir para el difunto, sino para los que aquí restamos”. Y tras esas palabras sabias comióme la duda, pues debería ser gusto para todos que el fenecido fuérase a ver a Dios y, más si cabe, que no nos hubiera llegado la hora a nosotros. Y con estos pensamientos, hice comentario escueto sobre la muerte de los 17 valerosos soldados en tierras del moro viajando por los aires en esas complicadas naves a las que llaman helicópteros e cómo la muerte les llegó igual siendo ahora otro el Gobierno. Y de nuevo la voz grave y culta dióme razón. “¡Ay destos – dijo - que distinguen entre los bien muertos y los mal muertos, pues finados son todos! Y si sumamos a 192 otros 60 y a éstos 17, hemos de contar 269. Mas erraremos, pues nos olvidamos de los 40 ó 50 que acaban sus días cada fin de semana en las carreteras e de otros muchos. Y todos ellos están bien muertos, y no los hay buenos o malos. Mas como hay gente que se empeña en diferenciar a unos muertos de otros según les convenga, han de darse cuenta ahora de que con la vara que midan serán medidos”. Y pensando yo que referíase a las medidas que se toman para hacer los ataúdes, no me encajaba, y verme encajado ya no sería lo que apeteciérame.

Rompimos tras un paseo el ayuno en la Taberna del Corregidor que hállase en la misma calle de Armiñán, que antes llamárase “de la Mezquita”, y frente a la Capilla del Cristo del Perdón y sede canónica de la Hermandad de la Paz y Caridad de la Vera Cruz, a la cual también hicimos visita. Y cumplidas ya todas las obligaciones religiosas, dimos por fin cumplimiento a unas tostadas de pan untadas con manteca serrana y café con leche caliente, y salí tras comer de mi ensueño, pues hasta entonces todo aparecíame como han de verlo los muertos, que no comen.

En Ronda y a diecisiete de agosto del año de dos mil e cinco.

16 agosto, 2005

Del viaje a Ronda

ino ayer un mensajero sin previo aviso a darme razón de que mi tío me requería para unos asuntos familiares invitándome al tiempo a pasar unos días de holganza con él en la bella e antigua ciudad de Ronda, pues es en ésta donde ha su domicilio; y no siendo yo persona de asiento fijo, no hice ascos a tal invitación e viniéronme a recoger ciertos amigos tras el almuerzo para hacer el viaje. Mas como aún no acostumbréme a estos coches que más que atravesar el campo lo sobrevuelan, dejé el almuerzo a un lado de la carretera en cuanto ésta empezó a torcerse adentrándose en la Serranía. Y no siendo muy gratos tales recuerdos, omitiré esta parte de la jornada, que aunque sólo durase minutos parecióme durar varios días, y siendo así, hubiese preferido mejor en jumento viejo hacer el viaje.

Mas pasó por fortuna ese mal momento y hállome ya en nuevos aposentos y respirando nuevos aires y en casa de mi tío desde donde habré de comentar a diario.

Es este mi tío, más que hermano de mi padre, un ilustre miembro lejano de mi familia, que por no gastar tinteros en describir su parentesco conmigo e su vida, también omitiré algunos detalles, pues es mi árbol de tantas y tan altas ramas y de tan profundas raíces, que no he de andarme ahora por ellas mucho para describille.

Viejo, que no vetusto, arzobispo de la ciudad y ya retirado, es el Ilustrísimo señor don Juan de Lobo y Martínez del Tajo, hombre al que han tan gran respeto e afecto, que andar con él por las calles desta ciudad es conocer medio mundo, pues todo el mundo le para e le hace reverencias. Y en siendo sencillo como no hay otros, plácele que le llamen padre Juan. Mas siendo para mí excesivo llamarle Ilustrísima e poco respetuoso llamarle padre, llámole don Juan, pues si le llamase tito pareciera le hablo a emperador de Roma.

De estatura media, buen porte, buena presencia, buen yantar e mejor dormir, no ha guardado su sotana, que de vieja y remendada, paréceme que no le quedan rastros de la tela primitiva, mas es maravilla de ver cuán bien se conservan ambos. Y saliendo este tallo de árbol noble, aún le queda nobleza, que no es cosa que se pierda, y vive en casa palacio que heredara por ser marqués y a expensas de ciertas rentas e con servicio adecuado, y nunca vi tal, que más me ha parecido que él les sirviera, del trato que les hace.

Fuéme a esperar a la esquina de la calle de Armiñán con uno de sus sirvientes para llevar mis bultos, que aún siendo pocos, eran difíciles de abarcar. Y entramos luego en el callejón que llaman de los Tramposos - donde tiene la casa la entrada del servicio - que viene a dar a la Iglesia Mayor. Y en soltando las pocas cosas, aseándome algo, hablando mucho y yendo a misa de ocho aunque me pesara, pasó la tarde.

Y entre avisos, viaje, curvas, recibimiento, saludos, charlas, paseo, misa, cena, sobremesa y oraciones, no hame quedado algún tiempo para hacer hoy comentario.

En Ronda y a dieciséis de agosto del año de dos mil e cinco.

PARTE PRIMERA: Jornada primera

En que se trata de cómo tomé inesperado descanso y de mi viaje a la ciudad de Ronda donde fui invitado por mi tío