04 agosto, 2009

AVISO IMPORTANTE


ste blog dejó de publicarse temporalmente por motivos ajenos al autor, pero seguirá adelante pronto.





Una noticia interesante:
Existe algo llamado el "Blog Day" que se hace el día 31 de agosto. Ssegún las fuentes leídas, se escogío este dia porque al escribirlo en números, 3108, se asemeja a la palabra BLOG. Entre otras actividades, hay que visitar 5 blogs y comentarle al autor que lo has visitado en el Blog Day.

A continuación está parte de la lista de los 5 blogs más visitados ese día. Gracias a todos.

  1. Stange little boy
  2. El capitan Alacaida y sus circunstancias
  3. From Russia with love
  4. ...otros
El Capitán Alacaída contará todas sus andanzas por Castilla y podrán verse vídeos muy curiosos e INÉDITOS de sitios donde no es tan fácil entrar. ¡Pronto aquí!

25 mayo, 2009

Del cansancio de lo visto


isitamos, ya cansados e tras el almuerzo, algunos otros sitios de Madrid e hube de llevar una pieza a Carlitos sobre mis hombros, pues siendo más pequeño, más pasos daba e más a priesa; e parar no podíamos. Así, vimos de la ciudad lo más importante e, acaso, lo más moderno, que también era cosa que dejaba a los niños como sin aliento.

Ya vueltos al hotel e muy cansados, no querían los pequeños tomar la cena, sino ir a sus camas, mas convenciólos Marcos de que habrían que cenar e dormir por poder seguir otro día más. Con esto, sentados en una luenga e rica mesa, mucho comimos e mucho hablóse de lo visto e lo sentido; e restamos una pieza luego en el salón oyendo unas músicas que un músico hacía en un piano, mas no podían los niños dejar de rememorar lo visto.

- El viaje a Castilla aún no ha empezado – les dije – e de hablar no paráis. No digo yo sea Madrid la ciudad más bella, que lo es, sino que habéis de ver otras que no os asombrarán por haber cosas modernas e cosas antigüas, sino que en paseos andaremos por calles que os harán creer estáis en otros tiempos.

- E no habéis llevado vos la cámara de las fotos – apuntó Pablo – por decir no podía entrarse en el museo; e tal era cierto. Mas si hemos de visitar sitios como los que decís y en ellos puede usarse la cámara, tomad vistas de cuanto podáis, que luego habremos de recordarlo todo en Sevilla.

- Así lo prometí e así he de hacerlo – les dije -; no penséis voy a dejar sin tomar vista alguna, sino que Lorenzo disparará fotos, e también papá Marcos, e yo tomaré esas fotos que se mueven. Mas una condición hay, pues en ninguna dellas quiero ser visto ni que se os vea, sino que se vean los lugares por donde pasemos.

- ¡No habed cuidado, Marino! – manifestó Lorenzo -; yo tomaré fotos de todos en esos lugares porque se sepa allí hemos estado e vos tomaréis esas imágenes de lo visto; desta guisa, cuantas veces queramos podremos recordar lo vivido.

- ¡Hágase así, Lorenzo! – apuntó Marcos -; que así como decís, habremos constancia de haber pisado esas calles que han de maravillaros e habremos vistas dellas sin nosotros; para el recuerdo.

- ¡Cansado estoy, papi! – echó Carlitos su cabeza sobre mí - ¡Llevadme a dormir!

- ¡Dejad, Marino, que yo lo lleve! – levantóse Marcos - ¡Vamos todos! Subamos a las estancias e tomemos descanso, que muy luengo ha sido el día e mañana habrá otro igual.

- Mucho queda aún por ver e no saben esto los niños, Marcos – pensé -, acaso sería más de razón hacer el viaje sin priesa alguna, viendo menos e descansando otro tanto.

- ¡Así podrá ser! – contestóme -; yo mesmo he de alargar la estancia en cada lugar, mas hemos de descansar agora e seguir mañana, que es pasado día de viajes.

- No quisiera pensárais ya no me gusta Madrid – concluí -, sino que preferiría mejor esos lugares más sencillos e calmos.

- Así lo creo yo también mejor para los pequeños, Marino.

- ¡E no ha de olvidarse Plasencia!

De lo no visto del Museo del Prado


n llegando a la puerta del museo, oyóse grande exclamación, pues aunque todos lo vieron en su equipo, no pensaban pudiera ser tan grande e tan egregio.

- ¡No es el museo como lo he visto, papá – exclamó Antonio -, que habiendo la mesma forma, no parecióme tan grande!

- Agora, pequeño – le dije -, es cuando vais a verlo. No es esa imagen que en vuestro equipo se muestra ante vuestros ojos sino para recordar lo aquí visto. Así, ha de verse primero e recordarse después.

- ¡De razón es! – aclaró Marinín -, mas no todos pueden venir a verlo e… ¡algo ven!

E luego desto, e de grande espera, al cabo entramos; y era dificultoso allí entrarse (que así díjonos Marcos), pues cosa alguna puede llevarse en las manos e muy bien cuidadas – e atinado me parece – todas las obras están.

- ¡Jo, papá! – musitó Guille a mi oído - ¡Esto se avisa! ¡Nunca hubiese imaginado ciudad como esta e ni en sueños hubiese visto tales magnitudes!

E unos a modo de teléfonos repartían por saber cuál era cada obra mas quise yo mesmo decirles quién pintáralas e cuándo e cómo ¡E hasta Marcos a mí iba pegado por oír mis palabras e mis historias! Mas no pudo ser aquesto que quería Marinín de ver de primero las obras de cerca e luego de lejos, pues no era permitido a ellas acercarse.

¡E cuánto recuerdo mío allí había plasmado! ¿Cómo iba a decirse de aquello eran fotos? ¡Retratos! ¡E de grandes dimensiones e con mucho arte e mucha alma e mucho corazón con pinceles plasmados!

- ¡Os lo dije, papá! – dijo Marinín también en baja voz - ¡Pinturas como estas quiero hacer y he de hacerlas! No es menester más de cerca estudiarlas, que bien sé, por lo dicho por vos, pigmentos de colores con buenas artes e grande cuidado mezclados, hacen las formas; el color, a lo que veo, es lo que da esa forma ¡Son números; como todo! Dad un número a cada color e otro a cada luz, mezcladlos e habréis esas formas ante vuestros ojos, que estando puestas sobre lienzo plano, aparecen de ahí salidas.

- De artes e de pintura poco entiendo, Marino – dijo entonces Marcos -, mas razono lo por Marinín dicho. Parécenme éstas obras de mucho genio, gran fuerza e destreza. No os digo quisiera yo también pintar, que más e mejor entiendo las letras que las artes, mas sí os aseguro no imaginaba cosa como esta ¡Arrepiéntome agora de no haber visitado este museo en los años que en Madrid viví!

- ¿E también os arrepentiréis algún día de vivir conmigo?

E mirándome de primero con extraño e luego sonriendo, a un lado e a otro miró e leí en sus ojos sus intenciones.

- ¡Dejad esas manifestaciones para la alcoba, Marcos, que ni de razón paréceme las vean los niños ni de razón las vean las gentes! Bien he entendido lo dicho por vuestra mirada.

- Pues mirad a los pequeños entonces – aclaró -, que en sus ojos veo lo mesmo. Una pieza miran a los cuadros e otra os miran a vos como si uno dellos fuéseis cuando narráis vuestras historias.

- Es que, al cabo, Marcos, paréceme soy como cuadro andante…

24 mayo, 2009

De las pinceladas de don Diego


ubo preparado Marcos visita al Museo del Prado por la mañana e, antes de ir al descanso, acercóse a mí Marinín con misterio e hablóme en voz baja.

- Acomodados estamos ya todos en cada dormitorio, papá, e feliz soy por haber dejado una estancia para mí e mi hermano Antonio. Carlitos ha de pasar buena noche con Pablo e… así creo han de pasarla Guille e Lorenzo, que tales pinceladas no se me escapan.

- ¡Como pintada – le dije – habéis descrito esta tal situación!, mas si algo desagrada a alguno, habrá de ponerse remedio.

- Mañana, - continuó -, según dice papá Marcos, al museo iremos e ya sueño con pinceladas, que en Internet he visto el tal museo e sus cuadros e, mirándolos de lejos, lo que parecen encajes en las puñetas, no son sino pinceladas.

- Bien sé de qué «visita» me habláis – le dije -, e de qué pinceladas, mas en algo erráis, que no sólo esos cuadros están en el Museo del Prado, ¡sino que hay miles!

- ¿Miles? – sonrió - ¡Todos ellos quiero verlos de cerca e de lejos!

- Cosa imposible pedís, pequeño mío – abracélo -, yo mesmo os llevaré a ver esas e otras obras que es menester no dejar de ver. Sabed que fui amigo de don Diego e que alguna pincelada díjome cómo había de dar.

- ¿Don Diego? – extrañóse - ¡No sabía don Diego, aparte de criar toros, supiese pintar como vos!

- De don Diego de Monteliz no os hablo, Marinín – aclaréle -, sino del mismísimo don Diego Rodríguez de Silva e Velázquez cuando joven en Sevilla estaba. No he de olvidar el mostraros cómo debéis dar las pinceladas a su estilo.

- ¡Don Diego Velázquez! – exclamó -; ¡así las vuestras son pinturas certeras como las del maestro! Quisiera yo ser pintor, papá ¿Me diríais vos cómo hacerlo?

- Algo os diré, mas en llegando a vuestra edad de adulto, habréis de estudiar.

- ¡Estudiaré! Pintar quisiera como ese maestro… ¡e como otros! ¿Nos dais un beso? ¡A orar e dormir partimos, que ya deseo yo esa visita de mañana!

- ¡Buenas noches, hijos! – dije a todos -; si en alguna cosa os fuéremos menester, bien sabéis cuál es nuestra estancia.

- ¡No sé a qué querer pintar! – dijo Guille -; si el papel es blanco ¿qué habréis de aprender porque parezca papel? ¡Pintadlo de blanco!

- Erráis, Guille – le dije -; más dificultoso de lo que creéis es pintar; ¡pintar como ha de hacerse, claro! ¿Veis esta pieza de papel blanco? ¿En verdad la pintaríais de color blanco?

- ¡Blanca es!

- Blanca es según la veáis con los ojos o con el espíritu – le dije -; aunque es más dificultoso; ¿Veis esa luz amarillenta que ilumina la pieza en la mesa? Pintad el papel en blanco e a nadie parecerá blanco; habéis de saber que, siendo blanco el papel, la luz que le da lo hace amarillento ¿Cómo lo veis agora?

- ¡Joder! – exclamó - ¡Blanco no lo veo, sino que donde más luz le da es más claro e amarillento e por el otro lado más obscuro!

- ¡Así es! – dije a todos - ¡Tomad esa mesma pieza de papel e miradla en el campo! ¡Celeste la veréis, que el cielo la tiñe! ¿Acaso no habéis visto aquellas paredes encaladas de Grazalema? ¿Las pintaríais de blanco con cal en un lienzo? Para que una pared parezca en el cuadro, la pared más iluminada un poco ha de teñirse de celeste… o acaso de violeta; si quisiéredes facer que pareciese la pared alumbrada por el sol poniente… ¿de qué color la pintaríais?

E hubo grande revuelo entre ellos al descubrir lo dicho; e todos decían el sol tiñe la cal blanca de las casas en color anaranjado.

- ¡Eso queremos todos ver, papá! ¡Decidnos cómo han de mezclarse los colores para que aparezcan como reales! ¡No, no son las cosas de un solo color, sino que hay que teñirlas con la luz que les da e obscurecerlas si a la sombra se hallan!

E viendo a los niños con grande entusiasmo por la visita pronta, a su estancia fueron e resté a solas con Marcos e, acercándome a él mirélo a los ojos e le oí hablar.

- Bien se entiende lo que decís de la luz e de cómo cambian los colores de las cosas mas… ¿quién da a cada cosa, además, su forma?

- ¡Los mesmos colores!

22 mayo, 2009

De la jornada de Sevilla a Madrid (2/2)


n el camino paramos por yantar e adelante seguimos, que no mucho camino quedaba, sino que estaba ya Madrid obra de pocos kilómetros.

- Al hotel iremos con tiempo, Marino – dijo cuando comenzábamos a ver miles de casas e torres -; en paseos saldremos tras el aseo e tomaremos una merienda. Hemos de mostrar a los niños cuán grande e cuán hermosa es Madrid.

- No diría yo es pequeña – reí -, mas sí paréceme no toda ella es hermosa. Vos lo sabéis mejor que yo. Decid a los niños lo que vayáis viendo que sea cosa de conoscer.

- Acaso quisiéredes ir a hacer visita a vuestro sobrino, don Fernando…

- ¿A mi sobrino? – enojéme - ¿Qué he perdido yo en su casa agora? ¡Ni de mí ni de vos ni de Marinín ha de acordarse, que desde hace años ni un aviso nos ha dado por teléfono!

- Es tan grande agora Madrid, Marino – dijo -, que dificultoso paréceme hubiésemos encuentro con él por mala ventura ¡E no avisando aquí estamos…!

- ¡No se avise! – aserté - ¡Si quiere ver a su tío e a sus…! – dudé - ¡Vive Dios, que no sé si son estos pequeños sus primos!

- Mejor hermanos que primos – rió - ¡Dejemos siga su vida!

E así nos llegábamos al hotel, indicóme Marcos la calle e todos allí miraron.

- ¡Vaya! – exclamó Carlitos - ¡Fonda como esta no hay en Grazalema! ¡Quisiera yo la viese Lorenzo, que de seguro no sabe las hay tan grandes! Con vos, papá Marcos, fuera yo a esa «estación de gatocha» por recebir a Lorenzo; así mesmo sabría que es eso de la «gatocha»…

E mucho reímos Marcos e yo de lo dicho por el pequeño, mas decíale Marcos deberían todos restar conmigo en el salón del hotel, que es Madrid ciudad tan grande como toda la Serranía e bien podrían perderse e nunca ser encontrados.

- ¡Dejad al pequeño vaya con vos, Marcos! – le dije -, nosotros hemos de esperar en el salón e tomar un refresco.

E fue gran contento de todos e así se fizo. Bien aprestadas estaban aquellas estancias y era hotel de muchas plantas e muchas dellas numeradas e todas aquellas las nuestras aledañas quedaban en un mesmo pasillo.

E no hubo otra cosa que contarse merezca, sino que a paseos salimos e parecióme los pequeños iban a tragar las pocas moscas que aquellas calles ruidosas hubiesen, pues no podían cerrar la su boca. Así, olvidando mis pequeños el pesar vivido, en sus rostros vi volver la sonrisa e, más tarde, el gozo de ver a Lorenzo de entrarse en el gran salón de aquella «fonda».

- ¡Jo, papá! No es una «gatocha», sino estación con jardines de por dentro e un helado de chocolate he tomado ¡Lorenzo me lo ha comprado!

- ¡Así traéis la boca e la pechera!

De la jornada de Sevilla a Madrid (1/2)


uedó Lorenzo en la Ribera no sólo como cuidador de los caballos, que fueron presente que le hice, sino como cuidador también de la casa e mi licencia había por vivir en ella, mas diciéndome prefería volver con don Amancio, a la casa iría cada día e a los jardineros daría las órdenes.


Su Ilustrísima, que dijo mejor no hacer tales viajes, en Sevilla quedó con el servicio, pues también deseaba haber unas pláticas con Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, que la sede de Sevilla dejaba en junio.


Mas íbamos ya atravesando las llanuras por donde acaso antaño anduvo don Quixote con Sancho, cerca de Valdepeñas, cuando sonaron las chirimías de mi móvil.


- ¡Sobrino! – exclamó de contento Su Ilustrísima - ¿Cómo lleváis esos viajes?


- ¡Pronto preguntáis, Ilustrísima! – reí -, mas bien creo podréis oír las músicas e cánticos que hacen los niños.


- ¡Ay, mis angelitos! – rió también -; Dios los acompaña con vuesa merced e don Marcos, que ya es hablar de ir en buena compaña. Es el caso que hame dado aviso Lorenzo, que restando en la casa de Grazalema, asaz feliz dice se halla, mas… ¡paréceme hubiese querido hacer ese viaje con sus hermanos e vuesas mercedes!


- ¿Triste os ha parecido? – preguntéle curioso - ¡Decidme!


- No diría yo triste – aclaró -, mas sí con deseo que no ha podido llevar a cabo. Llamaba yo, sobrino, porque estando don Amancio con él bien podría aquél cuidar de la finca y éste, al menos, venir conmigo a Sevilla mientras acaba el viaje.


- ¿Con vos?


- ¡Veréis! – rió -; tras vuestra salida soy yo el que algo añora a los pequeños; e idea mía ha sido que Lorenzo aquí tenga unos días de solaz, que no conoce Sevilla.


- ¿Acaso he de daros yo licencia porque vaya Lorenzo con vos? – reí - ¡Tomad vos el camino que creáis conveniente!


- Acaso… - dudó -, quisiera mejor haber ido con los pequeños e con vos ¡No dice tal, mas lo sé!


- Esperad un instante, Ilustrísima – bajé la voz -, que de tales asuntos es Marcos el que sabe…


E preguntando a Marcos cómo sería posible que Lorenzo se uniese a nuestro grupo, miróme tan de contento, que al punto respondió.


- ¿Venir quiere? ¡Puede hacerlo, Marino! ¡Sitio habemos para él! Decidle tome el AVE hoy mesmo e nos dé aviso de la hora de llegada a Madrid ¡Yo iré a por él a la Estación de Atocha! ¡Cuánto me place esto!


Así parecióme que bien le placía…


- ¡Ilustrísima! – dije al teléfono - ¡Decid a Lorenzo prepare equipaje, no mucho, e vaya a Sevilla! Vos sabéis mejor que yo cómo e cuándo debe tomar hoy mesmo el AVE e volar hasta Madrid. En llegando, debe darme aviso por ir a su encuentro. No es menester llaméis si así puede ser.


- ¡A fe, sobrino – gritó -, que agora mesmo he de darle el aviso, que aún habiendo tiempo, no es de razón hacer luego lo que pueda hacerse agora mesmo!


Y en diciendo luego a los pequeños nos encontraríamos con Lorenzo en Madrid, tanta fiesta e algarabía ficieron que hubo de decirles Marcos restasen en sus asientos.


- ¡Uno de mis palacios he de guardar para él, que aún puedo darle alguno dellos!