29 diciembre, 2005

De la partida de los huéspedes

uy de mañana, tomamos dos coches de los llamados ¡taxi!, e fuimos como acompañamiento a la Estación de Santa Justa, pues partían don Fernando, doña Nicolasa e mi pequeño vasallo Marinín a Madrid. Hube despedida para todos – así como la hubieron don Marcos e don Juan – e a cada uno fuíles agradeciendo su estancia y los momentos felices pasados.

Mal sabor déjanme estas fiestas – dije a don Fernando – pues invitado estabais a unos días de holganza e más me parece haberos metido en entuertos que ni en Madrid habéis de resolver, mas llevaos mi agradecimiento por las mercedes que nos habéis concedido a todos, que no sé qué hubiéramos hecho sin la su ayuda”.

Un solo día en esta ciudad y en vuestra compaña – respondió – hubiesen satisfecho con holgura un placer que no estaba dispuesto a perder. Suerte os deseo ahora en la empresa en la que os embarcáis, que sin duda habréis de necesitarla; e sabed que si fuere menester mi presencia para cualesquiera cosas que pudiese resolver, no habéis más que llamarme por teléfono, que a eso ya habéis aprendido con asaz soltura”.

Amiga e familiar de por vida – dije a doña Nicolasa – tened por cosa hecha que hemos de vernos con prontitud, pues acabado lo que ahora tengo pendiente de llevar a cabo, con nosotros habréis de volver el tiempo que gustéis. Cuidad del mozo, que a los estudios debe dedicarse por hacerse hombre de provecho; e que yo he verlo si es la voluntad de Dios”.

Otra vez he de agradeceros – contestó – todo lo por nosotros hecho; e más por mi hijo que por mí mesma, que es él lo único que me da contento”.

Tiró alguien de mi capa repetidas veces, e volviendo la cabeza, parecióme no ver a nadie, mas escondida tras de mí e agazapada, oí una voz:

¡Tío Marino! Oídme, ¡tío Marino! No decid que aquí estoy escondido tras de vos por ver si parte el ave e de mí se olvidan”.

E volviéndome hacia él, espeté:

¿Qué es esto de llamar a un capitán tío Marino? ¿Acaso habéis olvidado que seguís al servicio de mi Casa? No digáis nada desto – le hablé acercándome y en baja voz -, pues ahora tenéis que marchar con vuestra madre e don Fernando, mas pronto estaréis aquí en Sevilla y os guardo sorpresa. Si no cuida un tío de su sobrino ¿quién va a hacerlo? Seguid la orden que os di de obedecer en todo a vuestra madre, e mirad bien que yo me entero desde aquí de cuanto hacéis. Id a la escuela, pues así os lo mando, e aprended todo lo que os enseñen y si alguna cosa hubiere que no entendierais, preguntad, que de otra forma no se aprende”.

¿Y me tendréis un regalo cuando vuelva? – insistió -. Todo no llevo porque no cabe, mas no volved a regalarme lo que aquí se queda, que tal cosa sería hacer trampas”.

No será lo que pensáis – contesté con misterio -, pues el regalo que os tendré ya está en camino y, cuando llegue, volveréis vos”.

En estos saludos, acabó el tiempo de la espera y pasaron hacia el sitio donde están paradas las gigantes orugas que los llevarían en un vuelo – cual ave que son – a pasar el fin de este año que se nos va cada uno en su casa.

¡Adiós, señor cura; adiós tío Marino; adiós tío Marcos!”.

En Sevilla y a veinte y nueve de diciembre del año de dos mil e cinco.

28 diciembre, 2005

Del día de algunos inocentes

uedaron doña Nicolasa y Catalina, la cocinera, preparando un plato exquisito que cómese por estas fechas en Plasencia; e vi yo hacían buena amistad entrambas. Y en esto, salimos a dar paseo por Sevilla Tío Marcos, Tío Marino, “el cura” y Marinín, que algunos belenes de los que las calles adornan íbamos a mostrarle. Y era maravilla de ver al niño e la su cara en mirando tales paisajes, pues en ellos veía cuanto iba contando Su Ilustrísima, que refería la historia del misterio de cada rincón: “La Virgen Nuestra Santa Señora va por allí cabalgando en una mula y el Santo José la hala; e se hace la noche e posada no encuentran”.

E viendo este y otros misterios de los belenes, vio Marinín algo que, escondido en un rincón, llamó su atención; e no atrevíase a hacer pregunta alguna; así, dijome al oído:

Aqueste hombre que en el rincón hállase, paréceme indispuesto, pues creo que agachado está haciendo…”.

E fueron tales mis risas que esto referí a don Juan, e siendo éste hombre de grande sabiduría e santidad, no tiene nunca su lengua amarrada, e así le dio las razones que el niño no entendía:

¿Cómo decís que no habéis visto nunca a cagón en belén? Pues habéis de saber que es uso harto antigüo el poner un hombre destos cagando en cada uno, que no comiendo estaban todos cuando el Niño nasció e alguno estaría en tal momento en ese aprieto; así pues, podéis ver allá a los soldados en sus guardias, e acá a una mujer que la ropa lava en el río e un zagal que cuida sus ovejas acullá, en lo alto de aquel otero; este labrador tira de la yunta e aquellas mujeres recogen las aceitunas que los hombres varean; allá, a lo lejos, vense los soldados en la matanza de los inocentes y en la cueva, reunidos junto al fuego, están otros pastores cuidando su piara de cerdos”.

E miraban aquellos ojos a do señalaba don Juan e atendía a cuanto manifestaba, mas a mis espaldas oí a don Marcos diciendo quedo: “Y en alguna otra tareas los habría empeñados”.

En Sevilla y a veinte y ocho de diciembre del año de dos mil e cinco.

De la Nochebuena en Sevilla (y 5)

elebróse principal cena en el comedor, e como ha sido por siempre costumbre en mi Casa, a nuestra mesa sentado estaba todo el servicio. Presidía ésta Su Ilustrísima, que bendición especial fizo de los alimentos; a su derecha quedaban los invitados de honor, don Fernando, don Marcos, doña Nicolasa e Marino (al que alguien comenzó a llamarle Marinín); a su izquierda estaba el anfitrión, servidor de Dios e vuesas mercedes y en este mismo lado quedaban mis sirvientes.

Ninguna cosa que no ocurra en cena de tan principal noche ocurrió en esta, sino que dimos buena cuenta de las viandas e bebidas que fueron servidas, así como de los dulces que habemos uso en tomar e vino e licor; e no privóse de ninguno destos don Juan, que ha por costumbre catar cada manjar servido. E terminada la cena hubimos grande fiesta e alegrías e hicimos cantos que por Navidad son costumbre en estas tierras hasta llegada la media noche. No pudiendo asistir don Marcos a la misa por ser encomendado por el doctor y estando la noche bien entrada en fuertes lluvias, trujo don Juan el Niño Bendito que en vitrina guárdase a buen recaudo durante todo el año por ser talla del famoso escultor don Juan Martínez Montañés, con el cual hube gran amistad e vino a mis manos esta obra por serle encargada e no pagada. E puesto ya Jesús en el pesebre del portal, fizo solemnes oraciones el obispo estando todos en pie y mirando tal misterio. Así colocados, noté cómo una cálida mano se asía a la mía diestra. Tomé a Marino en mis brazos porque estuviese más alto e mejor viese e díjome al oído:

Tío Marino, llegado es ya el niño Jesús e a Él hemos orado, ¿sería menester ir a dormir por si llegase Papá Noel? No quiero perder sus regalos e dice madre no debe ser visto”.

A esto no habéis de temer hoy – respondí al pequeño -, pues estando en esta casa el Señor Emisario, será él quien os diga lo que habréis de hacer, mas debéis tener en cuenta también, que el gran regalo que esta Navidad iba a traer, en esta casa, ya se halla, e los otros, al despertar los encontraréis aquí mesmo, junto a Jesús, que no siendo éste galpón con chimenea, por la misma puerta entra e nadie hasta ahora ha podido verle”.

¿El gran regalo decís? – volvió a preguntar - ¿E cómo siendo tan grande no lo he visto?”.

Porque es regalo que no puede verse, sino sentirse; e desto habré de hablaros más, que toda una vida por delante tenéis aún”.

Y en estas pláticas me hallaba cuando sentí una fuerte mano apretar mi brazo. Tío Marcos vino a mi lado y a entregar al pequeño una pequeña caja envuelta en colores.

Tras grandes despedidas e más besos de lo que por costumbre tengo repartir o recebir, a nuestras estancias fuimos todos a descansar de estos días al mismo tiempo tan tristes e tan felices.

Si la noche haze escura
y tan corto es el camino,
¿cómo no venís amigo?

La media noche es pasada
y el que me pena no viene;
sabedme si hay otra amada,
sabedme qué lo detiene.

En Sevilla y a veinticinco de diciembre del año de dos mil e cinco.

De la Nochebuena en Sevilla (4)

ueron grandes fiestas e alegrías por estar ya todos reunidos e vino el servicio a dar cumplimiento a don Marcos, mas veladamente, que pareció era bienvenida a todos los huéspedes y en esto ha grande experiencia Chuti.

Así estuvimos en pláticas una pieza, e díjome luego don Marcos acercándose a mí, quisiera ir a su estancia un momento e mudar sus ropas; e bien parecióme lo propuesto. Con esto, salió por el pasillo que a la cocina da por no atravesar el patio en lluvia e viendo don Fernando cómo partía, se acercó al punto e dijo:

Paréceme sabe vuesa merced a do va su compañero, mas, si ello fuere posible, acompañáralo yo porque solo no se hallase, pues algo caliente ha tomado en el hospital, mas aún debe estar débil”.

Y estas razones comprendí, no por haber temor de repetir tontería alguna, sino por si cualquier ayuda necesitare. Corrí entonces tras sus pasos y en la escalera hallélo subiendo, e acercándome a él, le sonreí y hasta su estancia fuimos. Y ya en ella, pidióme le ayudase a quitarse la camisa, pues de lo que le hicieron en el hospital alguna herida traía en el brazo. E haciendo esto frente al espejo, agachó la vista e mudósele el gesto; e le dije entonces:

¿Qué amigo habéis tenido en toda vuestra vida que como yo, creyendo como creéis erróneamente haya sido traicionado, ha seguido considerándoos amigo? No tengáis cuidado por esto, que ya bien me conocéis. E preguntasteis en León cómo un amigo traicionado puede servir a su traicionero, y aquesto mismo sigo haciendo, serviros, e no es por otra cosa alguna sino por no creeros mi traidor, que si bien yo os he relatado todo lo que me hubo sucedido, no habéis vos dicho cosa alguna; e a lo que a mi razón llega – que no me tendréis por bobo tras este tiempo – nada contáis por haber temor; y ese temor quiero desaparezca. Manifestad cuanto queráis o callad si es vuestro deseo”.

E no parecióme querer dar alguna razón, pues siguió quedo. E así le vi, así le dije:

No decís vos lo que os apena y esto puedo deciros yo mesmo, e si en alguna cosa yerro corregidme. Coincidencia, sin duda, pareció el encuentro siniestro en el puente de San Pablo de Cuenca, que estando yo desmayado, supe por otros que fue mi espada usada por no vernos cayendo al vacío; y coincidente fue también el encuentro con la mujer que os dijo adónde había huido don Pablo Pérez, y cuándo e dónde hallarle, como curiosa e repentina fue vuestra separación de doña Isabel por veniros conmigo; poco razonable fue que no me avisarais del incendio de la casa de Toledo; bien parece que prefirieseis salvar mi vida que ver los documentos firmados e la hacienda recuperada, mas viendo que obtenía yo las firmas, bien disimulasteis el temor a que fuere yo muerto, y el trazado que hizo don Pablo aún no sé; extraño parece que no creyerais que firmase con tinta verdadera e más extraño, que intentarais evitar la entrega de tales documentos, mas muerto el villano ¿qué otra cosa podría hacerse? Así por tanto, tomasteis la determinación de iros a un lugar que alguien os había aconsejado o do alguna vez ya habíais estado o acaso allí teníais alguna cita en concierto; e ¿a qué emborracharos y llorar amargamente por la muerte de quien no merecía la vida?”.

Continuó el silencio, e continué yo hablando:

De hombre vil hasta ese punto, puedo cualquiera cosa esperar, incluso llegase a un acuerdo con vos por salvar lo que había usurpado, que dándoos una parte como recompensa, todo se arreglaba. E no fuisteis vos el malvado que esto propuso ni esto fizo; e nadie intenta quitarse la vida si no siente en su pecho la culpa; y no es vuestra, no lo es, sino de un verdadero demonio que, por ventura y gracias a Dios Nuestro Señor, en los infiernos debe ya estar penando por sus culpas. No estáis aquí ahora por seguir haciendo el papel principal de una obra maestra por vos trazada, sino porque realmente queréis estar conmigo. Si es esto cierto e no yerro, acompañadnos en noche tan feliz para todos; si lo que os digo es falso, licencia tenéis para aprestar vuestro equipaje e libre sois de hacer cuanto deseéis; mas sabed que sigo sin hallar en vos culpa alguna”.

E tras un luengo silencio, afloraron sus lágrimas, e volviéndose hacia mí y abrazándome, dijo estas palabras:

Perdón no os pido porque ni lo tengo ni lo merezco, mas ¡llevadme con vos, llevadme siempre con vos!”.

E dentro de media hora, estábamos bajando al comedor para comenzar a celebrar la Nochebuena.

Sin ti, no.
Sin ti, ni un paso más.
Ni al pasado ni al olvido ni al futuro.
Sin ti sólo el grito con lágrimas,
agazapado,
trizándose la lengua,
esperando el minuto distraído en que me saltaré las sienes
una tarde de otoño;
en una de esas fugas del misterio
en que Dios se descuida, sin quererlo

(Enriqueta Ochoa, 1928)

En Sevilla y en la Nochebuena del año de dos mil e cinco.

27 diciembre, 2005

De la Nochebuena en Sevilla (3)

levóme don Fernando a sala aparte, como despacho, do había gran silencio e retiro, e invitóme a tomar asiento. En sus manos tenía cuanto documento pertenecía a don Marcos, e tras una pieza en silencio, dijo:

A casa podrá partir esta misma tarde nuestro amigo, pues algún otro día debería quedarse por ser observado, más su comportamiento que su salud, que quitamos de su cuerpo el veneno tomado a tiempo, pues de no ser así hubiese tenido muerte segura. Con él ha hablado una hora el médico que llamamos psicólogo (este nombre me ayudó a retener, pues es como el médico de la mente) y poco o casi nada ha podido descubrir de lo ocurrido, sino que siéntese culpable de algo hecho y no puede a él mismo perdonarse. Os toca a vos, capitán, con grande paciencia e cariño, descubrir qué es aquesto que le hace penar de tan grave forma; e sé muy bien sabréis hacer cuanto sea menester e curarle de su tristeza, que alguna cosa más dificultosa os he visto llevar a cabo”.

En esto no habréis de tener duda alguna – respondí – pues soy yo mesmo el que peno ya hasta la fatiga por sus sentimientos, y éstos anda ocultándome por razón que desconozco aún. No tengáis cuidado; es mi interés, si cabe, más grande que el vuestro en que este hombre viva. Volveremos, si esto ha de poder ser así, a la casa, e allí todo será aclarado e viviremos la Navidad todos juntos tal como pensado estaba, que empiezo yo a sentirme culpable de haceros venir estos días vuestros de solaz a Sevilla y que halláis acabado con más preocupación que de costumbre habéis”.

Capitán – concluyó -, que aún parecéis no comprender que allá donde voy va conmigo el médico que soy. Olvidad esto ahora”.

Dentro de una hora más, salíamos en coche del tal hospital hacia mi casa; e iba don Marcos con la mirada perdida, mas veíamos de vez en cuando sonreía.

Al entrar por el zaguán de la casa, vino corriendo Marino hacia nosotros, e sin saludo alguno, aferróse en fuerte abrazo a las piernas de don Marcos e quedamos todos mudos. Tomólo luego éste con sus manos y alzándolo, lo sentó en su cintura y entrambos estuvieron refiriéndose cosas; e vílos reír. Y al cabo, vino a saludarme como a capitán, mas también se echó a mis brazos e anduvo tocando mi descabellado peinado e decíame:

Hame traído el cura, como emisario de Papá Noel, muchos regalos y en aquella habitación los tengo – señaló al gabinete -, mas me trae ahora a la gente con quien quería estar. ¿Sois todos buenos aquí?”.

A fe pequeño vasallo – le dije -, que no encontraréis Casa mejor a la que ofrecer vuestros servicios, pues no manda aquí el capitán, sino que entre todos los marineros lo hacen pues es este mi barco y son estos mis deseos; y el que aquí debería ser el primero no es sino uno más. Disfrutaréis esta noche pues de la Navidad como nunca antes hubieseis pensado; con Su Ilustrísima, don Juan, que aunque podéis llamarle cura, es obispo; con vuestra madre, que a solas nunca os deja e por vos hace lo que no puede; con don Marcos, que no ejerciendo ya como abogado, es parte de esta Casa para siempre; y a don Fernando tenéis como amigo e como médico, aunque de esto no ha de serviros, sino como amigo; e a mí también. No podréis pues quejaros de soledad o aburrimiento, que muchas e interesantes historias hemos de contar”.

E acercándose a mi oído, dijo con prudencia:

¿E debo siempre llamaros capitán?; algún nombre extraño habréis que no queréis decirme”.

E con esto, miré a todos los que esperaban en el patio por pasar al comedor e dije al niño en voz alta:

Así es desde ahora igual me llaméis como capitán o como por mi nombre, que, aunque no suelo usarlo, no quiero esconderlo, pues es éste igual que el vuestro, Marino; e así quiero me llaméis si en ello habéis contento”.

¿Como yo os llamáis? – preguntó el pequeño incrédulo -. Os inventáis el nombre”.

Escrito está – repuse -, y el mismo ha de ser para toda mi vida; acaso quisierais vos llamarme tío Marino, e desto os doy permiso si vuestra madre os lo da”.

E asintiendo con gran contento, volvió a preguntar (que no es esto cosa rara en niño alguno):

¿E puedo también a don Marcos llamar tío Marcos?”.

E sonrió éste e hizo gesto de aprobación.

E con el niño apoyado en mi cintura y mi brazo diestro sobre el hombro de don Marcos, entramos en la sala, pues comenzaba a caer una fina agua de lluvia.

En Sevilla y en la tarde del veinte y cuatro de diciembre del año de dos mil e cinco.

26 diciembre, 2005

De la Nochebuena en Sevilla (2)

os entramos en la habitación siguiendo los pasos de don Fernando, e había allí dos camas mas sólo ocupaba una don Marcos. Puedo decir, y no es aquesto cosa corriente en mí, que viniéronse las lágrimas a mis ojos al verle, pues como dormido parecía e con buen color, mas tenía la cara llena de artilugios con tubos e a su brazo iba otro tubo más pequeño; e todo su cuerpo estaba atado a la tal cama por los brazos e los pies e una sábana que le cruzaba el vientre. E viendo cómo dormía, pusímonos cada uno a un lado dél e pudo ver don Juan mi rostro en llanto con claridad de día e dijo:

¿A qué contener emociones? ¡Capitán!; que además os llamo sobrino, cuando fuisteis vos el que me daba juegos siendo yo aún un pequeño e tantas cosas me enseñasteis y mi fe abonasteis e fuisteis el acicate que despertó mi devoción y me llevasteis a los estudios y al servicio de Dios. ¿Qué cosa mala puedo decir de vos cuando presente, y a la misma edad que agora tenéis, os he tenido toda mi vida? Quisiera, eso sí, saber qué cosas han pasado por la cabeza de este vuestro compañero, que no es de razón ya llamarlo abogado, e sé que queréis como parte que forma ya de vos. Nadie determina cercenar su vida por una paja en el ojo, sino por entuerto de gran importancia que no cree poder solucionar. Tal vez vos desto sepáis algo que a mis oídos no ha llegado, mas si en confesión quisiéredes manifestarlo, sea, que no quiero penséis os obligo a decir aquello que no queréis”.

E pensando un punto la respuesta, dije con la mirada baja sobre las manos de Marcos:

Nada tengo que ocultaros, ilustrísimo amigo e querido tío, sino que paréceme poco atinado hablar desto aquí mesmo e más bien sería mi deseo verlo agora cómo vive; pero he de deciros cosas que nadie sabe e sólo la experiencia hame llevado a descubrir, pues bien sabéis que siempre busco vuestro consejo; y es esto lo que agora necesito”.

Así, advirtiendo don Fernando que la conversación podría ser privada, nos mostró el camino para salir al pasillo y una vez allí, dijo en voz baja:

Advertidas quedan vuesas mercedes de que está don Marcos «sedado», y que pareciendo dormido, puede oír lo que manifestáis. Aconsejaría yo, por tanto, se hable cuanto dél sea necesario en lugar apartado. Si quisiéredes hacerlo ahora, mostráraos yo una sala donde puede hablarse privadamente, pues permiso para ello se me ha concedido, que no es la primera vez que en este hospital trabajo”.

Mas siendo mi deseo seguir mirándole vivo e dejar las pláticas y razones para otros momentos, volvimos a la habitación de tan coincidente número, e sentados entrambos a su lado, repetimos otros cuantos rosarios (que a esto parece don Juan ahora más aficionado que antes). Y en rezos estábamos cuando volvió don Fernando e trujo con él algunos papeles que habría que firmar, pues siendo la mejoría como se iba viendo avanzar, vendría don Marcos a casa a la cena de Navidad, aunque estando débil, no aconsejaba el doctor fuese a Misa del gallo.

Y al oír estas palabras, miróme don Marcos e habló con la su voz débil:

Llevadme. Levadme con vos”.

En Sevilla y a medio día del veinte y cuatro de diciembre del año de dos mil e cinco.

De la Nochebuena en Sevilla (1)

i era el lugar ni el momento ni las circunstancias ni la compañía ni la lluviosa noche tan buena como debiere, mas desto puedo contar mucho, que no llega el nascimiento, la enfermedad o la muerte el día que queremos que vengan y el veinte y tres como el veinte y cinco de diciembre no son sino otros días más de la vida de cualquier hombre; e también la Nochebuena es noche mala y destas todas cosas.

Pasamos la noche entera del veinte y tres sentados en aquella sala don Juan y yo, e venía a veces don Fernando mostrando en su rostro el cansancio del poco descanso y el poco yantar, e nos dijo podíamos haber algún descanso en sala aparte que está llena de a modo de pequeños catres donde unos gimen y otros roncan, e siendo así, preferí pasar aquellos momentos rezando rosarios (uno tras del otro), que oyendo tales graznidos en la oscura sala. Larga fue la noche entre oraciones e comentarios e no fue posible entrar al lugar donde hallábase don Marcos, mas tenía aquella sala una grande ventana e a ella nos dieron licencia de acercarnos, e asomándose a ella, se veía una cama toda vestida de blanco y no era posible ver el rostro del abogado, pues tenía puesta como máscara con tubos (como aquella que dijo en Salamanca tenían los astronautas); así pensé que tal vez no pudiese bien respirar. Los brazos y el pecho llenos de cordoncillos de colores estaban e iban éstos hasta unas pantallas donde no se veían imágenes, sino dibujos en movimiento. Y al ver esto, manifestó don Juan ser aquella buena señal, pues estando los dibujos moviéndose, se sabía estaba el enfermo vivo.

Estaba ya amaneciendo – y esto supimos por decirlo el doctor, pues no había allí ventana alguna -, cuando se nos dio aviso de «pasarlo a planta», e quise entender saldría de aquella habitación, mas no sabiendo si saldría vivo o para recibir los Santos Óleos – pues no son para mí las malvas sino plantas -, se me dijo que en poco más podríamos verle, pues el mal del tósigo se había retirado e volvía de espacio a estar normal. Con esto, entramos en una pequeña habitación muy iluminada e cerráronse las puertas solas e todas las personas que allí entramos restamos mudos; sentí el movimiento de lo que aquello era en mi cabeza; estábamos ascendiendo en uno de los llamados ascensores. Al poco, se oyó una voz decir, como por teléfono, «Planta tercera»; e abriéronse las puertas e salimos a otra sala que daba entrada a dos largos y anchos pasillos. Acercóse a mí don Fernando, e con la su voz cansada, dijo: “Está en la trescientos cuatro”. E díle las gracias por aquella información, mas no sabiendo muy bien a qué se refería aquel número, pregunté a Su Ilustrísima, e dijo éste:

Sepa vuesa merced, que aquí como en los hoteles que habéis visitado, tiene cada habitación un número; y es el primero dellos el que indica la planta donde se halla; así pues, está en la planta tercera y en la habitación cuatro, que puesta en números es la dicha. Y estoy muy acostumbrado, por mala desgracia e por mi dedicación a esto de curar almas, a visitar muchos hospitales; y nada bueno en ellos se ve, os lo aseguro, que está aquí todo aquél que algún mal adolece e otros que pasan de estar enfermos a mejor vida; e los que venimos a verlos, como así debe hacerse por caridad, tampoco muy bien andamos, que a nadie apetece estar rodeado de gente que pena; y los médicos que veis que ni sentir ni padecer parecen, es que han experiencia en el arte del disimulo, pues también sufren. Mas estad tranquilo en eso e no andéis preocupándoos por cómo están los demás si no queréis pasar el resto del tiempo en sufrimiento, pues, según Dios Nuestro Señor ha querido, no venimos a visita de caridad a enfermo ni a últimas horas, sino a ver a quien ha renacido; e ya esto es motivo de gozo para todos”.

Así será – le respondí -; no tengáis cuidado, que la sola idea de saber que no ha llegado esta cosa a otra, ya me tranquiliza; mas es la casualidad que a veces nos trae el destino, la que hame turbado un punto, pues tiene esta habitación entonces el mismo número que la que hubimos en el parador de San Marcos”.

En Sevilla y en la mañana del veinte y cuatro del año de dos mil e cinco.

24 diciembre, 2005

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (y 3)

yéronse fuertes ruidos de cascabeles que llegaban de la esquina de la Calle de Argote de Molina, y en oyendo esto, salió Marino corriendo creyendo iba a ver a aquel mensajero de la Navidad que trae los regalos e ilusiones a los niños. “¡Aún no ha llegado la Navidad!”, gritó doña Nicolasa al joven. Pero no somos los adultos menos curiosos que los niños, e le seguimos, pues aún sabiendo que las tradiciones nosotros mesmos las creamos, nosotros mesmos las creemos.

E grande fue nuestra sorpresa, pues movíase una grande carroza de colores rojos con hasta seis blancos caballos enjaezados e con grandes cascabeles cantarines en la esquina de la calle; e por Estrella bajamos el tramo hasta la carroza, e vimos bajar de ella a un hombre bonachón, de ricas ropas, e tomaron los criados sus bultos por entrarlos a la casa; e miraba el joven vasallo con los sus ojos más abiertos que nunca a aquel hombre sonriente: “¡Es Papá Noel!”; mas insistía su madre – no sin asombro en su rostro – que cosa tal no era posible: “¿Qué habéis preparado capitán?, que ya empiezo a conoceros”.

Fue grande e ceremonioso el recibimiento, pues bajó del coche una mirada que yo conocía de ciudad cercana e miróme con picardía, e tomando en sus brazos al pequeño Marino, narrándole historias subió hasta la casa, mas hubo que sentarlo una pieza en cómodo sillón, que los años no pasan en balde para obispo alguno. Descansado luego, tomó unas sacas rústicas e abriólas ante la mirada de esperanza del niño e le dijo:

No es posible ver a Papá Noel, pues en la noche se esconde, e trae los regalos y la felicidad en coche como el que traigo, que volando en trineo tirado por renos suele aparecer, mas estando en Sevilla y no viendo aquí la nieve más que acumulada en neveras, habrá de cambiar esos renos por caballos blancos como estos. Aquí pues os traigo un mensaje dél, que como no ha de venir hasta la misma noche de Navidad, quiere adelantaros alguna cosa de mano de su servidor, el emisario; tomad de esta bolsa cuanto en ella viene, pues vuestro es todo”.

Y el niño estaba embelesado mirando cuanto la saca traía e decíame el obispo ijadeando:

A fe, capitán, que si me pidiérais otra vez venir a Sevilla, no sé qué cosa iba a trazar por ser sorpresa, que también nosotros necesitamos alegrías que compensen los males, y en ello he puesto cuanto empeño he podido; e no digáis ahora que falta detalle, que bien os conozco, mas mejor conozco la historia de Papá Noel y a ella me ajustado”.

¿Qué decís? – repuse – Si tan bien conocéis la historia deste personaje ¿por qué no habréis de contarla a Marino? Sepa vuesa merced que no podéis mejor haber atinado al hacer tan grande esfuerzo por traer ilusión, pues mala noticia os tengo en reserva y razones della he de daros porque es de cumplimiento, no por ser de mi gusto, que ha intentado don Marcos acabar son su vida y en el hospital está ahora recuperándose de tal despropósito. No tengáis cuidado que todo está bien atado, mas necesito ahora vuestro valioso ayuda”.

Así, pasamos el resto del día hasta la hora de la cena e fue el mismo obispo quien llevó al pequeño a su habitación e díjole debería dormir tranquilo por ver cómo dentro de dos días vendría el verdadero Mensajero de la Navidad.

E fueron las cosas luego muy distintas, pues quedóse la madre con su niño e partimos nosotros al hospital; mas antes de salir, tomé de mi equipaje los remedios que siempre llevo a provisión, que aunque estos médicos tienen buenos métodos para curar ciertos males, tampoco vendría mal algún ayuda que los reforzare.

En Sevilla y a veinte y tres de diciembre del año de dos mil e cinco.

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (2)

iraba en derredor los rostros de las gentes que allí esperaban acaso a otro familiar enfermo o accidentado, y entre ellos los había con gesto grave, en llantos e también enfermos, que en esto no he duda con una sola mirada. Estaba la sala llena de tristeza que podía notar en la piel. Sonaban musiquillas de móviles por doquier e oíanse voces de dolor entre otras que murmuraban. Pasó entre nosotros una cama con ruedas e quise ver en ella a una mujer maltrecha e sin conciencia; e toda ella iba con cordones como atada y unos a modo de tubos, e gritaban los médicos porque se apartase la gente dejándoles paso franco, mas ya había visto yo en su rostro asomar el aviso de sus últimos momentos. Descubríme, púseme en pie y así permanecí, pues advertí estar en un lugar donde la muerte pasea muy a menudo.

No era posible en tal estancia haber conocimiento del paso del tiempo, e no sé cuándo – aunque parecióme larga la espera – apareció don Fernando ya con vestimenta verde e gorro, como uno otro médico más; e no parecióme ver en su cara alguna buena noticia. Mucho habló e poco entendí, mas dijo estar don Marcos ya «fuera de peligro», que no entendí aquesto de que en peligro alguno se pudiese entrar, sino que la vida parecía habérsele salvado. Con esto, me tomó por el brazo e nos entramos en otra sala diciendo no era posible entrar a la tal sala «uci» sin permiso adecuado del doctor de aquel hospital. E ya entrambos a solas, aconsejóme volver a casa por hacer buen recibimiento a don Juan, restar en la casa unas horas con los invitados e, si fuese mi deseo, volver más tarde a aquel lugar pero con ropas modernas, pues tal vez fuere posible hacer visita a don Marcos; e advirtióme ser desatino nombrar lo sucedido en casa, sino decir que había un problema que tendría su solución. Acepté lo propuesto por mi sobrino e llevóme éste hasta afuera del lugar, pidió a un cochero me trujese a mi domicilio e pagó el viaje antes; y en todo aquel viaje no hubo palabra alguna.

Me entré en la casa y llegóse a mí Chuti, que esperábame con ansias de saber lo acontecido, e preguntéle si se hubo hablado algo de aquello e di orden de no manifestar siquiera preocupación, por estar don Marcos con la persona al efecto. Pasé luego al comedor e hubimos algunas pláticas con el pequeño, pues estaba don Juan en camino y pronto a llegar e traería un regalo al joven vasallo:

Capitán – dijo el pequeño -, ¿han de tardar mucho estos hombres en venir con el cura?, pues aquí sentado me llega el aburrimiento”.

E terció doña Nicolasa:

“No estorbéis de forma alguna al capitán agora, que mucho tiene que preparar y en ayudarle deberíais poner vuestro empeño”.

No ha de ser así – le contesté –, que al gabinete pasaremos y hay allí muchos «deuvedés» esperando a que Marino los vea y escuche, que con estos discos mucho se divierte y se aprende. ¿Os gustaría tal, mi pequeño vasallo?”.

Pregunté luego a la servidumbre si no habría en la salita cosa alguna que no debiera ver el niño e fuéme asegurado que todo estaba como era menester. Con esto, cruzamos el patio hasta el gabinete, pues estando allí sentados, estaría el niño de más contento y nosotros más atentos a la llegada de Su Ilustrísima. E tomando aparte un instante a la madre, advertíle tener don Marcos un problema pasajero e no debía haber preocupación alguna ni habría de hacer comentario sobre lo sucedido.

Así pues, pasamos el resto del tiempo hasta recibir el aviso de la esperada llegada.

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (1)

sperábamos la llegada por la tarde de don Juan que sería traído a Sevilla por un cochero que bien le conoce, pues siendo Ronda ciudad grande e importante, conócense todos como una sola familia. E prometióle este hombre ayudarle a preparar todo el viaje e dejarlo en casa.

Salió don Fernando por la mañana a hacer visita a colega que en la Plaza de Molviedro vive, e puede irse hasta allí en agradable paseo. E así el resto de los reunidos y yo salimos a dar un paseo por que conociesen éstos los lugares más cercanos a la casa. Subimos hasta la Calle Pajaritos y bajamos por ella hasta la Plaza de San Francisco, donde se halla el Ayuntamiento de esta ciudad. Vovimos luego de espacio subiendo por la Cuesta del Rosario hasta la Plaza de la Alfalfa e de allí hacia Cabeza del Rey don Pedro, donde se halla hornacina en alto con cabeza de piedra que al rey don Pedro representa, e dispuesto estaba a referir la historia de tal lugar, cuando dijo don Marcos encontrarse mal, e mirándole a los ojos, no advertí cosa alguna. Y con esto me dijo:

No se preocupe vuesa merced, pues fue un vahído sin duda e ya pasó por ventura, mas me gustaría volver a la casa pues no me veo con fuerzas para seguir paseando. No habréis de tener cuidado, que sé que subiendo por esta calle Corral del Rey, a la casa se vuelve sin dificultad. Seguid pues vuestro paseo e allí os esperaré”.

Insistir no quise en que quedárase, pues aún no encontrando motivo de malestar alguno, sé que a veces apetece uno soledad más que otra cosa, mas no hubo pasado mucho de su partida, cuando propuse a doña Nicolasa volver y salir más tarde. No quería Marino subir por una calle, sino por otra, mas convencílo de ello poniéndolo sobre mis hombros e mostrándole de cerca la cabeza que casi se esconde en aquel lugar. Subimos luego en pláticas hasta la entrada de la calle, e siendo tranquilo aún este lugar, oyó el servicio mi voz; e mirando al portal, advertí que esperábanos Chuti con grande impaciencia e hacíame gesto de apresurarme por llegar e mostraba su rostro turbación. Viendo esto, dije a doña Nicolasa esperase en la esquina hasta que fuese avisada, pues no quería que el niño oyese cosa alguna que no debiera, e acercándome calle abajo, subía Chuti con priesa hacia mí diciendo a media voz e con rapidez:

¡Por ventura llegáis, señor!, que ha venido el señor don Marcos con la tez blanca e pareciendo no oír lo que le decíamos; y en entrando en la casa, sentóse a la mesa de camilla del gabinete y he mirado por ver que no se metieran las faldas en el brasero por no haber desgracia y echado sobre la mesa parece enfermo, e bien ventilada está la pieza, que no es posible se haya atufado con los gases. Pasad señor cuanto antes e miradlo vos mesmo”.

Ordené con esto entrase a la madre y su hijo al comedor e sirviese alguna cosa al pequeño e también dije no debería éste oír cosa alguna de lo acontecido.

Al entrar en la estancia, que entre penumbras se hallaba, víle con sus brazos extendidos y la cabeza sobre la mesa, y junto a él, descubrí un frasco de medicina y un vaso de agua casi vacío. Pensando en cualquier otra cosa menos en un dolor de cabeza, di aviso al móvil de don Fernando, e cuando referíle la escena, me pidió le leyera el nombre del frasco que contuvo la tal receta, e haciendo esto, pidióme avisar al servicio de estar preparados para la llegada de los médicos que acuden en estos casos, pues sin duda alguna, intentó don Marcos quitarse la vida con tales tósigos. Mas vi yo respiraba lento, como dormido, e no parecióme haber conseguido lo que en su cabeza llevara.

Vinieron los doctores dentro de cinco minutos e fuéme dada la orden de salir de la sala; después, salían a priesa con él en una camilla; e oí sonar con gran estruendo el gran coche que se alejaba.

No quise pasar al comedor y en el patio esperé un minuto que me pareció eternidad hasta que apareció don Fernando e dijo tenía un coche esperando, pues habríamos de ir a lo que llamó “Urgencias del Hospital Virgen del Rocío”. Dijo al cochero fuese a priesa y al hospital llegamos dentro de otros diez minutos y, entrando en una sala llena de gente que parecía casi toda enferma, preguntó por el abogado e nos fue dicho que estaba en lo que es llamado la «Uci».

E siendo él doctor, pudo pasar por unas puertas e pidióme esperase en la sala pues habría de volver a decirme lo ocurrido. Y en una de aquellas incómodas sillas sentéme e dispúseme a esperar.

22 diciembre, 2005

De los días de la paz: Primero en Sevilla

osa alguna principal aconteció en el viaje en la tortura veloz que llaman ave, aunque mucho se habló de nuestras vidas, pues cada cual muchas cosas había que referir. Así, Madre e hijo dieron razones de su solitaria vida en Plasencia; de cosa alguna podía hablar don Fernando sino de su trabajo, pues todo el día dedícase a sus enfermos y vida triste parecióme ser la que pasa junto a enfermos e muertes, mas aseguró se vive esto como vocación e no como obligación; algunos detalles de mi vida hube de dar sin manifestar cosa alguna sobre lo aún no descubierto; y el casi completo silencio de don Marcos advertimos, mas ninguno de nosotros quisimos dijese lo que no parecía querer fuere conocido.

Nos esperaba el servicio en el patio, cerca de la cancela que cierra la casa dejando sin embargo pasar el aire fresco que en verano es alivio. Fueron los criados a por los bultos al coche, después de que abrieron la puerta de la cochera, que aunque no era usada, se había preparado para esta ocasión, pues muy estrechas son estas calles de Sevilla y sitio no hay donde parar el coche. Pasamos todos por el vestíbulo hasta el gabinete, que no está dedicado sino a sala de estar e cual bufete o escritorio o recibidor, pues tiene puerta directa al patio e muy cercana a la entrada principal.

Observé al punto cómo húbose instalado una conferencia en una de sus paredes, junto al bargueño que aún uso como lugar donde escribir e que se encuentra frente a la mesa de camilla rodeada por cómodos sillones donde descansamos una buena pieza e calentamos nuestros pies en el brasero de la mesa (que es aquí llamado copa) y que aún teniendo los sistemas modernos para calentar la casa, seguimos usando.

Con esto, y siendo de por mí de natural impaciente para ciertas cosas, quise haber mi primera conferencia con Su Ilustrísima, de forma tal, que tuviésemos todos con él unas pláticas. E, por primera vez y como cosa nueva para mí, llamé a don Juan por teléfono e no tardó éste mucho en contestar. Oíanse como fondo los cánticos del los niños del Colegio de San Ildefonso, que aún cantaban los premios de la lotería que viénese jugando en España desde hace casi dos siglos e de una forma muy parecida. En esto, quedóse asombrado don Juan de mi llamada e de mis palabras ajustadas al uso e le pregunté si sería posible haber conferencia. En pocos minutos, sonaron las chirimías como las de la casa de don Fernando al iluminarse la ventana luminosa (o pantalla). Y allí, sentado también en un sillón, apareció la sala de la casa de Ronda y don Juan, que en el centro se hallaba sentado y comenzó diciendo:

Nuestra Señora Santa María a todos os bendiga, pues mucha gente veo ahí reunida y en bendiciones y saludos puede irse el tiempo, aunque déste no ando falto, que hasta la hora del almuerzo no pensaba hacer otra cosa sino leer. Buenas tardes tengan vuesas mercedes todas; capitán y sobrino, que tanto me alegra de veros en Sevilla y en vuestro gabinete, donde años ha que no entro; don Fernando, nuestro sobrino y médico que de tan útil nos ha sido en esta empresa y que no diría yo que tan bien como el capitán os conserváis mas se os ve siempre igual, como si los años por vos no pasaran y no como este servidor vuestro, que va entrando en los años llamados de júbilo e que de tanta alegría no son, que empiezan las doleras (que dicen a los achaques) y todo es calle cuesta arriba; ¡ay, don Marcos! Gallardo como siempre, ¿qué manifestaros sino mi admiración por la forma en que habéis actuado para conseguir lo que imposible parecía? Bien llegado seáis a Sevilla y bienvenido seáis en su momento a esta humilde morada de Ronda; e veo ahí al lado al pequeño vasallo del que un pajarito hablóme ciertas cosas y que no suelta su nuevo muñeco mas no sabe tal vez que en viniendo a esta Ciudad de Ronda encontrará otro muñeco más que la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo dejará ahí, junto a ese humilde belén, e ¡sabe Dios si el paso de los Reyes Magos por esta casa dejará alguna otra cosita para él!; y doña Nicolasa, ¿qué decir de vos sino felicitaros por vuestra entereza en los momentos difíciles, que ya veis que bien es cierto que Dios aprieta pero no ahoga, aunque alguna marca deja, eso sí, mas con marca o sin ella, pues seguro estoy de que ha de curarse el dolor del espíritu tanto como el del alma, también querría ofreceros mi casa por si tuviéredes a bien hacer visita a esta ciudad e a este humilde servidor de Dios Nuestro Señor y de vuesas mercedes. Parece así reunida toda una familia donde nadie es familiar de nadie y todos lo son de todos, y si no dejo de hablar me pasará como siempre, que de andar haciendo incisos uno tras otro, el momento llega en que ni yo mesmo se por dónde voy. Debe ser esto costumbre de rellenar tanto sermón a veces innecesario; excusad mi perorata”.

Son la palabras de Su Ilustrísima - dije – como bálsamo, e no como huero discurso, sino que a todos llegáis y a todos lleváis. E quería yo esta conferencia hacer no sólo por veros, sino por oír vuestras sabias palabras, que todos entendemos y a todos nos confortan. Quisiera, sin embargo, estuviéredes aquí en verdad e no asomado a esta ventana, que aunque nos acerca, nos recuerda estamos en lejanía. Invitado estáis a pasar unos días en esta mi casa, que Su Ilustrísima ya ha puesto asaz la suya, e no está tan lejos Sevilla de Ronda ni es menester aprestar tanto equipaje ni haber mucho tráfego, sino que de puerta a puerta podríais venir, pasar con nosotros esta Noche Santa como si en familia os encontraseis, e luego iríamos todos a Ronda, que es cosa que no podemos excusar”.

¡Ay, sobrino, cómo me tentáis, que ni el mismísimo diablo sabe hacerlo! Mas es ahora dificultoso de aquí arrancarme, que se acostumbra uno a unos usos e luego difícil es dejarlos”,

Mas intervino Marino, que al ver a aquel hombre bonachón que le prometía un regalo, dijo querer conocerlo.

En Sevilla y a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e cinco.

21 diciembre, 2005

De la invitación escondida en mi mente

irábame don Marcos con curiosidad, como queriendo acaso descubrir en mí algún pensamiento oculto, mas no hacía yo caso a esto. Así, viendo no decía yo palabra alguna, dijo él:

“¿Por qué no decís lo que pensando estáis? Sé qué os tiene llena la cabeza e quisiéredes manifestarlo a alguien, mas ¿no podéis o no queréis a mí decírmelo?”.

Todos tenemos la cabeza llena de pensamientos – dije -. ¿Sabéis de algún momento de vuestra vida en que no hayáis estado pensando en nada?”.

No es esto lo que os digo – repuso –, e bien lo sabéis, mas no queréis decirlo tal vez por no estar seguro de ser cosa atinada, que bien pudierais pensar que lo que se os antoja capricho pudiere ser estorbo para otros”.

A fe, querido Marcos – respondí -, que en poco tiempo os habéis acostumbrado a conocerme, pues en mi cabeza da vueltas una idea e no sé si debería hacerla realidad”.

No haced nada – continuó – si de ello no estáis seguro; no quisiera obligaros a hacer lo que os sería de disgusto; mas creo que así no es, sino que esto que pensáis quisiéredes hacer”.

E contesté brevemente:

Como lo pensáis es”.

Con esto, tomó en su mano el móvil e hizo una llamada. Habló con quien yo ya sabía iba a hablar, e diéronse detalles que yo ya tenía en mi pensamiento. Cuán asombrado empieza a dejarme este don Marcos, que de abogado terco se ha trocado en complaciente amigo, pues no ha hecho otra cosa sino invitar a doña Nicolasa y Marino a pasar con nosotros, como en familia, estas fiestas en Sevilla. E la respuesta a esta oferta ya la sabía, pues estando nuestra amiga viuda e no teniendo otra familia con quien compartir gozos y pesares, aceptó hacerlo con nosotros. Así, dispusieron venir a Madrid hoy mismo, pues partiremos mañana para el Andalucía. E al colgar a la señora – sigo sin comprender esto de colgar a tanta gente inocente – dióme razones de cómo Marino hubo gritado de haber gran gusto en venir con su capitán.

Cosa tan fácil – dijo don Marcos – no sé cómo os parece tan dificultosa”.

Y en esto, sí había cosas que don Marcos no sabía e, acaso, nunca supiere.

En Madrid y a veinte y uno de diciembre del año de dos mil e cinco.

20 diciembre, 2005

Del orgullo y la soberbia

legó anoche don Fernando a hora tardía e con gesto grave, diónos saludo e pasó a sus estancias. Al poco, déllas salió e sentóse junto a don Marcos; e no decía palabra ni mirábanos. E viendo yo y pensando que sintiérase molesto por lo ocurrido por la tarde, oblíguele a dar razones, diciéndole:

A lo que veo, don Fernando, o poco habéis que decir o mucho que no es de vuestro gusto”.

Pidió al servicio algo caliente de tomar por aliviar el frío, mas también por haber tiempo de pensar cuál sería la respuesta; mas tan claro era lo que tenía que decir, que hasta don Marcos sabía qué razones dar:

A fe, don Fernando, que médicos y abogados pecamos de cosa tan triste como son el orgullo y la soberbia, pues es claro – no nos engañemos – que no permitimos que quien no ha estudiado ni examinado materia alguna, pueda darnos liciones de cómo deben hacerse las cosas; e colijo no admitís que ni capitán ni médico principiante puedan saber más que vos. Por tales cosas he pasado y así he obrado; equivocadamente, desde luego. Mas dello habéis de sacar lición, que no ha ido el capitán pregonando mercancía alguna a buen precio, sino que se le ha pedido la done; y esto ha hecho”.

Inmediata fue la respuesta de don Fernando:

Más que orgullo – y sin duda soberbia – es tristeza lo que siento, pues hubiese sido de mi gusto poder usar yo mesmo tales conocimientos para bien de los demás”.

Puse entonces mis palabras por si ello aclarase algo de lo sucedido:

El nombre científico de lo que en el doctor Pineda habéis descubierto me es desconocido; para eso están los doctores que son los que todo esto han estudiado, e nunca he de poner en duda salvan vidas. Mas no las salvan por saber el nombre del mal, que no sé cuál es el que dais a esa piedra que en el riñón se esconde e tanto adolora al que la padece, que quiere antes morirse que volver a sentir tanta fatiga. Este mal podéis curar, pues duda alguna me cabe de que sabéis e podéis hacerlo”.

Así, me miró don Fernando sonriendo, mas con sorpresa, sorbió un poco de caldo caliente e dijo:

Orgullo, sí; debe ser eso, pues nadie os ha dicho que lo que tiene este doctor es algo parecido a una piedra que en el riñón se forma; mas llamamos nosotros a esto «cálculo renal»; e será curado. Ahora he de reconocer el valor de vuestra ciencia como vos reconocéis el de la mía e admitir que no se aprehenden las artes, sino las técnicas que han de usarse, pues quien no nace con el don de crear, a otras cosas debe dedicarse. Con esto, os doy mi agradecimiento por la ayuda prestada e os manifiesto mi admiración por el don que tenéis y habéis despertado en el doctor Menéndez”.

Lástima – concluí – que tengamos que partir a pasar las fiestas en Sevilla y poco vayamos a volver luego a Madrid, mas fe tengo en que Menéndez sabrá cuidar lo descubierto en sí, hacerlo crecer e darle buen fin. Dediquémonos pues cada uno a nuestros menesteres, que así Dios lo ha dispuesto”.

En Madrid y a veinte de diciembre del año de dos mil e cinco.

19 diciembre, 2005

Del cónclave de los doctores

cupó la mañana don Marcos en la entrega de todo lo necesario para dar cumplimiento a cuanto trámite húbose realizado, quedando así las cosas como advirtióme don Juan; e a éste habría de ir a visitar por hacerle entrega de lo que le pertenecía.

Quise hacer hoy conferencia con aquellos que estaban lejos, mas había mi sobrino, don Fernando, preparado el cónclave de los médicos, que según me manifestó, no era tal, sino lo llamado «debate» – que más me sonaba a batirse que a hablarse - donde acudirían primero cinco médicos como le pedí, yo mesmo como para dar razones y él como «moderador», que parecióme puesto de bajar humos más que otra cosa alguna.

Llegada las cinco de la tarde, entramos en la sala del hospital de Gregorio Marañón. Sentáronse a un lado de la larga mesa cinco hombres de bata blanca, a un extremo don Fernando y frente a los cinco, un servidor; e sólo con tenerlos cerca, ya veía yo no haber persona allí preparada para lo que habría de manifestar.

Todos ellos tenían papel para anotar cuanto dijese e había también dos estuches portátiles; uno dellos de un doctor y otro de don Fernando. E así habló el moderador:

Señores, frente a vuesas mercedes hállase el Capitán Alacaída, del cual hablar habéis oído ya por lo hecho con el niño Marino García Rodríguez, de seis años de edad. E como estos e otros muchos datos ya se han hablado, quisiera dejar al capitán, nos diere una primera charla a modo de introducción al tema. Capitán – se dirigió a mí -, sentados tenéis ante vos a los doctores Andrade, Calvo, Pineda, Otero y Méndez, por si alguna palabra quisiéredes decirles antes de comenzar. Comencemos pues”.

Mas mirando yo los rostros de aquellos doctores, supe no había en ellos alguno que pudiere comprender el tema que a tratarse iba, e pidiendo mis excusas, quise tener una corta plática aparte con don Fernando, e así se me permitió:

No puedo hablar a estos doctores – le dije en otra sala -; sólo su rostro, una sensación que percibo de todos ellos, me dice que no hay persona aquí que aprehender pueda los conocimientos que guardo”.

“¿Acaso decís que ni yo mesmo soy persona capaz de aprehender tales cosas? – dijo con enojo -. Dígame pues vuesa merced quién puede aprehender esta ciencia mejor sino los mejores doctores que han pasado examen y que en Madrid ejercen, pues no sois vos un doctor y lo habéis hecho”.

No es ésta ciencia que pueda aprehenderse – dije con sosiego – sino por aquellos que tienen en su mente un don que no se aprehende en leyendo ni ha de pasar examen alguno. Mostradme pues a otros cinco doctores, que no creo que entre diez dellos no haya uno que sí lo tenga”.

“¿Qué cosa decís? – contestó con gran enojo - ¿Pensáis acaso que voy yo a decir a mis colegas que no han suficiente preparación para saber lo que vos sabéis?”.

Eso no he dicho – aclaré -, sobrino, sino que yo mesmo he de darles razones, pues no sabréis vos tampoco qué decirles”.

Con esto, e disimulando su enojo, volvimos a la sala e tomamos asiento, e así dijo don Fernando:

Estimados colegas, creo necesario que el capitán dé antes ciertas razones, e mucho temo no sean de total agrado para nosotros, mas pienso que habiéndose ofrecido él mismo a este debate, han de ser cosas importantes de oír”.

Entre los doctores hubo confusión e algunas se dijeron unos a otros en baja voz, e terminada aquella agitación, les dije:

Nadie va a negar seáis doctores principales; mucho menos yo, que no he pisado la universidad sino para otros menesteres. Mas el tema que nos trae a este debate, no es ciencia que se estudie, sino con la que se nace e dormida está; y es menester despertarla. Y esta mesma ciencia está dentro de mí y es la que permitió que ciertos conocimientos en mí se acomodasen, como maravilloso huésped; y es también la que me permite saber con sólo una mirada, que no hay aquí persona alguna nascida ya con ella dentro. Así pues, inútil sería cualquier lición que os diera, pues están vuestras mentes bien preparadas para unos saberes, pero no para otros. Ruego con esto no se tenga en cuenta lo que digo como desprecio u ofensa, sino como lo que siento; mas sabiendo que oír cosas así produce fatiga, dispuesto estoy, si don Fernando lo está, a ponerme frente a otros cinco médicos estando vuesas mercedes presentes. Desta forma, todo habrá de quedar bien claro”.

Oyéronse murmullos entre ellos e veíaseles como insultados porque un capitán diera liciones a unos doctores. Así, pedí a don Fernando hiciera pasar a otros cinco doctores más, aunque no fuesen éstos tan principales; e más por lavar su orgullo que otra cosa alguna, salió de la sala unos minutos mientras uno de aquellos doctores, se levantó con grande soberbia e partió por otra puerta.

Volvió al poco con otros cinco que entraron en la sala confusos, pues no sabían bien qué cosa les esperaba allí. E dijo don Fernando a éstos permanecieran cerca de la mesa e quién era yo. Con esto, miré unos ojos obscuros:

Vuesa merced puede ayudar a muchos en sus sufrimientos”.

Era el doctor Menéndez.

Me levanté del asiento sin decir palabra alguna e acerquéme a él de espacio, e al ver me dirigía a él, exclamó:

¿Qué cosas sabéis que no alcanza mi conocimiento a razonar? Pues entiendo razones que me dais ¡y no habéis hablado!”.

Así es – le contesté sereno -, señor doctor, que además de haber examinado en vuestras materias, tenéis otra dormida y habrá que despertarla. Decid ahora, si no os incomoda, qué cosa veis en los presentes”.

E mirando a los ojos del doctor Pineda, mudó su rostro, se acercó por su espalda, puso su mano diestra en su hombro e dijo:

Tiene este cuerpo un mal que va a producir grandes dolores e menester sería hacer pruebas por saber es cierto lo que digo”.

Cierto es – aseguré -, mas no hemos de decir nosotros de qué mal se trata, sino que han de usarse estos artilugios modernos por saber de qué adolece. En vuestras manos está el remedio, doctores, que cosa grave no es”.

E saliendo luego por la puerta, dije a don Fernando me tornara a llevar a casa.

En Madrid y a diez y nueve de diciembre del año de dos mil e cinco.

18 diciembre, 2005

PARTE SEGUNDA

ase completado así cuanto viaje habíamos de realizar por llevar a cabo la empresa que encomendóme don Juan de Lobo, mi tío e obispo retirado de la Ciudad de Ronda. Dificultoso ha sido el encuentro con don Pablo Pérez del Olmo, que más que hombre diríase bestia infernal heredera de todos los males que a mi familia acaecieron e de los muchos e graves sufrimientos que hame hecho padecer. Mas habiendo encontrado el ayuda de mi sobrino, don Fernando Vázquez y Cabeza de Vaca, y la compañía de su abogado, don Marcos de Ruiz e Pareja – ahora mi valido y amigo para siempre -, todo esto resuelto ha quedado.

Quedan ahora por alumbrar misterios ocultos, pues todos estos que hanme acompañado e conoscido hasta ahora, quieren saber, tanto como yo, el misterio que hace que mi vida sea luenga e parezca detenida a mis treinta y dos años; y de esto tengo en la memoria recuerdos que, con la nueva ayuda de Dios y mi compañero y la mano de Su Ilustrísima, mi tío, habrán de ser sacados del obscuro lugar en que se encuentran.

El viaje de vuelta desde León a Madrid, comienza por tanto otra etapa y quiero sea esta tan bien conoscida como la anterior, e así he de escribir día a día – siempre me sea posible – cuanto suceda.

Yo, Marino Alacaída y González Cabeza de Vaca, El Capitán Alacaída, hijo de Atlacatl, Señor de Cuzcatlán, y de doña Jimena Núñez Cabeza de Vaca, noble dama jerezana, pienso descubrir, e sin duda alguna habré de conseguirlo, todo aquello que es misterio aún a mi alrededor.

Así se cumpla con la ayuda de Dios Nuestro Señor.

En Madrid y a diez y ocho de diciembre del año de dos mil e cinco.

(Día de Nuestra Señora de la Esperanza)

17 diciembre, 2005

De un día de merecida holganza

río sábado en León, para andar en paseos, que hemos ocupado en otros asuntos sin del parador haber la necesidad de salir, pues sentados en los cómodos sillones de la taberna, hubimos algunas pláticas más por aclarar aún ciertas cosas.

Sería menester saber, principalmente, si terminada la empresa que tanto tiempo nos ha llevado, sería al momento de hacer visita a don Enrique Vargas, pues como bien dijo don Marcos, bien cerca están ya las fiestas de la Natividad e habría que celebrarlas en algún sitio; e pensando yo que don Fernando hállase no muy acompañado ni ocupado en estas fechas, bien pudiésemos pasar estos días en mi casa de Sevilla, pues demasiado tiempo lleva privada de mi presencia. E así, en oyendo esto, propuso don Marcos:

Es de mi gusto lo que decís, pues podéis haber encuentro con los tales médicos y partir luego ambos con vuestro sobrino a Sevilla, que he de confesaros no conozco como quisiera. E si aposento hubiere para estos invitados, un placer sería pasar algunos días juntos en aquella ciudad”.

“¿Cómo no he de tener un sitio en mi galpón – apunté – que agradaros pudiere? Estancias sobran e comodidades, e buen servicio tengo que ha de trataros como a mí me trata; e bien se puede pasear casi todo el día por la ciudad, pues aún siendo frío el tiempo, más os parecerá estar en primavera que otra cosa”.

E tanta ilusión fizo a don Marcos conocer mi casa, que llamó por teléfono a don Fernando e quísole hacer tales proposiciones; e tal como lo pensó, lo hizo, aunque dudó mi sobrino en dejar en Madrid a alguna otra parte de la familia. Mas todo el trazado habría de hacerse en Madrid, que no pudiendo restar en casa todos los días, algunos sí iría a pasar con nosotros.

Hubimos un especial almuerzo por considerarlo el último en el parador, pues al día siguiente todo serían preparativos e viajes. Con esto, nos despedimos también de don Manuel, el metre del comedor, e vi a don Marcos entregar con grande disimulo alguna cosa en su mano cerrada, e fue del gusto del metre, que aun sonriendo todo el tiempo, más sonriente se mostró con este gesto.

Un día de holganza ha sido, pues, que también habíamos necesidad de estos descansos e aún había mucho camino que andar.

En León y a diez y siete de diciembre del año de dos mil e cinco.

16 diciembre, 2005

De la primera llamada por teléfono

yuntados estaban ya todos los documentos necesarios para concluir esta empresa, e no era menester sino entregallos en Madrid, así tendría don Fernando lo que le correspondía, don Juan lo pedido (que poco no era) y yo lo hallado (que más era de lo esperado). Mas quise yo conocer a don Enrique Vargas, pues quedaba en mi mente la curiosidad de encontrarme cara a cara con quien era el que habría de entregar muchas destas cosas. E a entregarlas no se podía ni quiso negar, sino que dijo entregaría cada cosa tal como se le fuere pidiendo.

E siendo ya viernes, que acaba la semana de labor, decidimos restar en León acomodados en el parador para volver el domingo a Madrid. E desta forma, aconsejóme también don Marcos hubiese siempre preparado mi teléfono, pues uso dél debería hacer yo e no andar dependiendo de cualesquiera que me rodearen para poder usarlo. Así, tal como me dio liciones de su uso, nos sentamos en el escritorio pequeño y aconsejóme usar las palabras adecuadas para él, pues dijo no se da «aviso a un móvil», sino «se llama por teléfono a alguien»; el rol que aparecía en la pequeña ventana luminosa, debía ser llamado «la agenda en pantalla»; e aquellos pequeños dibujos apuntados díjome eran flechas (aunque más parécenme puntas que otra cosa); terminada la llamada a alguien, púlsase la tecla pequeña con el dibujo rojo que termina la plática o «conversación», e a esto se llama «colgar», que más paréceme que colgar a alguien por haber hablado con él, es castigo asaz severo. Así todas estas palabras fui aprehendiendo, que no hay en mí cosa que parezca difícil aunque sí perécenme de nombre poco apropiado.

Por hacer algunas pruebas, puso don Marcos en mi «agenda» todos los nombres de personas principales a los que yo quisiere alguna vez «llamar», e hice luego una prueba «llamando por teléfono» a don Fernando:

Hola sobrino (es el saludo) – dije -, dispuesto estoy ya para usar este artilugio cuantas veces sea menester e como lo sea, pues hame mostrado don Marcos algunos secretos más déste. Pronta será nuestra visita; ¿y cómo os encontráis?”.

A fe, capitán – contestó – que creí que no erais vos quien llamaba, pues aún saliéndome vuestro nombre aquí, hame sorprendido la destreza que ya tenéis con el móvil”.

Pues bien habréis de saber, sobrino, que yo mesmo sé encenderlo, elegir el nombre en la agenda con las flechas, enviar la llamada, contestar, poner el altavoz porque lo oigamos todos, despedirme y colgaros; e siento tenga que decir esto de «colgaros», que no me hallo en decirlo”.

Rióse con fuerzas al oír mis razones e prosiguió:

En verdad sois vos quien llama y desta forma me habla. Bien pronto habéis progreso en estos menesteres y…. prometisteis haber reunión con los doctores al venir, no olvidaros desto, por ventura”.

Así se hará – espeté – que en llegando a Madrid, el mesmo lunes podréis hacer ayuntamiento de médicos e daré cuantas razones me sean pedidas, mas…. daríaos yo un consejo, pues no quisiera tener frente a mí a más de cinco destos doctores en el primer cónclave, e ya se haría otro si ello fuere necesario”.

Así lo pedís – dijo luego - e así se hará; no tengáis cuidado, pues soy yo el que en esto mando”.

Vale, vengaaa; hasta luego, dió”, terminé y le colgué (muy a mi pesar).

Rióse don Marcos al así oírme hablar, e desto no tuve mucho gusto:

Habrá que hacer mejor alguna «cosina»”, concluyó.

En León y a diez y seis de diciembre del año de dos mil e cinco.